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Donald Trump otorgó su total respaldo a la inversión de capitales chinos en la industria automovilística de Detroit: “Amo esa posibilidad”, afirmó con su entusiasmo característico, lo que significa abrir 2 plantas de producción automovilística eléctrica o híbrida en los próximos 2 años en la economía norteamericana.
Esto se realizaría a través de la asociación de la compañía Ford con la empresa china Xiaomi, que es una de las mayores productoras de vehículos eléctricos (EV) del mundo.
Ford hizo conocer también que negociaba un acuerdo con la empresa china Geely para abrir en conjunto sus plantas europeas, hoy virtualmente cerradas.
Trump viaja a China el 31 de marzo para entrevistarse con Xi Jinping en una visita de Estado de los líderes de las 2 superpotencias; y el mandatario norteamericano sostuvo que “…espero conseguir en este viaje muchos resultados positivos para los próximos 3 años de mi gobierno, todos ellos vinculados al presidente Xi Jinping y a la República Popular”.
La gran cuestión pendiente entre EE.UU. y China es el carácter absolutamente insostenible que tiene el actual protagonismo de la Republica Popular en el comercio internacional de la época, con un superávit comercial que ascendió a US$ 1.2 billones en 2025, y que treparía a US$ 1.5 billones este año.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) señaló la semana pasada que China invierte todos los años entre 4 y 6 puntos del producto en la expansión de su fenomenal máquina manufacturera exportadora que es la responsable directa de su abrumador superávit comercial, cuya asombrosa pujanza está arrasando virtualmente con el resto de los sistemas industriales del mundo en un proceso de ruinosa “desindustrialización”, que se desató en EE.UU. a partir de 2007, y que fue lo que originó el “Fenómeno Trump”.
Paradójicamente, el superávit comercial chino se manifiesta internamente a través de un bajísimo nivel de consumo doméstico de sólo 38% del PBI, acompañado de un agudo proceso recesivo de nítido carácter deflacionario.
El resultado es que la economía china, la 2da del mundo (US$ 19.6 billones / 19% del PBI global), depende cada vez más de sus exportaciones para mantener una tasa de crecimiento de 5% del producto como la que obtuvo en 2025; y esto a su vez acentúa la profundidad de su depresión deflacionaria doméstica.
Lo que China tiene que hacer es lo que está a la vista, y que Xi Jinping conoce con absoluta claridad: recortar por la mitad la gigantesca masa de inversiones que realiza en su sector externo, y volcarlos al auge sostenido del consumo doméstico.
Sucede que el sistema chino se caracteriza por la completa centralización de las decisiones estratégicas en manos del presidente Xi Jinping y del equipo directivo supremo. Pero esto está acompañado por una extraordinaria descentralización que coloca a toda la fase de ejecución del proceso productivo en manos de las autoridades locales; y esas autoridades se han convertido en las principales defensoras del status quo, lo que las hace cada vez más partidarias de incrementar el gigantesco superávit comercial.
Este es el problema de fondo de la República Popular en el momento actual; y es que la capacidad excepcional de Xi Jinping para tomar decisiones estratégicas de largo plazo es insuficiente para imponerse a los grupos de interés del status quo, surgidos alrededor de las autoridades locales.
El éxito histórico de las reformas de Deng Xiaoping en la década del ´80 se debió a que la “revolución cultural” arrasó con todos los centros de poder por la devastación que produjo en China durante más de 15 años.
Ahora la situación es exactamente la contraria, China es una economía extraordinariamente poderosa, dotada de un impulso de innovación y creatividad verdaderamente formidable, pero al mismo tiempo el sistema de intereses creado alrededor de su sector externo se ha mostrado imbatible en la defensa del status quo.
De ahí la importancia estratégica del acuerdo entre Donald Trump y Xi Jinping: de lo que se trata en este encuentro es de acordar la forma y condiciones para recortar por la mitad las inversiones chinas en su sector externo, al tiempo que se duplican sus inversiones en EE.UU., y se triplican las exportaciones estadounidenses en la República Popular.
Esto significa revertir las corrientes fundamentales del comercio internacional entre las 2 superpotencias y en el mundo, y lo que equivale a profundizar de manera irreversible la mutua integración entre las 2 mayores economías del sistema global.
Todo este enorme desafío histórico se ve facilitado porque ocurre cuando se ha desatado la revolución tecnológica de la Inteligencia artificial, que es la tecnología más abarcadora y transformadora de la historia del capitalismo, y que actúa en tiempo real, guiada por el criterio de la instantaneidad, que es la nueva categoría estratégica fundamental y excluyente.
Este acuerdo entre los líderes de las 2 superpotencias que se va a sellar en Beijing en 30 días es claramente el hecho central de la época, y uno de los puntos de inflexión más trascendentes de la historia mundial.
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