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Vivimos una era de brutalidad en la escena global, un realismo caricaturesco en el que la fuerza bruta, la amenaza grosera y la mentira descarada se han erigido en herramientas de la política exterior.
Desde las extradiciones forzadas presentadas como actos de justicia hasta las reclamaciones territoriales excéntricas basadas en una seguridad nacional expansiva, pasando por la guerra comercial que emplea las sanciones como arma de coerción, el cuadro es desolador.
En este contexto, donde la ley del más fuerte parece imponerse y la debilidad de unos se explota ante la inacción de otros, urge reivindicar un valor aparentemente anacrónico, pero más necesario que nunca: el elogio de las formas.
Reconocer que la estructura y la apariencia no son meros envoltorios, sino la esencia de cómo percibimos y entendemos el mundo. La forma es la “piel” del concepto. Elogiarla es celebrar el punto donde una idea abstracta se vuelve tangible y comunicable.
Las formas –el protocolo, el lenguaje mesurado, la diplomacia ceremonial, los procedimientos acordados– no son mera cortesía o evasión de los problemas. Constituyen la arquitectura de la civilización internacional. Son el dique que contenía, al menos parcialmente, los impulsos más predatorios de los estados.
Cuando se insulta públicamente a un jefe de gobierno, se erosiona el suelo común de respeto mínimo sobre el que cualquier negociación futura debe construirse. La degradación del lenguaje en foros como el Consejo de Seguridad de la ONU, donde las acusaciones de “histeria” o las invitaciones al suicidio sustituyen al argumento, convierte estos espacios en teatros de escarnio mutuo.
La mentira institucionalizada, como hemos visto en múltiples crisis recientes, no es un atajo hacia el éxito, sino un ácido que corroe la credibilidad y convierte toda declaración en un instrumento de sospecha, haciendo imposible la coordinación ante crisis globales reales.
El desprecio por las formas se materializa en acciones de fuerza que destrozan normas consuetudinarias. De igual modo, la instrumentalización de la “seguridad nacional” como comodín para justificar cualquier acción –desde la imposición de aranceles unilaterales (como los de la era Trump bajo la Sección 232) hasta la aplicación de leyes draconianas que anulan autonomías y libertades, como la Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong– vacía de contenido los marcos legales y los convierte en armas de dominación.
Las formas, encarnadas en el sistema de resolución de disputas de la OMC (hoy debilitado), encauzan el conflicto hacia el diálogo y los acuerdos basados en reglas. Sin ellas, solo queda la guerra económica total.
La amenaza más sutil y profunda, sin embargo, es la que se esconde bajo la promesa de un tecno-logos: la sustitución de la deliberación humana por sistemas deductivos electrónicos que se presentan como árbitros infalibles de la verdad. Esta “soberanía digital” es la antítesis misma de la forma política.
El desprecio por las formas se refleja y amplifica en el ámbito social interno de las naciones con efectos tóxicos. Las redes sociales, que prometían agregación y conocimiento compartido, han fomentado un individualismo agresivo y una crueldad verbal que trivializa el debate y lleva, en casos extremos, a tragedias personales.
La reacción de países como Australia, prohibiendo el uso de las redes sociales a menores, es un reconocimiento al poder corruptor de un espacio sin formas, sin protocolos de respeto básico.
El elogio de las formas es un elogio de lo humano frente a la barbarie y a la deshumanización tecnocrática. Es la defensa de un espacio intermedio entre la fuerza bruta y la anarquía.
Las formas son el ritual que recuerda a los actores estatales que, más allá de sus intereses inmediatos, forman parte de una comunidad internacional que requiere mantenimiento. Son la gramática sin la cual el discurso internacional se convierte en un griterío estéril donde solo ganan, temporalmente, los más despiadados o los que controlan el algoritmo.
La pérdida de las formas es la pérdida de los marcos compartidos que hacen predecible y manejable (aunque conflictiva) la convivencia internacional. Es la vuelta a un estado de naturaleza hobbesiano, donde la inseguridad es total y la única ley es la efectividad inmediata del poder militar, económico o digital. Reivindicar las formas, en este contexto, es un acto de resiliencia política fundamental.
En un mundo tentado por la brutalidad y el atajo autoritario, recuperar el valor de las formas —los protocolos, el derecho internacional, la diplomacia paciente, los tratados de verificación— no es un gesto de debilidad, sino de fortaleza civilizatoria.
Es insistir en que incluso en el desacuerdo más profundo, hay un modo de proceder que preserva la posibilidad del futuro acuerdo. Las formas, en última instancia, son el último baluarte de la razón y la dignidad en un panorama internacional que, como muestran los hechos cotidianos, amenaza con perder ambas.
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