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Usó barro, flores, césped, sangre, para estampar siluetas sobre la tierra. Muchas veces fue la propia la que quedó inmortalizada. No podía imaginar Ana Mendieta, ¿o quizá sí?, que la última imagen que quedaría de ella sería una muy similar, pero no una representación sino una tristemente real. Una que formaría parte de un expediente judicial: a los 36 años, la artista moría en la madrugada del 8 de septiembre de 1985, al caer desde la ventana de un piso 34 de Mercer Street, en el Village neoyorquino, donde convivía con su marido, el escultor Carl Andre.
Testimonios posteriores dirían que los vecinos habían escuchado una fuerte discusión en el departamento y gritos de “no, no, no”, justo antes de la caída de la mujer. La grabación del llamado de Andre al 911 ratificaba la discusión. Acusado de asesinato, fue juzgado y absuelto, más allá de la duda razonable que el mismo juez expuso.
Cubana de nacimiento, radicada finalmente en Nueva York, ver la obra de Mendieta a la luz de su trágico final impresiona. Profundamente impactada por la violación y el brutal homicidio de una estudiante de enfermería, Mendieta generó una performance en su departamento, untó su cuerpo presentándose como la víctima, ensangrentada y atada a una mesa, e invitó a sus compañeros a presenciar “la escena del crimen”. Fue su reacción a “la idea de violencia contra las mujeres”, una de sus grandes obsesiones.
Y quedó plasmada en buena parte de su obra, como en la serie de retratos en los que su cara aparece pegada contra un vidrio, deformada, o chorreando sangre como si hubiera sido golpeada. Ese dolor, y el de su destierro, cuando con apenas 12 años debió abandonar su patria, la acompañaron hasta su último aliento.
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