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Las redes sociales no deberían prohibirse a menores de 16 años

hace 3 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Las redes sociales no deberían prohibirse a menores de 16 años

Un incipiente movimiento mundial alienta la prohibición de acceso a redes sociales para menores de 16 años. En la actualidad, en la mayoría de los países la edad mínima es 13, como exigen las plataformas. Entre los países donde las prohibiciones están vigentes se encuentran Australia, Francia y España (tras el anuncio del socialista Pedro Sánchez) y el Reino Unido; otros se encuentran en camino a prohibirlas. Pero se escuchan voces en esa misma dirección en otros países, incluida la Argentina.

La inquietud de los padres sobre este tema es razonable. Hay evidencia que prueba que existe una relación entre algunos problemas de salud mental, como la depresión y la ansiedad, y el uso problemático de redes sociales. Esa evidencia encuentra también otras causas superpuestas, a veces anteriores, que no permiten concluir de forma tan lineal la relación causa-efecto.

Recientemente se publicó un estudio de la Universidad de Manchester sobre 25.000 estudiantes de entre 11 y 14 años a los que se relevó el uso de redes sociales durante tres años, y los resultados no hallaron evidencia de que un mayor uso de redes sociales o más tiempo jugando en línea aumentara síntomas de ansiedad o depresión. El problema es real y documentado, pero no sabemos de verdad el tamaño, y menos cuál es la solución.

A continuación hago una lista de algunos efectos negativos y consideraciones sobre la prohibición de acceso a redes sociales a menores (no consideraré en esta lista los efectos para la libertad de expresión de toda la población).

Elevar a 16 años la edad mínima para tener una cuenta en una red social niega la madurez de los adolescentes y los fuerza a mantenerse en su comunicación digital como pre-púberes. La medida soslaya la dinámica real que sucede entre adolescentes después de los 14 años.

La prohibición hará que los adolescentes busquen formas alternativas de ingresar a las redes. Un ejemplo sencillo es el uso de alguna VPN, un sistema que oculta la IP y los datos del usuario, permitiendo saltar prohibiciones locales. Podemos predecir que toda prohibición será fácilmente eludible; por lo tanto, inútil.

La prohibición de redes a menores, buscando aumentar su seguridad, terminará siendo simbólica, porque no tendrá efecto real sobre los riesgos. La prohibición en Australia y Francia, por ejemplo, no incluye mensajeros. La edad mínima para tener WhatsApp, Telegram u otros mensajeros en la Unión Europea es de 13 años.

En la actualidad, la mayoría de los padres considera a los mensajeros un medio indispensable de conexión con sus hijos. Un estudio publicado por Child Development demostró que el 62% de los hijos chatea diariamente con sus padres y que la comunicación por mensajeros es especialmente apreciada por los chicos que luchan con síntomas de salud mental (en el estudio demostraron ser los más propensos a intercambiar mensajes con sus padres, donde encontraban conexión y apoyo).

Los mismos padres que aprobarán la prohibición de acceso a redes seguramente no apoyarían la prohibición de mensajeros.

Para quienes crean que los mensajeros son más seguros y menos dañinos que las redes, es bueno advertir que grupos de Telegram y WhatsApp, cerrados y cifrados, pueden ser mucho más peligrosos que tener una cuenta en X o en TikTok.

Telegram, por ejemplo, permite el contacto con desconocidos y es fácil acceder a contenidos violentos o nocivos de todo tipo.

Según los datos recopilados por NSPCC (Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños del Reino Unido), a partir de datos de fuerzas policiales en Inglaterra y Gales, una parte de los delitos de “comunicación sexual con menores” se comete específicamente en WhatsApp.

Entonces, tendremos adolescentes sin redes que tienen políticas de alta moderación para dejarlos con mensajeros que no tienen ninguna. Ni WhatsApp, ni Telegram, ni Messenger pueden ver el contenido que ocurre en un grupo, por lo cual no pueden intervenir.

Si los padres quieren desarrollar una política de control sobre los contenidos a los que acceden sus hijos, tienen que saber que ellos podrían tener aplicaciones instaladas de camuflaje que sirven para ocultar cualquier ícono. Usando “app hiders” u otras apps similares, los chicos pueden convertir el ícono de Telegram en uno de una calculadora, Google Maps o cualquier aplicación inofensiva. Identificar una aplicación implicaría abrir diariamente una por una hasta encontrar la escondida. Un estudio de la Universidad de Michigan entre preadolescentes probó que usaban hasta 40 aplicaciones distintas. Por otro lado, desarrollar una vigilancia policial sobre los dispositivos de los hijos adolescentes no parece una buena idea para alentar la confianza.

