El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán reavivó el riesgo geopolítico global y puso en alerta a los mercados. Qué ocurrió en episodios como Pearl Harbor, Desert Storm, el 11-S y la guerra de Irak, y qué anticipa la historia sobre la reacción de Wall Street ante el inicio de grandes conflictos bélicos.
Los grandes conflictos bélicos del último siglo muestran un patrón consistente: los mercados reaccionan con fuerza ante el shock inicial, pero tienden a adaptarse cuando el escenario se clarifica.
El ataque conjunto de EEUU e Israel contra Irán este sábado 28 de febrero abrió un nuevo capítulo de tensión en Medio Oriente y volvió a activar un reflejo clásico en los mercados: suba del petróleo, caída en acciones y búsqueda de activos refugio.
La ofensiva —bautizada por el Pentágono como “Operación Furia Épica”— tuvo como objetivo a altos funcionarios iraníes. Según fuentes citadas por Reuters, entre los blancos estuvieron el líder supremo, ayatolá Alí Jamenei, y el presidente Masoud Pezeshkian. Irán respondió con el lanzamiento de misiles hacia Israel, elevando el riesgo de escalada regional y encendiendo las alarmas en los países productores de crudo del Golfo.
La pregunta que se hacen ahora los inversores es clara: ¿estamos ante un shock transitorio o ante un evento con impacto estructural sobre la economía global? La historia ofrece pistas relevantes.
Un repaso por los grandes conflictos bélicos del último siglo muestra un comportamiento recurrente en Wall Street: la bolsa suele retroceder antes o en el momento del estallido formal del conflicto, pero tiende a estabilizarse cuando la guerra deja de ser incertidumbre y pasa a ser un escenario definido.
Tras el ataque del 7 de diciembre de 1941, el mercado estadounidense sufrió una caída inicial. Sin embargo, el piso se alcanzó relativamente cerca del ingreso formal de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. A partir de allí, el mercado comenzó una tendencia de recuperación.
La enseñanza fue clara: una vez que el peor escenario deja de ser una hipótesis y se convierte en un hecho, la prima de incertidumbre empieza a reducirse.
Los mercados reaccionan contra la incertidumbre, no contra el evento bélico en sí.
En la previa a la ofensiva contra Irak, el S&P 500 cayó con fuerza en medio del temor por el suministro de petróleo tras la invasión de Kuwait. Pero cuando comenzó formalmente la operación el 16 de enero de 1991, el mercado ya había descontado buena parte del riesgo.
El índice encontró piso cerca del inicio del conflicto y luego recuperó posiciones.
La lógica fue la misma: los mercados castigan la incertidumbre previa, no necesariamente el evento en sí.
Los atentados del 11 de septiembre provocaron una caída abrupta en la reapertura de los mercados.
Los atentados del 11 de septiembre provocaron una caída abrupta cuando reabrieron los mercados. Sin embargo, el inicio de la guerra en Afganistán no generó un nuevo derrumbe sostenido. El shock estuvo concentrado en el evento inicial.
Nuevamente, el patrón fue similar: la volatilidad extrema fue inmediata, pero no necesariamente prolongada.
En marzo de 2003, cuando comenzó la invasión a Irak, el S&P 500 venía debilitado tras meses de tensión geopolítica.
En marzo de 2003, cuando comenzó la invasión a Irak, el S&P 500 venía debilitado tras meses de tensión geopolítica. El inicio formal del conflicto coincidió prácticamente con el piso de ese ciclo bajista y dio paso a un rally que se extendió durante el resto del año. El mercado ya había incorporado el escenario bélico.
Si algo distingue el escenario con Irán es su rol estratégico en el mercado energético global. Irán es un actor clave en la OPEP y cualquier amenaza sobre el Estrecho de Hormuz —por donde circula cerca del 20% del crudo mundial— puede alterar significativamente los precios.
El mercado ahora monitorea si la escalada afecta infraestructura energética o rutas de exportación. Si no hay interrupción física del suministro, el impacto podría ser transitorio. Si la hay, el escenario cambia radicalmente, por eso el principal bloque exportador de crudo, OPEC+ analiza una expansión significativa de la oferta para evitar una reacción descontrolada en los mercados internacionales.
La infraestructura energética de Irán —tercer mayor productor de la OPEP y poseedor de las mayores reservas probadas de gas del mundo— convierte al conflicto en un factor de riesgo sistémico para el mercado energético global.
El ataque de EEUU y Israel contra Irán reconfiguró el tablero energético global y encendió alarmas en los mercados. En efecto, la alianza petrolera OPEC+ evalúa acelerar de manera significativa la oferta de crudo en una reunión de emergencia este domingo, con el objetivo de evitar una escalada de precios ante el creciente riesgo de una guerra regional.
Pero el comportamiento posterior dependerá de la magnitud y duración del conflicto.
Impacto financiero acotado y recuperación relativamente rápida tras la reacción inicial.
Mayor presión inflacionaria global, más tensión en mercados emergentes y corrección más profunda en bolsas.
El escenario más severo: crudo en tres dígitos, inflación global renovada, presión sobre bancos centrales y deterioro del crecimiento.
Los grandes conflictos bélicos del último siglo muestran un patrón consistente: los mercados reaccionan con fuerza ante el shock inicial, pero tienden a adaptarse cuando el escenario se clarifica.
El riesgo central no es únicamente el inicio de la guerra, sino su imprevisibilidad y su impacto sobre energía, inflación y política monetaria.
Con Irán en el centro del tablero, el foco no estará solo en la dimensión militar, sino en el petróleo. Porque, como enseñan Pearl Harbor, Desert Storm, el 11-S y la guerra de Irak, la guerra se libra en el terreno, pero su onda expansiva se mide en los mercados.
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