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Las espadas del Gran Capitán

hace 3 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Luis Vinker

La controversia alrededor del sable de San Martín, y que ahora vuelve a ser custodiado por Granaderos, tuvo sus matices políticos (el propio presidente Milei intervino en el tema) y reavivó antiguas discusiones que ya parecían lejanas (¿liberales vs. revisionistas?), pero todo esto seguirá  in eternum.

San Martín había legado ese sable de su campaña libertadora. Pero la primera vez que empuñó una espada como oficial fue mucho antes, al recibir los galones de subteniente 2° en junio de 1793. Tenía apenas quince años y ya se había destacado como cadete del Regimiento de Murcia en las campañas del norte africano, resistiendo el asedio de los moros.

San Martín fue admitido como cadete del Regimiento el 15 de julio de 1789 (horas después de la Revolución Francesa que transformó al mundo). Y seis días más tarde quedó acuartelado en Málaga, vistiendo un uniforme blanco con vivos dorados. En esa ciudad se había instalado su familia, tiempo antes, y San Martín atravesó un riguroso aprendizaje en la academia militar.

A sus 12 doce años tuvo su bautismo de fuego, cuando los españoles defendían el enclave de Melilla, sobre la costa marroquí del Mediterráneo, y luego pidió su incorporación al destacamento más arriesgado de su Regimiento: los Granaderos de Murcia, una especie de comandos de aquel siglo.

Concluida la campaña africana, lo destinaron a Aragón, al pie de los Pirineos Centrales, el sector más elevado de esa región montañosa (más de 3.000 metros de altura). Desde allí la corona española de los Borbones enfrentaba a los revolucionarios franceses y defendía a su colega Luis XVI. Justamente en aquel lugar San Martín conoció los fundamentos de la guerra en alta montaña, conceptos que luego aplicaría en el cruce de los Andes.

Si antes los enemigos de España eran los moros, ahora eran los franceses. San Martín participó en la campaña del Rosellon, el paso de los Pirineos y la defensa de Colliure, cuando las tropas del reino todavía estaban bajo el comando del legendario general Ricardos. Después de aquel primer ascenso, llegó el inmediato a Subteniente 1°. Pero las fuerzas españolas iban retrocediendo y la paz con los franceses se firmó en 1795. Entonces se convirtieron en aliados frente al  enemigo en común, los británicos.

Al regimiento de San Martín le encomendaron la defensa del puerto de Cartagena y desde allí, a bordo de la corbeta Santa Dorotea, el futuro Libertador tuvo sus primeras aproximaciones a la guerra naval. También, algunas fuentes históricas citan que en 1798, cuando el buque se encontraba en Tolón, el joven San Martín fue “saludado ” por el emperador de los franceses, un tal Napoleón Bonaparte, quien pasaba revista a las tropas aliadas.

No era el mejor momento para la flota española, en gran parte pulverizada por los británicos en la batalla del Cabo San Vicente. El 8 de julio de ese año, la Santa Dorotea y otras tres naves españolas (Proserpina, Pomona y Santa Casilda) recorrían el Mediterráneo, en tareas de vigilancia.

Pero un navío británico, el HMS Lion, el mando del capitán Manley Dixon, disponía de 64 cañones: pulverizó a sus cuatro enemigos, mató a decenas de marinos españoles y ´se llevó presos a los 1.200 restantes. Los recluyeron en la isla de Menorca que, hasta esa época, pertenecía a su reino (recién por el Tratado de Amiens, en 1802, se la devolvieron a los españoles). Entre los prisioneros se encontraba San Martín.

Un reciente artículo de Santiago Torrado en El Diario.es se concentra en la estadía (breve) de San Martín en Menorca, antes de regresar a Cartagena gracias a un canje de prisioneros. Allí citan que en Menorca tomó contacto con “ideas liberales” y los primeros conceptos de “independencia” para Sudamérica.

Durante los tres años siguientes, ya en España y por el compromiso con los ingleses, no podía retornar a las armas. Según el historiador Leopoldo Ornstein “aprovechó el tiempo para estudiar matemática y pintura, esta última actividad la siguió practicando por el resto de su vida. San Martín era un ávido lector, tenía gran cantidad de libros de temas militares y políticos, pero también volúmenes que incursionaban en asuntos tan dispares como agricultura, historia, química, física y derecho, además de obras clásicas de autores como Cicerón, Tasso, Quevedo, Calderón de la Barca”.

Pocos años después, la situación cambió totalmente. Los franceses ocuparon España y comenzaron las revueltas populares. El arte nos habla sobradamente de aquella época: “Los fusilamientos” de Goya o los “Episodios nacionales” de Pérez Galdós, por ejemplo.

Frente a las revueltas, la sentencia del jefe de las tropas francesas, el mariscal Pierre Antoine de DuPont, fue “Pueblo tomado, puedo arrasado”. Después de estabilizar Madrid junto al otro de los jefes, Honoré Antoine-Marie Vedel, organizaron un ejército de 20 mil hombres para socorrer a sus fuerzas en Cádiz. Los españoles, al mando de Teodoro Reading y Farncisco Castaño, reunieron a más de 25 mil efectivos, entre soldados y voluntarios. Los dividieron en tres zonas, una de ellas a cargo del Marqués de Coupigny (Antonio Melt) y el capitán José de San Martín era su ayudante de campo.

Todo estaba listo para choque en Andúja. Días antes, San Martín enfrentó a las avanzadas francesas en Arjonilla y estuvo a punto de ser atravesado por una bayoneta, lo salvó un miliciano andaluz, un antecesor del sargento Cabral…

“Objetivamente hablando, la batalla de Bailén ganó su lugar en la historia por razones mucho más amplias que la participación de San Martín. Fue una batalla en la que participaron alrededor de cuarenta mil hombres, duró casi nueve horas y los soldados pelearon bajo un solazo que levantó la temperatura a más de cuarenta grados. Bailén fue la primera derrota de las tropas de Napoleón en campo abierto. La leyenda dice que cuando Napoleón se enteró de la noticia se puso furioso y decidió meterse él mismo en España, una mala noticia para los españoles porque una cosa era derrotar a los generales Dupont o Vedel y otra, muy diferente, vérselas con el propio Corso en el campo de batalla” escribió el historiador Rogelio Alaniz, columnista de Clarín.

Sucedió el 19 de julio de 1808. Y también la ciudad de Bailén cuenta hasta nuestros días con una estatua de homenaje y evocación a José de San Martín.

Luis Vinker

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