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Hace rato que los jubilados la vienen pasando mal, tirando a peor. En el caso de que alguna vez lo hubiesen pasado bien. Quienes vienen de una saga de padres y abuelos jubilados conocen de memoria los rezongos y lamentos, que han alcanzado un preocupante clímax con la generación de actuales pasivos.
Sus haberes han sido y siguen siendo devorados en el cuarto de siglo que ya transcurre de esta centuria. No se salva ninguno de los gobiernos. Todos metieron la mano en los bolsillos de quienes entraban en el descarte de la jubilación. Que tenía y tiene cero de júbilo y mayoría de pesares, aunque la retórica de reformas y planes especiales de las sucesivas administraciones anunciaran el cielo jubilatorio.
Con las primeras luces del siglo XXI llegó el mazazo del 13% de descuento que aplicó Fernando De la Rúa, en el gobierno de la Alianza. Aunque lo pareció, no era ése el fondo del pozo: todo lo que siguió fue aún peor. Ni qué hablar del ingreso al sistema de casi 3 millones de nuevos beneficiarios sin un solo aporte por obra y gracia de Cristina Kirchner. Los requisitos establecidos por ley para usufructuar sus derechos fueron pisoteados y canjeados por votos seguros.
Su marido había hecho lo suyo, al congelar toda jubilación que no fuese la mínima, lo que determinó el achatamiento de la pirámide previsional y la redistribución de las jubilaciones. Los votos estaban en la base de la pirámide: los jubilados de la mínima. Eso fue el embrión del desastre, que generaría una montaña de juicios contra la ANSeS. Los querellantes podrían llamarse “los hijos de Badaro”, aquel jubilado que ganó el litigio y marcó el rumbo a demandas judiciales que hoy no cesan, al contrario: siguen creciendo, sólo que se pagan en cuentagotas.
Lo que siguió fue casi perverso. Macri, Alberto Fernández y el propio Milei ahora, uno detrás de otro, anunciaron que sus reformas eran las más equitativas. Todos se equivocaron. Los jubilados están cada vez peor.
Tanto que dan ganas de lanzar un grito que sacuda la inercia previsional de la clase política: “No me peguen, soy jubilado”, como si se tratase de un remedo de aquella frase de Roberto Giordano, el “peluquero de las estrellas”, ya fallecido, quien, dada su condición de hincha de Boca, a la salida de un superclásico fuera salvajemente agredido por una turba de barras de River.
Sobredimensionó su capacidad persuasiva. “No me peguen, soy Giordano” fue su carta credencial. Terminó con triple fractura de fémur y 14 tornillos para recomponer el destrozo de sus huesos. Ese grito de clemencia alegórico, o cualquier otro que se ensaye para expresar el disgusto social por el sistema jubilatorio adoptado, tiene el mismo efecto que el de un perro ladrándole a la luna. Allá arriba, tan lejos, nadie lo escucha, pero saben de qué se trata. El ajuste mensual de los haberes comunes, mayoría del sistema, se hace en base a la inflación mensual, cobrada con un mes de retraso. El año pasado el costo de vivir fue del 31,5%. Sólo las tarifas de los servicios públicos treparon en estos dos años más del 500%.
Los regímenes especiales y las jubilaciones políticas de alta jerarquía (llamadas “de privilegio”) no sufren esto. Pertenecen a otro estándar, no integran el lote mayoritario de los jubilados más veteranos y cumplidores, que han aportado toda su vida laboral al sistema. En contraste, los 11 beneficiarios de las jubilaciones de privilegio, reciben cada mes el equivalente a 375 haberes mínimos.
Los cobran cuatro expresidentes, tres exvicepresidentes, tres viudas y una hija de un expresidente de la Nación, que ejerció el cargo 19 meses … ¡en 1962 y 1963! Entre ellos, una dama con tobillera y condena a cuestas por corrupción con fondos públicos, que supo recuperar parte de esos billetes por otra ventanilla.
Cada conocimiento público de estas cuestiones resulta una trompada en el estómago. La última fue de la Sala 3 de la Cámara Federal de la Seguridad Social, que decidió la suspensión provisoria de una resolución de la ANSeS de noviembre de 2024 (administración de Milei), que había quitado a Cristina Kirchner el cobro de la pensión por fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner. El último cobro por ese beneficio, hace 15 meses, había sido de $ 12.498.443,49 en el bolsillo. El litigio se resolvió en poco más de un año. Los juicios promedio de jubilados a la ANSeS suelen llegar a una década, a veces más.
El argumento de los camaristas Sebastián Russo y Juan Fantini, quienes decidieron la restitución del beneficio, fue que “corresponde otorgar prevalencia al carácter alimentario del derecho cuya tutela se persigue y a la situación de desprotección en la que queda colocada la actora cono consecuencia de la decisión adoptada por el organismo”.
Cristina Kirchner volverá a cobrar una millonada por mes para comer, bien lejos de los comunes mortales, integrantes de una familia tipo, que en enero pasado según el INDEC necesitaron un ingreso mensual de $ 1.360.000 en todo concepto y por todo presupuesto para no caer a la categoría de “pobres”. Encima, ya pagan Ganancias más de 200 mil jubilados comunes.
Y la frutilla de la torta. La ANSeS deberá financiar el Fondo de Asistencia Laboral (FAL: curioso, las siglas de un conocido fusil) para afrontar indemnizaciones de los activos. ¿De verdad los jubilados deberán aportar para los despidos del ajuste de la economía? ¿En serió les sacarán otra tajada a los genuinos aportantes de 30 años y más? ¿Saben los legisladores que jalaron el gatillo para hacer ley este nuevo piñazo?
Extraño simbolismo del país que une a un peluquero de antaño, una ex presidenta hoy condenada por corrupción y los sobresaltos continuos de los pasivos, cuyo rezo pagano ya nadie escucha: “No me peguen, soy jubilado”.
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