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Tiempo de orar

hace 7 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Tiempo de orar

Por mucho que se lo ha intentado, y de casi todos los modos posibles, existe una pregunta que ninguna cultura ha logrado silenciar por completo: ¿a quién le habla el ser humano cuando habla solo? No al vacío, parece. A lo largo de toda la historia conocida, en cada civilización y en cada latitud, el hombre ha alzado la voz o ha inclinado la cabeza en dirección a algo que no podía ver pero que sentía como real. Orar es, quizás, el gesto más antiguo de nuestra especie.

La filosofía y la antropología del siglo pasado llegaron a una conclusión incómoda para una época que se quería y creía secular: la oración no es una superstición que la razón deba superar, sino una estructura constitutiva del ser humano, de nuestra identidad, de quiénes somos realmente, de nuestra índole más profunda. No hacemos algo cuando oramos, revelamos lo que somos.

De hecho, hay en la persona una apertura irreductible hacia lo absoluto, una tensión hacia un fundamento que lo precede y lo excede al mismo tiempo. El animal se basta con el mundo; el ser humano, no. Algo en su interior permanece abierto, expectante, como una pregunta que busca no tanto una respuesta intelectual sino un interlocutor. La oración sería precisamente eso: el acto en que esa apertura encuentra su forma más pura.

Existe además una experiencia que los estudiosos de lo sagrado han intentado nombrar con dificultad: el encuentro con algo que simultáneamente aterra y fascina, que arrasa y atrae. Esa experiencia -anterior a todas las religiones- es la que está en el origen del gesto orante. El ser humano ora porque ha percibido algo que lo desborda y no sabe hacer otra cosa que (dis)ponerse ante ello.

Por lo tanto, orar no es, en verdad, resolver un problema. Habitar un misterio en el que uno mismo está implicado. Quien ora no manipula lo sagrado ni negocia con él: se reconoce, quizás por primera vez, como lo que verdaderamente es. El acto orante tiene así una dimensión filosófica que va más allá de cualquier confesión religiosa: es el momento en que la persona se sabe contingente, sostenida por algo que no es ella mismo.

Hay una frase antigua que lo expresa con una precisión que ningún tratado ha mejorado: el corazón humano está inquieto hasta que descansa en aquello para lo que fue hecho. Esa inquietud no es una patología. Es señal de que algo en nosotros sabe, y de manera muy profunda y radical, que no somos el origen ni el fin de nada, ni el alfa y el omega.

Lamentable, triste, pero sobre todo erróneamente, la cultura contemporánea ha tratado de convencernos -e insiste en ello- de que la persona que ya no ora es una persona en verdad liberada.

Pero cabe preguntarse si no es más bien un ser humano amputado, pues quien renuncia al gesto orante no conquista la autonomía: más bien pierde una dimensión de sí mismo. Se queda sin la pregunta más profunda, interpeladora y radical, y con ella sin la posibilidad de la respuesta más verdadera y necesaria, la única imprescindible.

Carlos Alvarez Teijeiro

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