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La decisión de FATE que enfureció al Gobierno y la crisis mundial de la industria

hace 15 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Horacio Riggi

Si bien desde hace un tiempo la Unión Industrial Argentina (UIA) informa que se pierden cerca de 1.500 puestos de trabajo manufactureros por mes, el cierre de FATE, la emblemática fábrica de neumáticos de Argentina, provocó algo diferente. Tal vez por la magnitud (920 empleos que se pierden de un día para otro) o, tal vez, por la decisión empresaria de bajar la persiana justo un día antes de otro paro general contra el Gobierno.

El presidente, Javier Milei, no tuvo dudas de que el cierre de FATE fue un mensaje para él. En el entorno de Milei aseguran que el dueño de FATE, Javier Madanes Quintanilla, pedía protección para la empresa o “tiraban la gente a la calle”. También dicen que “se pedían beneficios que tampoco fueron concedidos” para Aluar, la otra gran empresa de Madanes Quintanilla y que es la principal productora de aluminio del país.

En FATE aseguran que la decisión fue tomada mucho antes de saber que el pasado 19 de febrero se iba a realizar un paro nacional. “Una decisión de este tipo se toma mucho antes”, dijo una fuente cercana a la empresa. “Madanes Quintanilla vendió un predio para pagar las indemnizaciones”, agregó.

Desde el Gobierno replican con mayor fuerza: “El predio que vendieron era de FATE y se lo vendieron a Aluar, la otra empresa del grupo”.

FATE, además de contar con un sindicato radicalizado, había perdido competitividad. El mejor ejemplo es que una cubierta de buena calidad producida en China se vende en una gomería o un supermercado de la Argentina a un precio menor a lo que le costaba a FATE producir un neumático de calidad intermedia.

De todas formas, el cierre de FATE lleva a un debate más grande que no solo se da en la Argentina. El mundo hoy se cuestiona el rol de la industria y sus niveles de competencia.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, comenzó una guerra arancelaria contra el resto del mundo. Su preocupación es la desindustrialización que sufre desde hace años Estados Unidos a manos de China y del sudeste asiático.

Los analistas creen que los aranceles de Trump van a encarecer más los productos en Estados Unidos, pero es difícil que la producción vuelva a ser lo que era en ese país. China y el sudeste asiático ya compiten por precios, calidad y niveles de producción.

Pero una y otra vez, Trump reaparece con la promesa de “traer de vuelta los empleos fabriles”. Con discursos duros, pero que apelan más a la nostalgia, asegura que el futuro del país pasa por recuperar sus plantas industriales, revitalizar ciudades empobrecidas y devolver dignidad laboral a millones de trabajadores.

Sin embargo, todo parece cuesta arriba. Un artículo publicado por The Economist desmitifica con datos y proyecciones esa visión romántica, revelando que lo que se ha ido no volverá de la misma manera —y quizás ni siquiera deba hacerlo.

Durante el siglo XX, el empleo manufacturero fue sinónimo de movilidad ascendente, especialmente para quienes no contaban con estudios universitarios. Las fábricas ofrecían buenos sueldos, estabilidad, cobertura sindical y oportunidades en ciudades como Pittsburgh —la “Ciudad del Acero”— o Akron —la “Capital del Caucho”. En los años 70, uno de cada cuatro trabajadores estadounidenses estaba empleado en la industria manufacturera.

Hoy, esa cifra se ha reducido a menos del 10%, y apenas un 4% de los trabajadores realiza tareas directamente en la línea de producción. Más de la mitad de los empleos catalogados como “industriales” corresponden en realidad a funciones de soporte o profesionales como recursos humanos, marketing, diseño o ingeniería. Incluso países con sólidos superávits industriales como Alemania, Japón y Corea del Sur han visto reducida su proporción de trabajadores fabriles. China, el motor del mundo industrial, eliminó cerca de 20 millones de empleos manufactureros entre 2013 y 2020.

Este fenómeno se puede ver como una decadencia industrial o como un progreso: la producción fabril estadounidense actual, en términos reales, es más del doble que en los años 80. Las fábricas de EE.UU. producen más que las de Japón, Alemania y Corea del Sur juntas. Si se tomaran como un país, constituirían la octava economía más grande del mundo. Pero lo hacen con menos gente. Según The Economist, el empleo fabril cayó por efecto de la automatización, la digitalización y los cambios estructurales en el consumo, que ahora privilegia servicios por sobre bienes.

Si esto pasa en los países centrales, la Argentina industrial que necesita protección está en riesgo. Y el dilema es qué pasará con los trabajadores de la industria y cómo se reconvertirán en un país más vinculado a los servicios que a la manufactura. De hecho, Milei antes de asumir la Presidencia, dijo que “no iba a existir protección para nadie y que la única billetera abierta era la de Capital Humano”.

No se trata de estar de acuerdo, se trata de entender que el Gobierno está convencido de que los sectores competitivos crecerán y los demás lucharán por subsistir.

Horacio Riggi

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