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Hermanos del medio: ¿son o se hacen?

hace 14 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Hermanos del medio: ¿son o se hacen?

Ser la hermana del medio es como asistir a una escuela diplomática. Una aprende a negociar antes que a leer y a ceder antes que a pedir. Yo soy la “hermana sánguche”. La que creció entre una hermana mayor que estrenaba la vida primero -todo le quedaba nuevo- y un hermano menor que llegó al mundo con la épica de los recién nacidos inesperados.

Hay teorías sobre nosotros, los del medio. En una nota española que leí hace tiempo se hablaba del “síndrome del hijo mediano”, esa mezcla de invisibilidad y rebeldía silenciosa que nos obliga a construir un lugar propio. Decían que solemos ser mediadores, creativos, expertos en sobrevivir sin tanto aplauso. No sé si es ciencia o literatura, pero entendí rápido que cuando una no es la primera ni la última, tiene que inventarse. En mi caso, fue la diplomacia.

La ropa, por ejemplo, siempre llegaba con historia. Yo no estrenaba, heredaba lo de mi hermana mayor. Sobre todo los vestidos que ya habían tenido otra fiesta. Así, no me quedó otra que entender que lo mío no iba a ser nunca el brillo original.

Mi hermano menor nació el mismo día que yo. Esa escena es una postal de mi biografía emocional: yo, nena, frente a la torta, lista para soplar las velitas. Y de pronto el murmullo de adultos, el apuro, mi mamá que rompe bolsa y se va al hospital. El protagonismo se parte en dos, como esa torta que ya no sería sólo mía. Desde entonces, cada cumpleaños fue compartido. Las fotos, los invitados, mi nombre y el suyo en la misma cartulina. Durante años conté la anécdota como quien cuenta una travesura del destino. Pero la verdad es que ahí se fundó mi entrenamiento intensivo en el arte de ceder.

El hijo mayor, se dice, suele cargar con la responsabilidad. El menor, con la tolerancia. El del medio carga con la comparación. Nunca es el primero en lograr algo ni el último en necesitar ayuda. Vive en esa franja gris donde nadie se detiene a mirar con tiempo. Y, sin embargo, es una franja fértil. Porque en el medio una escucha, observa, traduce. Descubre que es un puente en las peleas familiares.

Claro que también quedan pequeñas "cicatrices", como la de exagerar un logro para que lo noten. Y la tendencia a minimizar los propios problemas porque “no son tan graves”.

Ahora, al soplar las velitas, siento una complicidad secreta con esa nena que debió elegir entre patalear o negociar. Yo negocié. Y por eso tal vez escribo. Porque la escritura también es un lugar intermedio entre lo que pasó y lo que se recuerda.

Y al final, cuando hay que cortar la torta, todavía me descubro calculando cómo dividirla en partes iguales. Después de todo, alguien tiene que cuidar el equilibrio.

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