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No vaya a creer que es cosa fácil o baladí -el último de quien supe se atrevía a un anacronismo de esa envergadura es el Borges del ‘44 o del ‘50- pasear a una princesa de punta en blanco por las variadas y accidentadas veredas del barrio más antiguo de Buenos Aires, Monserrat, dueño de una escasa flora pero una diversísima fauna que va desde bailarines de tango o candombe hasta hippies, más chamuyantes, más turistas curiosos y ansiosos y, en general, agradecidos por la hospitalidad porteña.
Lo de punta en blanco tómese como metáfora: la princesa, de 5 años, va vestida con la capa de tul con dorados chinos o con las sandalias rigurosamente rosas.
Es cierto que nuestras salidas, por lo general, no están a la altura de su majestad tan real: almacén chino, veterinaria, supermercado, carnicería, panadería, todo a nivel barrial.
Pero lo que podría suponer un menoscabo a su noble raigambre se transforma en una ventaja comparativa: la gran mayoría de los vecinos la conoce. Y la mayoría, la conozca o no, la saluda. Las mujeres, todas, de la edad que gasten, clase social a la que pertenezcan al menos le dedican una sonrisa o una palabra amable cuando no la llaman por su título: princesa. Los varones, en cambio, deben haber alcanzado la madurez para expresar su simpatía. Los jóvenes de menos de 30 le dedican la misma atención que a un poste.
A pesar de mostrarse a veces tímida, la princesa sufre de auténticos ataques de amor a primera vista ante mujeres jóvenes y acicaladas, en especial camareras y policías, y ante perros. Me animaría a decir que animales en general, pero con los perros, de todo tipo y condición.
La belleza no influye en su entusiasmo: pueden ser grandes, chicos, elegantes o rantifusos. Esa circunstancia reiterada obliga a este humilde servidor a adelantarse a la carrera real para interrogar a quien pasea al animal sobre si a éste le gustan los chicos.
La buena onda principesca se agota en los niños, bebés incluídos. ¿Celos? ¿Competencia? Esa línea roja delimita la empatía real.
Lo que sí, se trata de una woke hecha y derecha. Para ella las personas humanas y no humanas, de la condición económica y social que fueren, son iguales en su tratamiento y merecen el mismo respeto. Afortunadamente ignora distinción alguna. Este humilde servidor, orgulloso descendiente de aquellos que proclamaron las libertades en la Asamblea de 1813, comparte su visión pero està atento a los vigila los saludos y gestos y no permite familiaridades con desconocidos.
A la princesa lo que le intriga es la pobreza extrema, la gente en situación de calle, como reza el eufemismo. Y entonces su alteza pregunta: ¿por qué?, que viene a querer decir ¿cómo se puede permitir que una persona caiga de semejante manera, que se vea reducida a mendigar comida o a buscar en el fondo de un contenedor?
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