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El envejecimiento de la población es uno de los grandes desafíos del siglo XXI y, sin duda, uno de los grandes avances del mundo moderno. En Argentina la esperanza de vida en 1960 era de 60 años y actualmente de 77 años (74 los hombres y 80 las mujeres).
Es que el envejecimiento depende de diversos factores económicos, sociales, políticos y culturales. Entre ellos destacan la disminución de la tasa de fecundidad y el tamaño de la familia: solo Africa, Oriente Medio y Asia Meridional superan el umbral de reemplazo generacional, mientras el resto del mundo está por debajo incluida América Latina según datos del banco Mundial. A ello se suma la mejora en la esperanza de vida de las edades más avanzadas.
La pregunta ya no es solo cuántos años vamos a vivir, sino cómo vamos a vivirlos. Los datos más recientes de la Encuesta Global de WIN, realizada en 40 países muestran nivel global, el 59% de las personas afirma que la calidad de vida es más importante que la duración de la vida. Argentina se ubica en línea con esta tendencia: el 61% de los argentinos prioriza vivir bien por sobre vivir más años. El dato expresa un consenso transversal, pero también abre una paradoja que atraviesa tanto al país como a la región: queremos calidad de vida, pero nos preparamos poco para sostenerla en el tiempo.
Hay una brecha considerable entre lo que se valora y lo que se hace: aunque la mayoría de las personas prioriza el bienestar sobre la cantidad de años, solo el 35% a nivel mundial dice estar tomando medidas concretas para prepararse para la vejez, como planificación financiera o decisiones anticipadas en salud. Incluso entre los mayores de 65 años, apenas cuatro de cada diez afirman haberse preparado efectivamente.
Argentina profundiza esta brecha. Solo el 26% de los argentinos declara estar tomando medidas para prepararse para la vejez, ubicándose por debajo del promedio global y también de varios países de América Latina. Esta distancia entre deseo y acción no es casual: se inscribe en un contexto de alta informalidad laboral, ingresos inestables, crisis económicas recurrentes y sistemas de protección fragmentados, que dificultan pensar el largo plazo.
Uno de los aportes más reveladores de la encuesta global es el análisis de la edad subjetiva. En 2025, el promedio global marca que la población se deja de sentir joven a los 41 años y se empieza a sentir viejo alrededor de los 53.
Argentina se ubica muy cerca de estos valores: los argentinos dejan de sentirse jóvenes a los 41 y comienzan a sentirse viejos alrededor de los 55. En América Latina, la tendencia es similar, aunque en países como Ecuador, Chile y Perú la percepción de vejez aparece incluso antes.
El corrimiento de la edad subjetiva no responde a una única causa sino una combinación de factores estructurales y culturales que ayudan a entender este fenómeno, y que en América Latina suelen manifestarse de manera más intensa.
En primer lugar, se observa un adelantamiento de las presiones adultas. La tensión económica, la inseguridad laboral y las responsabilidades de cuidado llegan cada vez más temprano. En contextos como el argentino, donde muchos jóvenes deben sostener hogares, trabajar de manera precaria o convivir con la incertidumbre económica desde edades tempranas, la juventud deja de ser percibida como una etapa de exploración y se transforma rápidamente en un período de supervivencia.
A esto se suma un clima de incertidumbre global y fatiga emocional. Pandemia, crisis climática, conflictos internacionales y una sobreexposición constante a noticias negativas generan un agotamiento psicológico transversal: sentirse cansado, saturado o vulnerable se vuelve una experiencia cotidiana.
En Argentina, la vejez no se define tanto por la edad cronológica como por la pérdida de salud y autonomía. Estudios previos muestran que los imaginarios negativos sobre la vejez suelen ser más duros que la experiencia real de las personas mayores, muchas de las cuales reportan niveles de bienestar y satisfacción superiores a los que la sociedad les atribuye.
A pesar de que la vejez parece llegar antes en términos subjetivos, el optimismo sobre el futuro persiste. El 46% de la población mundial cree que podrá vivir una vida larga y saludable. En Argentina, ese porcentaje asciende al 52% y aumenta entre los niveles socioeconómicos más altos y educados, a mayor edad y entre mujeres. Las actitudes también varían considerablemente entre países. El optimismo es más alto en Tailandia, Indonesia, Vietnam, China y nuestro vecino Paraguay (en todas estas sociedades el optimismo supera los 70%) En cambio, Japón especialmente pero también países como Corea del Sur y Francia muestran una visión mucho más escéptica sobre la posibilidad de una vida larga y saludable.
La confianza en la tecnología y la innovación médica explica buena parte de esta expectativa: la mitad de los argentinos cree que vivirá más gracias a la innovación médica. La mayoría quiere vivir mejor, no simplemente vivir más. El problema es que esta aspiración convive con bajos niveles de planificación, especialmente en países donde el presente absorbe toda la energía disponible.
Los datos muestran que Argentina no es una excepción, sino un espejo amplificado de tensiones globales. En América Latina, el envejecimiento se da en contextos de desigualdad, fragilidad institucional y vínculos intergeneracionales debilitados. Repensar el envejecimiento implica entonces ir más allá de la edad: significa discutir condiciones de vida, cuidados, trabajo, salud mental y sentido. Vivir más es una conquista. Vivir mejor, en cambio, sigue siendo un desafío pendiente.
Socióloga. Presidenta de la consultora Voices! Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas y de la Academia Nacional de Educación
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