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En los últimos días, varios colegas trazaron un paralelo entre el actual proyecto de reforma laboral, aprobado anoche por el Senado, y el reordenamiento sindical del presidente Raúl Alfonsín. Algunos hablaron de aquella derrota -en el primer verano de la restauración democrática- como un prolegómeno de la ley de "modernización". Sin embargo, entre ambos textos no hay relación alguna.
Cuatro meses antes del regreso a la democracia, el 9 de agosto de 1983, cuando el peronismo aún no había cerrado su binomio presidencial, Lorenzo Miguel recuperó la Unión Obrera Metalúrgica y fue a la tapa de Clarín con foto, en la mañana siguiente. Autos, cuotas sindicales, hoteles, predios recreativos, sedes gremiales, volvían a su mano.
El factótum de ese oxígeno fue el último titular de la dictadura en la cartera de Trabajo, un abogado que había ingresado al ministerio gracias a Juan Domingo Perón y había sido subsecretario con Isabelita y Leopoldo Fortunato Galtieri. Su nombre, Héctor Villaveirán.
Hacía 106 días que Alfonsín alertaba sobre un pacto militar-sindical que no juzgaría el pasado (Clarín fue el único que lo hizo tapa el 26 de abril). Y se volvió un eje central de su campaña. “Se va a acabar, se va a acabar, la patota sindical”, fue el tema de cabecera.
Antes de finalizar su primera semana de gestión, y en cumplimiento de la palabra comprometida en la plataforma partidaria, envió el texto de Ley de Reordenamiento Sindical a Diputados. A esa misma hora, la viuda de Perón emprendía el regreso a Madrid, tras participar de los actos protocolares de la asunción presidencial.
Un obrero gráfico que había sido integrante de la conducción de la Confederación General del Trabajo (CGT), Antonio Mucci, fue el elegido por Alfonsín para ocupar el amplio despacho de Diagonal Sur 609. Vecino de Barracas, iba y volvía al ministerio en el subte y el colectivo 12. Ese combo estaba en las antípodas de las custodias, los autos suntuosos y las armas largas que caracterizaban a los burócratas sindicales de los 70.
“Los dirigentes viejos quieren anquilosarse allí, se agarran al escritorio, quieren un buen despacho, un buen sueldo, secretaria buena moza, y no quieren más ‘lola’”, le dijo Perón, en su exilio madrileño, al cineasta y militante, Fernando Pino Solanas.
El gobierno recibió casi 700 sindicatos con mandatos prorrogados, miembros electos antes del golpe de 1976 (algunas con casi doce años de permanencia en los cargos), o comisiones transitorias nombradas por la dictadura, en los últimos meses.
El Ejecutivo quería transparentar los padrones y los plazos, quitar las exigencias de avales y antigüedad (habilitar el regreso de despedidos o exiliados en la dictadura), introducir el tercio de la conducción para la minoría (con el 25 por ciento de piso) y garantizar la supervisión judicial del comicio.
Esto que hoy se lee tan mínimo, significaba un cambio de raíz, y fue el nudo del conflicto.
"Queremos iniciar la democratización de abajo hacia arriba”, declaraba Mucci en esos días. “Para saber si un tipo es realmente representativo tiene que tener el respaldo de sus compañeros en el taller o en la fábrica. Luego sube a las organizaciones de primer grado. Después irá a la federación y se proyectará a la conducción nacional", completaba el hombre que había llegado al ministerio de la mano de Germán López, secretario general del gobierno radical y padre de la reforma.
Todo eso contó con el apoyo de la Mesa de Enlace Gremial, donde confluían los peronistas de la Asamblea Gremial Argentina (AGA), liderados por el exvice partidario, José Genaro Baez (seguros); y el Plenario Sindical Nacional (PSN), encabezado por el gobernador bonaerense electo en 1962, Andrés Framini (textiles); el Encuentro Nacional de los Trabajadores (ENTRA), con Julio Guillán (telefónicos) y Alberto Piccinini (metalúrgicos) a la cabeza; y los alfonsinistas del Movimiento Nacional de Renovación Sindical (MNRS), bajo la batuta de José Biafore (textiles) y Néstor Rompani (judiciales).
Lo que no pudo la dictadura, lo logró Alfonsín en horas: una sola CGT. Las centrales que, hacía años estaban divididas, entre los de la sede de la calle Azopardo, y los de la calle Brasil, armaron una conducción colegiada con el desarrollista, Ramón Baldassini (correos); y los peronistas, Osvaldo Borda (caucho), Jorge Triaca (plásticos) y Saúl Ubaldini (cerveceros).
Había una tesis movimientista en el alfonsinismo que trazaba una continuidad histórica entre el radicalismo popular de Hipólito Yrigoyen, el avance obrero tributario del peronismo, y la generación hacedora del triunfo en 1983. Era la corriente llamada a liderar el parteaguas que significaba dejar atrás la última dictadura militar. A todo eso se lo llamó tercer movimiento histórico (de allí los tres dedos enarbolados por los más jóvenes en las movilizaciones de aquellos años).
