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La escuela menguante

hace 4 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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La escuela menguante

La sociedad empieza a quedarse sin infancia. El fenómeno entra por las puertas de las escuelas bajo la forma de un “silencio demográfico”. Los relevamientos anticipan una caída sostenida de la matrícula primaria argentina en los próximos años. Más allá del dato estadístico, nos preguntamos qué tipo de sociedad produce menos infancia.

Según el INDEC, los nacimientos en la Argentina cayeron más de 35% en menos de una década, alcanzando el nivel más bajo desde que existen registros continuos. La tasa de fecundidad se ubica por debajo del reemplazo poblacional. No es futurismo: en varias provincias, especialmente en grandes centros urbanos, ya se fusionan grados o se reconvierten edificios por falta de alumnos. La realidad, chequeada y visible, se filtra en la vida cotidiana de las escuelas antes de instalarse en el debate cultural.

Durante décadas la escuela fue pensada para la expansión: más aulas, más docentes, más matrícula, más futuro. Todo estaba construido sobre el supuesto tácito de que siempre habría más chicos. Hoy ese presupuesto se desvanece por una decisión civilizatoria lenta y acumulativa: tener hijos dejó de ser mandato y pasó a ser opción.

En sociedades atravesadas por la incertidumbre, el cálculo y cierto cansancio existencial, la procreación se posterga, se reduce o se descarta. A no confundirlo con una renuncia individual: es un clima histórico. Cornelius Castoriadis advertía sobre la dificultad creciente de imaginar un futuro en común.

Las encuestas muestran que el deseo de tener hijos se reduce y se desplaza a edades cada vez más tardías. La biología no negocia con la cultura: menos tiempo fértil implica menos nacimientos reales. La escuela recibe el resultado cuando ya no hay margen para revertirlo.

La modernidad cumplió promesas de autonomía y realización personal. Pero dejó un saldo inesperado: fragilidad para sostener proyectos largos y compartidos que nos exceden biográficamente, como criar y educar generaciones futuras. Educar es siempre un acto de responsabilidad con un mundo que no nos pertenece del todo. Sin embargo, el que construimos parece cada vez menos hospitalario para la idea de traer hijos. Y la escuela absorbe consecuencias de decisiones tomadas lejos de sus pizarrones.

Las políticas educativas suelen responder con reformas técnicas a lo que es, en el fondo, una mutación de la cultura. Capacitación docente, innovación curricular o tecnología resultan insuficientes si se debilita el tejido que sostiene la transmisión intergeneracional.

Podría pensarse que menos alumnos es una buena noticia: más atención personalizada, mejores vínculos, más recursos por estudiante. Pero la educación es también una experiencia colectiva. Aprender implica rozarse con otros, esperar turnos, escuchar voces que no elegimos y ensanchar el propio punto de vista. Una escuela demasiado pequeña corre el riesgo de empobrecerse en alteridad, de volverse un espacio cómodo pero ensimismado.

En países como Italia, España o Japón, la caída demográfica fue abordada sobre todo como desafío de reorganización institucional. Informes de la OCDE señalan cierres, fusiones y reestructuraciones. Sin embargo, reducir la cuestión a planificación es ignorar su espesor cultural.

Umberto Eco advertía que las sociedades colapsan cuando pierden densidad simbólica. Una escuela sin niños además de un problema administrativo es un síntoma. Menos infancia significa menos relatos por venir, menos errores nuevos, menos preguntas incómodas - de esas que los niños formulan, ingenuas en apariencia, pero implacables para ir al centro de las cosas -. Cada generación trae una experiencia inédita del mundo; su reducción empobrece la conversación histórica.

Las aulas vacías dicen que algo se interrumpió en la cadena de transmisión simbólica. Que el futuro se convirtió en un riesgo individual. Persistimos, sin embargo, en el mito del crecimiento permanente. La caída de la natalidad fisura ese relato y deja a la escuela sin el horizonte que guió su planificación. ¿Para qué educamos cuando el crecimiento deja de ser el motor?

El riesgo inmediato es gestionar la caída de matrícula con lógica contable y perder imaginación pedagógica. En una sociedad que envejece, cada niño adquiere mayor peso simbólico. Allí donde hay menos infancia, cada fracaso educativo pesa más. No hay margen para el descarte ni para la improvisación.

Existe además una trampa persistente: confundir menos alumnos con mejor educación. La evidencia muestra que reducir grupos no alcanza si no se revisa el sentido mismo de la institución, su vínculo con el conocimiento, el trabajo, la comunidad y el porvenir. Reducirse sin reinventarse la vuelve más frágil y prescindible, no más eficaz.

La caída de la natalidad revela una grieta en la imaginación colectiva: una sociedad fascinada por el presente que posterga el acto elemental de confiar en el mañana. La infancia se retira cuando presiente que el porvenir se ha vuelto inhóspito. En ese vacío, la escuela queda expuesta.

Una escuela sin niños interroga a la sociedad que somos cuando la continuidad se interrumpe, cuando el futuro pierde consistencia. También pregunta si aún creemos en un mundo que merezca ser heredado. Porque donde faltan los niños se vacían las aulas, es innegable. Pero también se debilita la idea misma de un destino compartido.

Daniel Sinopoli

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