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Bruno Galindo ha escrito un libro extraordinario (Nadie nos llamará antepasados, Libros del K.O) que, como al principal protagonista de su historia, lo llevó a recorrer Argentina como un juglar o como un “Yupanqui de poca monta”.
El personaje principal, entre otros que se acercan a los diversos parentescos que cubren esta novela de la realidad, se empeñó en recorrer ese país inmenso para cumplir un desafío: ir en carretilla 22.000 kilómetros hasta llegar a Buenos Aires.
Es un libro insólito que a él lo convierte, también, en un autor fuera de serie, aunque a él no le tocaron ni la carretilla ni los tiempos en que su héroe, Guillermo Larregui, cumplió su empeñó en recorrer un país inmenso cuya capital, Buenos Aires, lo recibió como a un héroe raro. En esta entrevista, Galindo, escritor y periodista, relata esta hazaña y otras que, en la novela, le son concomitantes.
— De una historia real de la que me habló mi abuela en mi infancia: la de un hombre que arranca a caminar empujando una carretilla de obra con sus cosas y no para hasta que, 22.000 kilómetros y dieciséis años más tarde, encuentra su lugar en el mundo en plenas Cataratas del Iguazú. Y de otra historia, esta de mi propia familia, marcada por la Segunda Guerra Mundial, la emigración y el espionaje. Decía Ricardo Piglia que cada vez que contamos una historia, en realidad queremos contar dos.
— Me documenté sobre el viaje de Larregui y lo repetí físicamente buscando el surco de su carretilla, si puedo decir algo así sin sonar como un Yupanqui de poca monta. Fui desde Santa Cruz hasta La Quiaca, de los Andes a Iguazú; creo que probé todas las empresas de colectivos del país. En el viaje brotaron memorias familiares que me llevaron a entrelazar una cosa con la otra y dar, creo, con esa síntesis de leyenda y crónica a la que te refieres.
— El personaje principal es un disidente. De todo. ¿Cuáles serían los rasgos que lo convirtieron en un ser de novelas?
— Sentido de la aventura, búsqueda de libertad —de la buena, no de la que se habla ahora en política—, lucha contra lo que parecía ser su destino. Añadiría que es un personaje muy contemporáneo: por su búsqueda de una vida después de lo laboral, por su anhelo de vivir al aire libre sin patrones ni ataduras, por su vida en la cabaña misionera a la manera de Thoureau.. Representa el viaje del héroe, si se quiere ver arquetípicamente..
— “Vengo a Argentina para saber quien fue Guillermo Larregui”. Es un principio de novela.
— “Rulfiano”, debes haber pensado. Siempre procuro tener arranques cortos y concisos en mis libros. Por otro lado, la frase es correcta y exacta. Pero nunca pensé que estuviera escribiendo novela sino crónica. He aceptado con gusto que Nadie nos llamará antepasados sea una novela después de escuchar a muchos lectores calificarla como tal.
— ¿Qué inspiró tu literatura, este modo de contar que hay en “Nadie nos llamará antepasados”?
— Las crónicas de viaje de Bruce Chatwin, la mirada de Werner Herzog... La gran crónica latinoamericana. Y también la europea: hay un libro de Emmanuel Carrère, “Una novela rusa”, que sin ser mi favorito del francés, me resonó durante el proyecto. Ahí, Carrère viaja a un lugar remoto de la Rusia oriental con una finalidad (escribir sobre la liberación del último preso de la Segunda Guerra Mundial) pero termina escribiendo sobre un secreto familiar (un abuelo colaborador con el nazismo). Recientemente tuve ocasión de comentar con Carrère lo que comparten nuestras historias, por cierto.
— En el segundo capítulo hay otra confesión: “Mi nombre es Bruno Galindo Ravli.ć“. ¿Y qué más es este personaje que va a Argentina a buscar a este antepasado?
— Alguien que, como creo que a todos nos pasa en algún momento de la vida, se hace preguntas sobre su genealogía. Y está dispuesto a llegar hasta el final. Aunque duela.
-- Larregui hace un viaje insólito, que tú sigues años después. ¿Qué te enseñó a ti ese viaje?
— La lógica de lo improductivo. Que las mejores cosas de esta vida son aquellas que se hacen sin esperar nada a cambio. Y que, cuando por fin renuncias a la recompensa que un día esperaste, esta puede aparecer de un modo sublime. Larregui ya no esperaba nada de su caminar ni nadie se acordaba de él cuando recibió un regalo a la altura de su proeza: convertirse en el único residente de las Cataratas del Iguazú. 67.000 hectáreas para él solo. De sin-techo a morador de un paraíso todavía no descubierto por el turismo. En cierto sentido, escribir literatura tiene que ver con esa lógica de lo improductivo.
- Él llega a Buenos Aires, se enriquece y se arruina. Su épica le llega caminando. Al fin vas a ver su tumba. ¿Qué te dijo esa tumba?
— Le dije yo: bravo Larregui, lo conseguiste: viviste una vida que mereció la pena. Las tumbas son fascinantes porque convierten a las personas que las ocupan en lugares. Esta me gustó, con su estatuilla de un hombre empujando una carretilla, su misteriosa doble fecha de fallecimiento, su cobertura de tierra roja misionera y la selva alrededor.
— Mi familia paterna vivía en la Patagonia, en Comodoro Rivadavia, cuando aquello aún era un poblado de trabajadores del petróleo. Evita pasó por allí y a mi tía, entonces una niña de cinco años a la que gustaba cantar y bailar canciones españolas con mi abuela al piano, le tocó actuar para ella. A Evita le gustó tanto que promocionó el traslado de mi familia a Buenos Aires para que ella pudiera estudiar canto y baile (finalmente mi tía llegó a ser una conocida actriz en su época). Respecto a Perón, mi abuelo materno —un militar croata al que apenas conocí— llegó a ser su custodio y hombre de confianza.
— Es un relato, y a la vez parece una historia personal en la que tus padres y tú tienen que ver. ¿Cuál es la historia de ellos?
— La de mis padres —y la de mis abuelos, y la de mis bisabuelos— es una historia marcada por la emigración y la guerra, como tantas otras en la Historia de Argentina y de otros países del mundo. También es la historia de la incomunicación con sus padres. La mía está marcada por los viajes, silencios y ausencias de todos ellos.
— Has escrito un libro argentino que se publica y se lee en España. ¿Qué te dice esta Argentina que, años después, tú mismo has visitado?
— Veo a la población argentina sometida a un experimento doloroso del que espero pueda liberarse cuanto antes. El mundo está roto por varias partes y Argentina es una de sus brechas más dañadas. Mi más amistoso apoyo, sobre todo, a las personas jubiladas y pensionadas.
-- En el libro se llega al episodio en el que Perón regresa de España por Ezeiza y se arma allí la matanza que lo recibe. ¿Qué significa ese episodio para ti y para tu historia?
— Que mi abuelo estaba en ese avión lo supe mucho más tarde. Entonces yo tenía cinco años y ya vivía en España. Mi recuerdo es desde Madrid: tengo el recuerdo, lejano pero nítido, de muchísimos argentinos —recuerdo en casa a Mercedes Sosa, a la familia Alterio— que emigraron a Europa en los años inmediatamente posteriores a aquello. No quiero opinar a la ligera sobre un episodio que no viví y del que estoy lejos de hablar con el debido conocimiento, pero ninguna persona sana minimizaría sus funestas consecuencias.
- Al final dices: “Pero había venido a verte a ti, Larregui”. Al final de ese trayecto, ¿qué ha venido a ser Larregui para ti? ¿Hubieras hecho con él aquel viaje de la carretilla?
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