Gazette
Oficial
$ 1400,12
0,53%
Blue
$ 1430,00
0,35%
MEP
$ 1405,08
0,70%
CCL
$ 1444,50
0,00%
Risk
545
1,49%%

La astucia de Perón usó al embajador de EE.UU. para su primer triunfo electoral

hace 14 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.

La astucia de Perón usó al embajador de EE.UU. para su primer triunfo electoral

“Me dirijo hoy a los trabajadores del campo. En pocas horas estarán en condiciones de decidir sobre los destinos de la Patria. Este es un hecho trascendental. Tengan cuidado. No concurran a ninguna fiesta a la que los inviten los patrones el día 23. Quédense en casa y el 24, bien temprano, tomen las medidas para llegar a la mesa en la que han de votar. Si el patrón de la estancia, como han prometido algunos, cierra la tranquera con candado, rompan el candado, salten las tranqueras, corten los alambres y pasen a cumplir con la Patria”.

Hace 80 años, el viernes 22 de febrero de 1946, al atardecer, sobre el límite de la veda electoral de entonces, la voz del coronel Juan Domingo Perón, sonaba firme y convincente a través de los aparatos radiales. Su torno era paternal, no parecía un político en campaña. Se asemejaba más al consejero de una saga familiar devastada y ávida de reivindicaciones. Explicaba, casi como un confidente, recomendaciones sencillas para evitar borracheras imprudentes y estimular los menesteres cívicos que él, el hombre fuerte en el corazón del mando militar surgido del golpe del 4 de junio de 1943, juzgaba necesarios para la coyuntura del país.

Perón sabía lo que quería y además sabía cómo decirlo. Cuando el mensaje irrumpió en las radios, el gran medio masivo de comunicación de aquel tiempo, los peones de campo ya se preparaban para el descanso de sus largas jornadas labriegas. Los fabriqueros urbanos, el proletariado industrial en expansión de los suburbios bonaerenses y los empleados de clase media urbana, a quienes necesitaba seducir políticamente, volvían a esa hora a sus hogares. Todos lo escuchaban. Fue uno de esos recados políticos que los analistas y expertos discursivos, considerarían con destino trascendente. Corría el tramo final de la campaña, cuyo voto estaba previsto para el domingo 24 de febrero.

El Partido Laborista se había organizado de apuro en torno a la figura del coronel. Y estaba asociado a corrientes menores como un radicalismo disidente (Junta Renovadora), sectores independientes y también algunos intelectuales y artistas, traccionados por Eva Duarte, la vehemente y carismática actriz de cine y radioteatro, ya casada con Perón. Junto al radical Hortensio Quijano, candidato a vicepresidente, el coronel enfrentaría al binomio José P.Tamborini- Enrique N. Mosca, dos radicales unionistas, de la línea Córdoba liderada por Amadeo Sabattini. al frente de un conglomerado de radicales históricos, conservadores, demócratas progresistas, socialistas y comunistas, electoralmente bautizado como Unión Democrática.

Perón olfateaba que había llegado el tiempo de la cosecha: la siembra de sus años de labor en la Secretaría de Trabajo y Previsión, creada el 27 de noviembre de 1943, estaba en su punto justo. El 8 de octubre de 1944, desde esa Secretaría, había logrado que el presidente de facto de la Nación, Edelmiro J. Farrel, firmara el decreto 28.169/44, que creaba el Estatuto de Peón Rural, un compendio de normas y reglas que obligaba legalmente a todo patrón a brindar a sus peones, entonces precarizados en tareas, derechos y jornales, un trato humanitario. Desde allí en más, esas peonadas a la intemperie recibirían comida digna y abundante, buenos jornales, descanso dominical y una semana anual de vacaciones pagas. Bajo ese arsenal de nuevos derechos había un tesoro escondido de miles y miles de votos en espera de expresarse en las urnas.

El ya amado y odiado “coronel del Pueblo”, resumía sus intenciones en un slogan que recorrería las zonas rurales de la Argentina profunda. “No queremos el proletariado campesino: queremos hacer agricultores felices”, diría ante los cada vez más frecuentes embates del conservadurismo vernáculo. Perón azotaría a ese grupo con un nombre que los historiadores revisionistas llevarían a un lugar poco grato de la historia: la oligarquía vacuna. No fue un hallazgo de Perón en campaña. Ya Sarmiento le había dedicado feroces catilinarias al entramado patronal del campo. El peor de todos: “Es una oligarquía con olor a bosta”, bramaría el padre del aula ante las propiedades de tierra y ganado de los estancieros más poderosos del país, que tenían bajo su dominio los resortes de la riqueza agroexportadora argentina.

