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Argentina está envejeciendo. No es una percepción ni una consigna de moda, sino una tendencia demográfica concreta. La población vive más años y, al mismo tiempo, nacen menos chicos. Según datos de Naciones Unidas, en 2024 había alrededor de 930 mil personas centenarias en el mundo. En nuestro país, el último censo registró más de 15.000 personas mayores de 100 años. La longevidad extrema ya no es una rareza: es una realidad instalada.
El dato suele celebrarse. Vivir más parece, a simple vista, un éxito colectivo. Sin embargo, el verdadero desafío no es cuántos años vivimos, sino cómo los vivimos. Y, sobre todo, quién cuida cuando esas personas envejecen en contextos cada vez más frágiles, con redes familiares más chicas y sistemas de salud que no fueron pensados para vidas tan largas.
Hay una parte de la vejez que como sociedad preferimos no mirar. A partir de los 85 años aparecen con más fuerza la fragilidad social, la soledad, el aislamiento, la viudez. No son, en la mayoría de los casos, problemas estrictamente médicos. Son problemas de acompañamiento, de sentido y de lugar social. Personas que quedan invisibilizadas, como si no verlas nos protegiera de nuestro propio futuro.
Durante años escuchamos que el mundo iba hacia este escenario, pero llegamos tarde. Argentina no planificó cómo sostener una población cada vez más longeva. Hoy tenemos un sistema previsional que no fue diseñado para vidas tan extensas y un sistema de salud con una lógica aún muy intervencionista, centrada en curar, pero poco preparada para acompañar procesos prolongados de envejecimiento.
A esto se suma una narrativa cultural engañosa: la idea de que “envejecer bien” depende casi exclusivamente de la voluntad individual. Se idealiza el envejecimiento saludable como si fuera solo una cuestión de hábitos personales, cuando en realidad está profundamente condicionado por los determinantes sociales: la vivienda, la nutrición, el acceso a la salud, la educación y las redes de apoyo. No todos envejecen desde el mismo punto de partida.
Uno de los fenómenos más desafiantes de la longevidad extrema es el cruce de edades dentro de las familias. Hoy vemos madres de 90 años cuidando hijos de 70. Padres que, siendo longevos, siguen sosteniendo a hijos frágiles. ¿Quién cuida a quién? Este cuidado invertido genera un riesgo sanitario bidireccional y expone una enorme vulnerabilidad familiar.
Las familias son más pequeñas, muchos hijos y nietos viven en el exterior y las personas mayores quedan solas. Cuando la red no alcanza, la institucionalización aparece como única respuesta, incluso cuando no es la más adecuada. Faltan dispositivos intermedios: espacios de acompañamiento, supervisión y apoyo para personas que no necesitan un geriátrico, pero tampoco pueden sostenerse solas. El cuidado, además, sigue teniendo género. Las mujeres viven más y, culturalmente, cargan con la mayor parte de las tareas de cuidado. Hijas, esposas, nietas. La sobrecarga femenina se repite y se profundiza en un contexto donde también faltan cuidadores formados y profesionales con mirada gerontológica.
La longevidad extrema llegó para quedarse y todavía estamos a tiempo de hacer algo mejor con ella. Pensar en el envejecimiento con anticipación, formar profesionales, fortalecer redes comunitarias, crear dispositivos de apoyo y, sobre todo, volver a escuchar a las personas mayores no es solo una deuda pendiente: es una oportunidad. La de construir una sociedad que no le tenga miedo a la vejez y que entienda que envejecer con dignidad no es un privilegio, sino un derecho. Porque no se trata solo de vivir más años, sino de que esos años valgan la pena.
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