Gazette
Oficial
$ 1400,12
0,53%
Blue
$ 1430,00
0,35%
MEP
$ 1405,08
0,70%
CCL
$ 1444,50
0,20%
Risk
545
1,49%%

¿Qué hacemos con el miedo cuando nadie está ahí?

hace mucho en clarin.com por Clarin.com - Home

Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.

¿Qué hacemos con el miedo cuando nadie está ahí?

Los miércoles, casi sin excepción, la escena se repite. Un grupo de jubilados se reúne frente al Congreso. Algunos caminan con dificultad, otros se apoyan en bastones. Reclaman por ingresos que ya no alcanzan, por una vida que se volvió cada vez más difícil. Presencia policial, forcejeos, empujones: cuerpos frágiles enfrentados a fuerzas que los superan.

No son escenas aisladas. Son fragmentos de un clima de época en el que amplios sectores de la población experimentan vulnerabilidad y desprotección.

Cuando el sostén se retira, cuando el cuidado deja de estar garantizado, aparece una emoción difícil de eludir: el miedo.

¿Qué ocurre con esta emoción básica: la compartimos y construimos redes de sostén, o la negamos bajo la lógica del “sálvese quien pueda”?

Las preguntas que surgen frente a estas escenas no son nuevas ni exclusivamente actuales. Aparecen cada vez que una sociedad se enfrenta a la fragilidad, al peligro y a la experiencia de no poder sostenerse sola.

Cuando el miedo aparece, no lo hace solo en la intimidad de cada persona. Se cuela en las conversaciones y en las decisiones cotidianas, en la forma en que miramos o evitamos al otro. En esos momentos, la pregunta deja de ser únicamente qué nos pasa y empieza a ser qué hacemos juntos con eso que nos pasa.

No es la primera vez que una sociedad se enfrenta a esta encrucijada. Mucho antes de nuestro tiempo, otros también se preguntaron cómo se organiza la vida cuando el peligro es real y el desamparo se vuelve visible.

Thomas Hobbes fue un filósofo inglés, conocido sobre todo por su obra Leviatán publicado en el año 1651. Allí se preguntó cómo es posible la vida en común cuando los seres humanos se sienten amenazados y desprotegidos. Su respuesta fue clara y provocadora: para escapar de un estado de caos y violencia, el llamado “estado de naturaleza”, donde el hombre es el lobo del hombre, los individuos aceptan ceder parte de su libertad a un poder común que garantice seguridad.

Lo singular de Hobbes es que no pensó el miedo solo como un problema individual, sino como el afecto que está en la base misma de lo social. Él mismo relataba que el miedo estuvo presente desde su origen. Nació de manera prematura cuando su madre, aterrorizada ante la noticia de la llegada de la Armada Invencible española a Inglaterra en 1588, entró en trabajo de parto. Años más tarde, Hobbes diría que su madre dio a luz a dos hijos: a él y al miedo.

La pandemia de Covid-19 fue, en muchos sentidos, un laboratorio del vínculo con el miedo. Un escenario privilegiado para observar cómo respondemos cuando la amenaza es invisible, global y no controlable de manera individual. Frente a ese peligro aparecieron distintas reacciones: la negación del problema, el rechazo de las vacunas, la burla hacia las medidas de cuidado, la exaltación del “yo no necesito a nadie”.

Desde una perspectiva vinculada al trauma, muchas de estas respuestas pueden leerse como formas de desmentida: el peligro es percibido, pero se actúa como si no existiera. No se trata de ignorancia, sino de defensas frente a una experiencia vivida como angustiante o insoportable. A esto suelen sumarse fantasías de autosuficiencia y una desconexión emocional. El otro deja de ser alguien con quien sostenerse y pasa a ser vivido como un límite, un obstáculo o una amenaza.

Hay distintas maneras de tramitar el miedo, y no todas construyen lazo. Cuando no puede ser nombrado ni sostenido colectivamente, el miedo tiende a negarse, a privatizarse o a transformarse en desprecio por la fragilidad ajena.

Tanto en el contexto de la pandemia como en el presente, el Estado aparece no solo como una estructura administrativa o un aparato de poder, sino también como un tercero: una instancia de mediación que introduce un mensaje social fundamental frente al peligro: no estás solo.

Desde una perspectiva vincular, el Estado puede pensarse menos como una entidad abstracta y más como una función. No se trata solo de lo que hace o administra, sino de lo que introduce en el lazo social. Como tercero, interrumpe la lógica del cara a cara entre individuos, del más fuerte contra el más débil, del “arreglate solo”.

Cuando ese tercero opera, no elimina el miedo ni el conflicto, pero los vuelve tramitables. Introduce una mediación que impide que el peligro recaiga enteramente sobre cada individuo, especialmente sobre los más frágiles. Es una forma social de distribuir la carga, de limitar la violencia y de sostener el lazo.

En el presente, el problema no es solo el debilitamiento del Estado como tercero, sino su rechazo explícito. En nombre de una idea de libertad entendida como desregulación absoluta, se promueve una lógica en la que cada quien debe arreglárselas solo frente a riesgos que son estructuralmente colectivos.

Esta concepción no elimina la dependencia ni la vulnerabilidad, pero las vuelve invisibles. Lo que antes aparecía como una responsabilidad compartida se redefine como un problema individual. El daño existe, pero se lo desmiente: si no podés, es porque fallaste.

Desde esta lógica, la retirada del Estado no se presenta como abandono sino como virtud. El cuidado colectivo se vuelve sospechoso, la mediación se vive como interferencia y el tercero como obstáculo. La consecuencia no es mayor autonomía, sino mayor exposición.

Desde una perspectiva clínica, el trauma no se define únicamente por la magnitud del hecho vivido, sino por la imposibilidad de tramitarlo psíquica y socialmente. No es el evento en sí lo que traumatiza, sino la ruptura de las condiciones que permiten darle sentido, inscribirlo y compartirlo.

En este sentido, el trauma no es solo individual: puede ser social. Se produce cuando una experiencia de daño queda sin reconocimiento, sin amparo y sin respuesta institucional. Cuando el sufrimiento es desmentido, minimizado o devuelto al individuo como falla personal, la herida se profundiza.

El Estado, en tanto tercero, cumple una función decisiva en esta tramitación. No solo por lo que hace, sino por lo que nombra y legitima. Cuando el Estado se retira o, peor aún, cuando desmiente activamente el daño, deja a los sujetos solos frente a experiencias que exceden sus recursos.

En ese punto, ya no se trata simplemente de ausencia de cuidado, sino de producción de condiciones traumatizantes. Un Estado que no reconoce la vulnerabilidad, que niega el sufrimiento y que responsabiliza a los individuos por los efectos de lo estructural, se vuelve un agente de trauma social.

Hoy, frente a escenas de desprotección cada vez más visibles, la pregunta ya no es solo qué modelo económico defendemos, sino qué hacemos con la fragilidad cuando irrumpe.

Si construimos un orden que permita sostenernos colectivamente, o si aceptamos una sociedad donde cada quien queda librado a su suerte.

En definitiva, no se trata solo de discutir el tamaño del Estado o la forma de la libertad, sino de algo más elemental: qué tipo de lazo social estamos dispuestos a construir cuando la fragilidad se vuelve visible.

Adrián Olender es Licenciado en Psicología y Sociología (UBA). Especialista en clínica del trauma y Terapia Vincular Familiar.

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

Newsletter Clarín