“Podrán decir que hemos sospechado de la fuerza del aparato sindical para poder intervenir en el proceso eleccionario, y quizás tengan en ello alguna razón valedera para impugnar nuestros criterios”, sostuvo el diputado del radicalismo, Ricardo Cornaglia, en el debate parlamentario.
“Esta iniciativa ha sido atacada por ser de carácter coyuntural. Porque muchas de las cosas que le pasan al movimiento obrero argentino en estos momentos no son naturales de una democracia, de una vida republicana ni de un Estado de derecho; son el pesado legado que nos dejó esta triste dictadura, la penetración profunda del régimen en nuestras instituciones, el desastre que heredamos y que tenemos que superar”, completó el abogado quilmeño, que además había parido la Asociación Radical de Abogados Laboralistas (ARAL).
Ese verano, el éxito televisivo de audiencia lo tenía el canal 13 con su tira diaria de las 13, Realidad 84, de la mano del periodista, Ramón Andino. Mientras que en canal 11, María Herminia Avellaneda, Susana Rinaldi y María Elena Walsh, con “La cigarra”, instalaron una mirada femenina que nunca había conocido la TV local. En París, tras diez días de internación, moría el escritor, Julio Cortázar, con 69 años.
En la tarde del viernes 10 de febrero, una marcha que reunió 10 mil personas, dejó testimonio del rechazo cegetista, con la presencia estelar de Herminio Iglesias. “Viniste, papá”, fue la frase que le regaló su amigo, el diputado nacional, Norberto Beto Imbelloni, cuando lo vio ingresar al recinto. A las 4:55 del sábado, Diputados aprobó el proyecto.
Mientras se pedía a Brasil la extradición de los jefes montoneros, Mario Firmenich y Fernando Vaca Narvaja, el 16, el radicalismo, sectores minoritarios del peronismo y agrupaciones gremiales, realizaron una movilización al Congreso que cuadruplicó la convocatoria de la CGT.
Envalentonados, se redirigieron a Plaza de Mayo y un mensaje improvisado de Alfonsín, desde el balcón del primer piso del ala norte, cerró la noche.
“Lo mejor que le puede ocurrir a la Argentina es que los trabajadores que manifestaron el otro día y todos ustedes se puedan encontrar en un abrazo”, ofrendó el líder radical. “Todos juntos nos afiancemos en la libertad, y trabajemos para una mejor distribución de las riquezas y la justicia social”, fue la frase con la que concluyó aquel breve saludo, inimaginable en el presente.
Días después, la CGT unificada convocó a su primer plenario de delegados regionales y secretarios generales. Juan José Taccone (Luz y Fuerza) alertó que el manto del pluralismo ocultaba “la penetración ideológica” y que Alfonsín quería “un movimiento obrero socialdemócrata”. Sarcástico, Triaca dijo que “como no es nuestro gobierno, que lo cuiden los cajetillas de Franja Morada". Era claro, no había lugar para el abrazo.
Finalmente, tras un mes agónico, el 14 de marzo, en diez horas y sin aire acondicionado, el Senado rechazó los 44 artículos del proyecto. El radical entrerriano, Luis Brasesco, invirtió dos horas y 23 minutos de discurso para defender el proyecto. Cargado de oficio y ADN peronista, el puntano, Oraldo Britos, respondió que resultaba “una incoherencia” del Ejecutivo no hacer lo mismo con las elecciones del Jockey Club, la Sociedad Rural y la Unión Industrial Argentina.
Desde la Iglesia católica, monseñor Justo Laguna advirtió que “suponer que la democracia no tendrá dificultades en su camino, es suponer que uno vive en un mundo que no es real”, mientras que Antonio Cafiero señaló que “con el rechazo de la ley perdemos todos, pero más pierde el oficialismo con el deseo de lograr la tan ansiada unidad nacional”.
Una de las promesas electorales del alfonsinismo cayó antes de los cien días de gestión y por tan solo un voto en la Cámara alta. Rápido de reflejos, el presidente debió dar vuelta la página, designó al fideero, Hugo Barrionuevo, como su delegado personal, y luego, a Juan Manuel Casella, como ministro. Reconocer las minorías en los gremios, aún hoy, suena a utopía.
La actual modernización laboral, sancionada ayer, que contó con el apoyo del bloque de la UCR, tanto en Diputados como en Senadores, dista con aquel cambio que se intentó dar en el primer verano de la democracia. En diálogo telefónico con Clarín, Ricardo Cornaglia, a cuarenta y dos años de aquella derrota, declara: “No solo no tiene nada que ver, sino que está en la antítesis de lo que quería Raúl (Alfonsín)”.-
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