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Más allá del exagerado triunfalismo con que el presidente Donald Trump describe su desempeño, es difícil no observar que esta guerra se produce, en cambio, en horas bajas de su gobierno. Y necesitado de victorias y músculo como el que exhibió en el ataque que le permitió capturar a Venezuela. El riesgo siempre son las simplificaciones.
Trump confronta un puñado de desafíos. Viene perdiendo elecciones por diferencias de más de diez puntos desde el año pasado, la economía no rinde como proclama y ha perdido en principio el control de la Corte Suprema, central para cualquier maniobra que le permita evitar convertirse en un pato rengo en las cruciales legislativas de noviembre próximo.
En ese panorama, Irán, muy lejos de constituir una amenaza inmediata para EE.UU., aparecería como una alternativa interesante dada su actual fragilidad, aunque sería un error suponer que solo aquel dilema de sobrevivencia política de Trump estaría activando esta reacción.
La revolución islámica en el país persa exhibe, es cierto, una desgastada imagen global y especialmente en la región. Acaba de masacrar a más de seis mil personas que protestaban en enero contra una crisis económica terminal, la devolución incesante de la moneda local y el costo de vida en crecimiento. Ha perdido, además, su antigua influencia regional, sin Siria que era su patio trasero, con la crisis de Hezbollah, el ejército paralelo de Líbano que ha sido descabezado y la guerra en Gaza que redujo de manera significativa al grupo ultraislámico Hamas.
Padece también una erosión significativa del tradicional nacionalismo de su población , exhausta por un régimen represivo y de modos medievales. La visible penetración de las agencias de inteligencia occidentales e israelíes en el país, se explica precisamente en esa tensión interna.
El aislamiento se agudizó últimamente cuando Arabia Saudita, entre otras potencias árabes, que es lo que principalmente atiende el presidente norteamericano, giraron su opinión contraria previa a una guerra. Habían llegado a advertir a Washington que no liberarían su espacio aéreo a los aviones militares estadounidenses. Pero recientemente, el príncipe Khaldi bin Saldam, el ministro de Defensa saudita, avisó a la Casa Blanca que si un ataque no sucede se fortalecería el régimen.
Ese comportamiento se debe precisamente a la debilidad que exhibe Irán y porque constituye un obstáculo para objetivos superiores en la región. El escenario de la guerra en Gaza y más precisamente el plan de paz elaborado por Trump y sus socios árabes, no solo a nivel de nación sino de intereses de las corporaciones del presidente, está en la base de este renovado interés por remover a la implacable dictadura teocrática.
Otro dato de importancia, que ha comentado ya en esta columna, se centra en China. Entre 80% y el 90% de todas las exportaciones de petróleo iraní terminan en refinerías de la República Popular, según las plataformas de inteligencia de mercado, Kpler y Vortexa. Equivale a entre 13 y 15% de las importaciones totales de crudo por vía marítima de China. El otro proveedor, aparte de Rusia, era Venezuela, redondeaba un 3%. Si EE.UU. acaba controlando Irán, como lo hizo con la dictadura chavista, atragantará una vía energética crucial de la República Popular. Trump, quien viajará a Beijing en abril pretendería dialogar con su colega Xi Jinping con ese activo en su mochila.
El ataque parecía hace tiempo inevitable por todas estas razones. No se despliega, además, una flota del tamaño que colocó EE.UU. en la región, con dos portaviones, uno de ellos, el mayor del mundo, si no es para ser utilizada. La cuestión más profunda es si este conflicto podrá ser encapsulado. Portales bien informados como Axios, indicaron con fuentes gubernamentales, que Washington se encamina a un conflicto que no será breve sino una guerra “en toda la regla”, es decir un destino imprevisible.
Irán desde ya no es Venezuela, si es que realmente esa comparación ha estado en el arenero militar. El jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, planteó en reuniones del Consejo de Seguridad Nacional que una campaña prolongada contra Irán implicaría riesgos significativos. Entre las principales preocupaciones figuran el número potencial de bajas y la limitada disponibilidad de municiones de precisión para sostener ataques intensivos durante varias semanas.
Trump salió primero a desmentir que esa advertencia haya existido y luego a sostener que si se iniciaba la operación “seria fácil de ganar”. Lo necesita para calmar a su base más vertical que compró sus discursos de campaña respecto a que Estados Unidos no se involucraría en otros conflictos bélicos alrededor del mundo. Hoy en su país muchos se preguntan el sentido de esta guerra y eso también debilita su posición.
La apuesta es que el enojo social en Irán acelere la caída del régimen y que sea rápido de la mano además de un gobierno interno del presidente Masoud Pezeshkian, no necesariamente alineado con el líder Supremo, Ali Khamenei. Pero es solo una apuesta y muy arriesgada. El país persa cuenta con un poder misilístico significativo y fuerte capacidad de producir daño, también en las fuerzas norteamericanas. El propio Trump admitió esos costos: "Es posible que se pierdan las vidas de valientes héroes estadounidenses y que tengamos bajas. Eso suele ocurrir en la guerra. Pero no lo hacemos por ahora, lo hacemos por el futuro, y es una misión noble".
Se puede intuir que la Guardia Revolucionaria, que es una fuerza militar, pero que también controla casi la mitad de la economía del país, enfrentará esta crisis aunque posiblemente también ellos apuntando a que sea el poder real con el cual negociar la posguerra. Es otra apuesta que se verá si está sobre la mesa.
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