En las calles, desde tiempo atrás, marchas y concentraciones multitudinarias venían cociendo a fuego lento el reclamo por una salida electoral que gran parte de la sociedad juzgaba urgente y necesaria. En la memoria colectiva había quedado grabado que el golpe de 1930, el primero en la Argentina del siglo XX, había tardado apenas 14 meses en retornar al voto y a las normas constitucionales, aunque bajo una urdimbre amañada, sostenida en la proscripción del radicalismo yrigoyenista, el fraude patriótico y el trapicheo de votos.

Aquello fue una arquitectura diseñada a medida para buenaventura de una coalición del radicalismo alvearista, socialistas y conservadores, llamado La Concordancia, que germinaría al calor del poder de los generales José Félix Uriburu, cabeza visible del golpe de 1930, expresión de un nacionalismo obstinado y beligerante; y Agustín Pedro Justo, vencedor de las elecciones nacionales de 1932, afín al radicalismo antipersonalista y permeable a un acuerdismo con empresas y cuadros dirigentes venales, siempre al acecho bajo el manto protector del Estado, Aquello fue el comienzo de un tiempo de grandes negociados y una corrupción que permeó y denigró los cimientos de la República, Tanto que el periodista y escritor tucumano José Luis Torre llamó a ese período “década infame”, título que sería reciclado por algunas corrientes historiográfica y mantiene aún su vigencia.

En cambio, el pronunciamiento militar del 4 de junio de 1943, con Perón como el ideólogo de un grupo de coroneles nacionalistas del GOU (Grupo Oficiales Unidos), que lo había impulsado, y que llevaría a cabo fuertes transformaciones sociales y económicas, no había manifestado la fecha del retorno de las urnas. Llevaba más de dos años en el poder, el doble que sus predecesores de 1930, y no había dado señales que condujeran a la consulta de la ciudadanía sobre su derecho al sufragio.

Hubo dos grandes movilizaciones populares, en general consideradas embriones del retorno democrático de 1946. Una tendría el destino efímero de las tapas de los diarios y la mención escueta en libros de historia. Un acontecer más de los ajetreos políticos de una Nación habituada más a la discordia colectiva que a los consensos extendidos. La otra quedaría en la historia, como partera de un nuevo tiempo político que transformaría para siempre a la Argentina pastoril y agroexportadora, reacia a modificar la estructura social y económica del país conservador.

La movilización que pasaría fugazmente por la vida institucional de los argentinos tendría lugar el 19 de septiembre de 1945 y se la llamó Marcha de la Constitución y la Libertad. Tuvo una convocatoria explosiva: desbordó las calles del corazón aristocrático de la Ciudad, entre el Congreso y la Recoleta. Más de 200.000 personas urgirían la entrega inmediata del gobierno a la Corte Suprema y el llamado urgente a elecciones. En verdad ambicionaban más de lo que decían. Querían bloquear las reformas sociales de Perón, desarticular las organizaciones sindicales y recomponer una Argentina más previsible en su alineamiento con EE.UU., el gran país emergente y gran triunfador de la Segunda Guerra.

En esa caravana callejera, que reclamaba el retorno a la vieja legalidad constitucional, los manifestantes tendrían un aliado inesperado. Un hombre obsesionado con desprestigiar la figura de Perón, a quien consideraba la cabeza visible de un grupo nazi que gobernaba la Argentina. No era un hombre cualquiera. Se trataba del embajador estadounidense, Spruille Braden, llegado al país el 19 de mayo de 1945. El académico Joseph Page, autor de la documentada obra “Perón, una biografía”, describe al diplomático como “la imagen del yanqui que tienen muchos latinoamericanos … Su apariencia física complementaba adecuadamente su personalidad. Mofletudo, con el tronco como un barril enorme, era el prototipo del búfalo en un bazar de porcelana.”

Las cartas para la votación del 24 de febrero del año siguiente, empezaban a mostrarse. Braden era la antítesis del coronel Perón. Cuenta Page que “durante estos días destemplados que antecedían al invierno, Braden, finalmente subió a las tribunas y tomó el micrófono”, siempre dispuesto a echar leña al fuego de la discordia ya incubada en la sociedad argentina, por las reformas sociales y laborales de Perón y el régimen de facto, resistidas por las estructuras económicas tradicionales.

Félix Luna en su celebrado libro “El 45”, el más impactante de su vasta obra, dice que el 1° de junio de 1945, a poco de su arribo al país, Braden tuvo con Perón una reunión “intrascendente”. Page coincide en que sólo se trató de un formal protocolo de presentación oficial, de la que también formaría parte el presidente Farrell, quien convidaría al visitante con un scotch de alta gama entonces, que guardaba como un tesoro espirituoso.

A raíz de las arengas públicas poco diplomáticas de Braden en los palcos opositores, Perón quizá advirtió que el embajador podría ser un rival funcional a sus intereses. Lo convertiría en un enemigo político y personal. Y como parte de esa estrategia lo convocaría a su despacho. Braden respondió al convite. Perón no era el presidente, pero lo parecía. Además de secretario de Trabajo y Previsión, ya era ministro de Guerra y vicepresidente de la Nación. Braden, sólo un embajador poderoso. Pero embajador al fin. Los trascendidos, ya incorporados a la historia, señalan que el coronel abrió el fuego de esa explosiva cita:

-Usted se puso al frente de una campaña de intereses económicos contra el gobierno. Yo tengo conmigo al Ejército, hasta el último hombre y más de 4 millones de trabajadores que me reconocen como su líder y único benefactor.

Atónito ante la metralla verbal recibida, al parecer Braden arriesgó con fingida inocencia:

-Mire, embajador, si estos intereses que usted representa tratan de hacer algo, vamos a pelear en las calles y correrá sangre-…Sepa que los corresponsales de los medios de su país no son ajenos a esto.

-Me preocupa –replicó Braden, ya repuesto- la posibilidad de que algunos corresponsales de la prensa de mi país puedan ser amenazados … Eso es extremadamente grave.

Apenas concluida la cáustica tertulia, Braden envió un cable secreto a sus jefes en Washington: “El extraordinario exabrupto de Perón…confirma que es peligroso”. En su investigación, Page cita otra entrevista entre ellos, en la que el coronel habría rechazado con una descortesía barriobajera ciertas condiciones de Braden para mejorar el clima político: “Vea, Braden, acá, en mi país, a quien acepta una cosa como la que usted propone lo llaman hijo de puta”. En Washington no se cruzarían de brazos ante lo que consideraban sólo una retórica beligerante de Perón. Y desde el Departamento de Estado lanzarían lo que habían concebido como la detonación decisiva para derrumbar el mito del militar de los pobres. Fue el lanzamiento en la Argentina del llamado “Libro Azul”, con acusaciones contra Perón y sus reformas, entregado a la agencia noticiosa United Press para su difusión. La idea era identificar al líder de ese movimiento como la continuidad del gobierno de facto de 1943, tachado de nazifascista, al cual Perón había renunciado para desempeñarse como candidato presidencial.

Esa movida política confirmaría las conjeturas de Perón. El rival a vencer no sería el real, la Unión Democrática, sino el metafórico, el intrépido embajador. Por eso rescataría sus antiguas y homéricas riñas con él. “No podemos permitir algo así. Acá se juega el destino de la Patria. Es Braden o Perón”, definiría el rumbo de la campaña: sería el eslogan triunfal que lo llevaría al poder. Ningún publicista lo hubiese hecho mejor.

En medio de la hostilidad mutua, sorpresivamente, Braden sería convocado por su gobierno para otras tareas que le requerían dejar la embajada. El 28 de agosto sería despedido con un almuerzo de honor en el lujoso Plaza Hotel. Una muchedumbre desbordó las instalaciones del comedor principal, entre autoridades, admiradores, amigos políticos y hombres de empresa. No aspiraba a ningún cargo en el país, era ciudadano extranjero, pero se había transformado, en parte instigado por el propio Perón, en el “candidato real” de un sector que venía gobernando a la Argentina desde siempre. Y en ausencia debería enfrentar al jefe carismático, de verbo punzante y hasta florido, de un movimiento emergente que aún no era percibido en toda su potente magnitud. Félix Luna lo entrevistaría a en 1976, más de 30 años después, en su casa de Manhattan y le preguntaría si la publicación del Libro Azul y su prédica tenaz desde palcos opositores no habían, en definitiva, favorecido a Perón. El ex embajador fue sincero como nunca: “Yo no dudaba que, de todos modos, Perón ganaría. En Washington gané tres apuestas en aquellas semanas, asegurando su triunfo. El eslogan Braden o Perón fue un acierto político.”

Perón llegaba a las urnas del 24 de febrero con una carta fuerte: haber sido el protagonista épico del 17 de octubre de 1945. En esa jornada, desde la mañana hasta la medianoche, una muchedumbre básicamente obrera, con el friso de fondo de “las patas en la fuente”, demandaría hasta el desmayo el rescate de Perón de la prisión a la cual lo habían confinado sus enemigos internos de la movida golpista del 43. Las “masas sudorosas”, como Perón mismo las llamaba entonces, lo ungirían hasta su muerte misma como el hombre providencial que les concedió nuevos derechos o refrescó otros para darle visibilidad política y trascendencia histórica a los nuevos asalariados industriales, a las fabriqueras, la peonada rural y un nuevo desempeño a la clase media naciente, que todavía lo miraba con algún recelo.

En su libro “Perón, mitos y realidades a 50 años”, Ignacio Cloppet, académico, profesor de Historia, abogado, cuenta que “la movilización popular fue de todos los estratos sociales, aunque mayoritariamente de trabajadores y humildes, con una importante presencia de mujeres y familias enteras que pidieron la liberación del coronel Perón, detenido en la Isla Martín García.” En la compilación “El 17 de Octubre, antes, durante y después”, el politólogo Fabián Bosoer, académico, periodista y editor de Clarín, pone su foco en la mirada de EE.UU. sobre un Perón que pasaría de ser para Washington “la amenaza nazi”, a constituirse en barrera al “peligro comunista”. El autor describe a quien marcaría la vida política nacional durante tres décadas como un prototipo del “militarismo prusiano y el populismo antiliberal, que erizaba la piel de la mayoría de diplomáticos y observadores occidentales de aquellos años 40.”

Perón, en definitiva, construyó su poder en base a una alianza imbatible a mediados del siglo XX: la Iglesia, el Ejército y los sindicatos nacionales, que reemplazarían a las viejas y combativas estirpes gremiales del anarquismo europeo. La Unión Democrática no entendió el cambio de época. Perón sí. Y las urnas lo reflejaron. El 24 de febrero de hace 80 años se votó en 14 provincias, había nueve territorios nacionales aún sin derechos cívicos, al igual que las mujeres. Con una elevada participación de 81.25%, la fórmula Perón-Quijano (Partido Laborista) tuvo 1.487.886 votos (53.75%) contra 1.207.080 (45.65%) del binomio Tamborini-Mosca (Unión Democrática).

Su triunfo tardaría más de la cuenta en ser admitido, con argucias diversas. En su portada del 22 de marzo de 1946, cuando Perón reclamaba que su triunfo fuese reconocido legalmente, Clarín pediría en un editorial: “Lo cortés no quita lo valiente: Clarín, que apoyó al bando contrario, baja sus armas, saluda caballerescamente al hombre impuesto por la mayoría del pueblo y le desea buena suerte y mucho éxito en las tareas gubernativas que tiene por delante.”

La gran fuerza política que había llevado a Perón a la victoria, más allá de las estrategias electorales como la de Braden y las piezas oratorias que encendían a sus seguidores, anidaba socialmente en las caravanas continuas de migrantes del interior a las puertas de la Gran Ciudad, ávidas de identidad, reconocimiento y participación. Perón, el golpista del 43, construiría poder propio en base a ese sector emergente, al cual beneficiaría con una legislación laboral y social, en el marco del proceso de industrialización en marcha, que generaría miles y miles de puestos de trabajo. Se iniciaba la década de oro para ese movimiento policlasista, aluvional, avasallante en la honra de sus lealtades más queridas, como la memoria de Evita y el liderazgo doctrinario de Perón. Con el voto de ocho décadas atrás nacía otro país. El peronismo, que había parido en la Plaza del 17de octubre, cinco meses antes, estallaba en las urnas el 24 de febrero de 1946.

Cuatro meses después, en la ceremonia del Congreso en la que asumiría la primera de sus tres presidencias de la Republica, Perón daría un discurso fundacional de la nueva fuerza política. Con un adecuado manejo de la pausa oratoria, en un momento miraría al auditorio legislativo. Sabía que tenía el dominio escénico en ese momento de solemnidad institucional. Entonces, retomaría su discurso con voz de triunfo. Y dirá aquello de “quien quiera oír que oiga, quien quiera seguir que siga, mi empresa es alta y clara mi divisa, mi causa es la causa del pueblo, y mi guía, la bandera de la Patria.”

Osvaldo Pepe

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

Newsletter Clarín