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El mundo vuelve a encender señales de alarma que no pueden ser ignoradas. Hoy asistimos a un recrudecimiento de conflictos armados y tensiones internacionales que configuran el mayor pico de belicosidad desde el final de la Segunda Guerra Mundial. No es una percepción aislada: es la conclusión que surge de los relevamientos del Centro de Documentación y del Observatorio por la Paz de la Organización Mundial por la Paz (OMPP), en coincidencia con registros del Comité Internacional de la Cruz Roja.
Actualmente existen más de 52 conflictos armados activos y diferendos violentos en distintas regiones del planeta. Entre 40 y 50 de ellos presentan niveles de alta intensidad. La mayoría ya no responde al modelo clásico de guerras entre Estados, sino a enfrentamientos internos con participación de grupos armados no estatales. Este fenómeno fragmenta los escenarios bélicos, prolonga las hostilidades y multiplica el sufrimiento de la población civil.
El mapa global muestra guerras dispersas, con múltiples actores y sin conducción unificada. Esa combinación vuelve más compleja cualquier negociación de paz y amplifica el daño humanitario. Nunca hubo tantos conflictos simultáneos con este grado de violencia sostenida.
Sin embargo, en medio de este panorama inquietante, América Latina —incluida la Argentina— se mantiene como una de las regiones comparativamente más estables del mundo, sin naciones actualmente en guerra. Este dato debe valorarse y, sobre todo, preservarse mediante políticas de cooperación, diálogo y prevención.
La humanidad ya conoce las consecuencias de ignorar las señales tempranas. Dos guerras fratricidas globales —1914-1918 y 1939-1945— dejaron decenas de millones de muertos y cicatrices que aún atraviesan generaciones. En la era del armamento nuclear, una escalada de alcance mundial tendría efectos de destrucción masiva imposibles de dimensionar.
Que hasta ahora no haya estallado una tercera guerra mundial responde, en buena medida, a la responsabilidad de los principales líderes de las potencias, que han mantenido límites implícitos para evitar un conflicto total. Ese frágil equilibrio debe ser protegido y fortalecido.
Entre los focos más graves de la actualidad se destacan las guerras en Ucrania, Sudán, Yemen y Myanmar, conflictos de alto impacto y prolongación crítica que exigen redoblar los esfuerzos diplomáticos internacionales.
También es justo reconocer que diversas gestiones diplomáticas han logrado, en determinados momentos, frenar escaladas y abrir canales de negociación. En ese marco, distintas iniciativas impulsadas desde los Estados Unidos han buscado acelerar acuerdos en escenarios complejos, y hoy persiste la necesidad urgente de que Rusia y Ucrania avancen hacia un alto el fuego rápido que permita construir una paz permanente y duradera.
El mayor peligro de esta etapa es la naturalización de la guerra permanente. La comunidad internacional no puede resignarse a convivir con la violencia como paisaje habitual. Las guerras deben terminar y el mundo debe vivir en paz.
No se trata de idealismo. Se trata de una necesidad urgente para la estabilidad global y para la supervivencia misma de la humanidad.
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