Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.
Hay un momento impreciso del atardecer en mi casa, en el que de pronto, la pared blanca del jardín se vuelve rosada y contagia a las salvias y los agapantos, que también se atenúan con esa pátina. A esa hora casi nunca se agitan las hojas con el quehacer de los colibríes, todo se vuelve tenue y delicado, como si el mundo se hubiera cansado de pelear y hubiera decidido sentarse, como yo, a contemplar esos minutos del atardecer en los que vivir no es más que eso. Sin necesidad de luz artificial, ni ningún esfuerzo para ver, el cielo reposa sobre mi casa y la endulza como al descuido.
Dura menos de cinco minutos, pero me gusta llamarla la hora rosada. No estoy segura si ocurre a diario o quizá yo no siempre tenga la mirada que hace falta, quizá sucede más en verano que en invierno y sin duda, en otoño.
Estoy segura de que no la encuentro cuando llueve porque son esos minutos en los que el sol ilumina sin proponérselo, cuando está yéndose hacia otra cosa y podríamos asegurar que ya no nos mira.
Hay que dejar que los pensamientos tomen el color de lo que vemos. Eso dice el escritor escocés Robert Louis Stevenson en un deleite de ensayo escrito en 1876, Excursiones a pie, en el que también dice -traducción de Diego Forte para editorial Atávica mediante- otras cosas como:
“El sol yace cálido sobre los pies, y el aire fresco visita nuestro cuello y mueve a un lado la camisa abierta. Si en esta situación alguien no es feliz, seguro que tiene la conciencia atormentada”.
La salud frágil de Stevenson a causa de sus problemas respiratorios encontraba sosiego en el arte de caminar en soledad y llegar sin sobresaltos a esa forma de andar en la que los pensamientos también caminan casi sin necesidad de la conciencia, de manera que pensar, contemplar y avanzar puedan ser lo mismo.
Ese rosado en los pensamientos me detuvo en la profunda belleza del instante previo, ese punto fugaz en el que algo, una vida, está a punto de terminar. La imagen de la eternidad es ese instante antes, pero ahí, mientras uno quiere capturarlo, naturalmente, invade la noche.
Dicen que Stevenson guardó hasta su temprano final a los cuarenta y cuatro años, en 1894, la voluntad de sonreír.
Sobrevivir a la muerte de una vida cercana nunca es sencillo. Al día siguiente la pared vuelve a tornarse rosada y uno está ahí, para verla.
Durante un tiempo, da la impresión de que cada atardecer que uno contempla es el que la muerte le ha arrebatado al ser querido y hasta enoja que se presente así, sin más, con toda esa belleza ante nosotros.
Stevenson dice también que un camino empinado provoca pensamientos diferentes que uno llano, que las fantasías de una persona se vuelven más ligeras cuando sale del bosque. Supongo que, al cabo de un tiempo, cuando se puede salir del bosque o de la noche, uno vuelve a entender que no hay un atardecer, sino que cada uno crea su propia hora rosada.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín