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Las maneras de medir el dolor de una guerra

hace 24 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Pablo Vaca

Hay distintas maneras de medir el dolor de una guerra. La más simple seguramente sea por su duración: el calendario dice en este caso que el conflicto por la invasión rusa a Ucrania cumple cuatro años desde aquel 24 de febrero de 2022 en el que Putin dio la orden a sus tanques de disparar y avanzar hacia Kiev.

No es poco tiempo. Es el mismo lapso, por ejemplo, durante el cual la Unión Soviética luchó contra la Alemania nazi.

Pero, tal vez, el modo más contundente de calcular el sufrimiento que causa una guerra es por la cantidad de muertos que provoca: según un informe del Center for Strategic and International Studies, la estimación de soldados muertos, heridos o desaparecidos de ambos bandos suma 1,8 millones.

El informe calcula en 1,2 millones las bajas de Rusia, al menos 325.000 de ellas, fallecidos. Es la mayor cantidad de soldados muertos para cualquier gran potencia desde la Segunda Guerra Mundial. Más que los militares estadounidenses caídos en Corea, Vietnam, Afganistán e Irak sumados.

Desde el inicio de la guerra, Olga Nechyporchuk toca el piano en la estación central de Lviv, por donde pasan decenas de miles de refugiados por día. Es uno de los fenómenos más virales de la guerra entre Ucrania y Rusia.

Rusia no publica cifras sobre muertes en el campo de batalla desde enero de 2023. La cuenta oficial se detuvo en 6.000.

En el caso de Ucrania, el mismo informe estima entre 500.000 y 600.000 bajas, incluidas unas 140.000 muertes. El presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, admitió a principios de mes que 55.000 soldados de su país murieron en la guerra y habló de “muchos desaparecidos”.

Sólo para tener una idea comparativa, la Guerra de Malvinas duró apenas 74 días y murieron en ella 649 argentinos y 255 británicos.

Dos niños cerca de un hospital alcanzado por un misil ruso en Kiev. Son casi 800 los chicos muertos en la guerra.Foto: AP

Sin embargo, es probable que haya dolores peores. Por ejemplo, por los 763 chicos ucranianos víctimas de la invasión rusa, de acuerdo con un conteo de la ONU, que calcula en 15.000 los civiles fallecidos por la guerra, números que seguramente sean una subestimación.

O el desastre que causa que, en un país de 40 millones de habitantes, 3,7 millones de personas expulsadas de sus hogares se hayan trasladado a otros lugares dentro del territorio, además de los 5,9 millones de civiles ucranianos que cruzaron la frontera y, en su inmensa mayoría, encontraron refugio en Europa. Es decir: casi el 25% de la población dejó el lugar donde vivía.

Muchas de esas personas, hace cuatro años, formaban filas de kilómetros de largo en la frontera con Polonia cuando enviados especiales de medios de todo el mundo comenzamos a llegar allí.

Una escena cotidiana en Lviv: la despedida a un soldado muerto en una iglesia de la ciudad. Foto: AFP

Con temperaturas bajo cero, de día y de noche, niños, mujeres y ancianos -los hombres lo tenían prohibido- trataban de salir de un país que, en ese momento, parecía que iba a caer bajo la bota rusa en cuestión de horas.

Bajaban de los trenes que los traían desde el frente, en el Este, en la estación de Lviv, en el Oeste. Eran miles y miles, con sus caras de terror y desesperación, de incertidumbre y dolor por haberlo dejado todo de un momento a otro. Rostros que no se pueden olvidar.

Eran días de caos. Occidente se unía para sumar sanciones contra Rusia que hoy parecen no haber tenido mayor efecto y, en Argentina, el kirchnerismo -gobernaba Alberto Fernández- justificaba el ataque ruso en que Ucrania había dado muestras de querer unirse a la OTAN.

Un argumento tan insólito como el del propio Putin, que sostenía que Zelensky, de origen judío, encabezaba un régimen nazi que estimulaba un “genocidio” de la población rusófona en el Donbass.

Soldados ucranianos disparan contra posiciones rusas en la región de Járkov, este miércoles 18 de febrero.Foto: AP

En aquel tiempo, la guerra acaparaba titulares y cada noticia se colocaba entre las más leídas.

Ni aquellos refugiados, ni la resistencia que comenzaba a organizarse, ni los periodistas enviados pensábamos -no era imaginable- que cuatro años después la guerra seguiría allí.

Que los ejércitos quedarían trabados en escaramuzas en el frente del Este. Que Rusia seguiría enviando drones contra la población civil, que igual seguiría aguantando de manera heroica. Que las negociaciones de paz fueran y vinieran pero con un solo final por ahora: el fracaso. Que el apoyo financiero europeo continuaría pero no así el estadounidense, Donald Trump mediante.

Que, en fin, la guerra en Ucrania pasaría a ser parte del paisaje de este mundo y que, como tal, cada vez serían menos los que levantasen la cabeza para mirarlo. Que la historia, como suele suceder, no tuviera moraleja sino, simplemente, brutalidad.

Pablo Vaca

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