Se prohíbe a los menores de 16 años crear una cuenta en YouTube (Australia), uno de los mayores reservorios de conocimiento y aprendizaje de calidad del mundo. Sin embargo, los menores podrán seguir accediendo al contenido.

La medida funciona más como una advertencia negativa sobre YouTube que como una restricción real. En la práctica, los menores no podrán hacer comentarios, seguir cuentas, ser notificados de actualizaciones, aunque sean cursos o sus músicos preferidos, y por supuesto no podrán crear contenido, aunque podrán ver horas de video de forma anónima.

Restringir el acceso a redes sociales puede empeorar la situación de chicos aislados con problemas de conexión social. Estudios cualitativos de la Universidad de Washington sobre adolescentes deprimidos muestran que, además de los aspectos negativos del uso de redes sociales, están los vínculos positivos. Muchos adolescentes con problemas de sociabilidad las usan para conectarse con otros que atraviesan problemas similares y encuentran ahí apoyo y compañía que no tienen offline.

Las prohibiciones podrían empeorar, y no mejorar, la depresión y otras patologías al aislar a esos adolescentes.

En otro orden, ¿también prohibirán la IA? Ya hay estudios que muestran episodios serios, graves y gravísimos en adolescentes, jóvenes y adultos, con trastornos mentales previos o no, que desarrollan “psicosis IA”.

Entonces, siguiendo la lógica aplicada a las redes sociales, ¿también deberían prohibir chatear con IA a menores de 16? La prohibición esconde o posterga un problema, no lo resuelve. En este caso, hay que obtener cambios significativos y urgentes en las plataformas para que usen la propia IA para predecir comportamientos psicóticos y evitar crisis.

Adam Mosseri, CEO de Instagram, declaró recientemente en un juicio en Los Ángeles que no cree que la gente pueda volverse “clínicamente adicta” a las redes sociales, incluida Instagram. Lo correcto es hablar de uso problemático.

Tiene razón, el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) no reconoce la adicción a redes sociales como diagnóstico formal.

El uso metafórico del término adicción generó un halo dramático que alentó en la opinión pública una idea muy negativa sobre las redes y positiva sobre las prohibiciones. Sin negar los efectos del uso problemático, definitivamente no se trata de una adicción. Hablar en esos términos no ayuda a entender ni resolver los problemas que producen las RRSS.

Todas las prohibiciones fijan el límite en 16 años, pero ¿qué pasará después? Los usos problemáticos existen en todas las edades. ¿También prohibiremos las redes hasta los 18, o hasta los 25? ¿Prohibiremos los mensajeros y controlaremos la web?

Una metarrevisión de 9.269 participantes no detectó diferencias entre personas de 12 a 25 años en ansiedad o depresión asociadas al uso de redes.

Los algoritmos están diseñados para maximizar el engagement mostrando más de lo que el usuario consume. Pero el sistema de notificaciones puede ser más nocivo que el algoritmo mismo, porque interrumpe y fragmenta la atención, llevando el foco mental de donde estaba a la pantalla.

Desactivar notificaciones varias horas al día en adolescentes (y adultos) puede ser una medida concreta y saludable, mucho más que prohibir el acceso total.

Europa tiene otras motivaciones para justificar su entusiasmo en las regulaciones y prohibiciones a menores. Europa perdió la carrera tecnológica y ya no podrá alcanzar a EE.UU. ni a China en sus desarrollos de IA ni redes. Su historial es de fracasos. En 20 años no pudo desarrollar ni una sola red social multitudinaria ni un buscador competitivo, ni ahora una IA que se acerque al desempeño de Gemini, Claude o ChatGPT.

En esta situación obsoleta, prohibir las redes sociales es para Europa un acto de poder. No pueden competir, pero pueden regular y prohibir.

No existe una solución única ni fácil, ni puramente tecnológica, para resolver la transacción que requiere el equilibrio entre la seguridad general y la libertad de los individuos. Pero podemos estar seguros de que, en este caso, no será el Estado el que pueda encontrar ese delicado punto. Prohibir a los adolescentes el derecho a acceder a sus redes sociales es una intromisión ofensiva para su libertad que los reduce en su potencial individual.

No es sorprendente que esa medida tenga apoyo de mucha gente. Ya Alexander Hamilton (un prócer de EE.UU.) había advertido que, ante el peligro, la gente se mostraría “dispuesta a correr el riesgo de ser menos libres”.

Prohibir la conexión a las redes sociales contiene, aunque no lo digan, una idealización muy de moda que añora un mundo anterior sin conexiones. Un prejuicio que cree que estar desconectados es mejor, más sano y más verdadero que estar conectados; que la vida auténtica es incompatible con la vida en línea; que la tecnología es una interrupción a la naturaleza. No estoy nada de acuerdo.

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