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El tercer año del gobierno de Javier Milei parece representar también un cambio de tiempo político. Han quedado atrás luego de la victoria de octubre las acechanzas sobre la gobernabilidad. Nadie cuestiona el valor del equilibrio fiscal y la desinflación, aunque los índices mensuales de precios continúan siendo altos. Comenzó a quedar en el radar de la opinión pública, en cambio, la viabilidad del corazón del proyecto libertario: la reconversión económica, el giro de un sistema cerrado a otro competitivo y abierto de par en par.
El cierre de la fábrica de neumáticos FATE, que afecta a 920 trabajadores, colocó en superficie y produjo impacto sobre una realidad de caída del empleo que se registra desde hace rato. No suena igual, aunque en la raíz lo sea, el epílogo de una empresa grande comparada con el goteo de otra mediana o pequeña. También es cierto que el episodio añadió una fuerte tensión política, expresada en la huelga de la Confederación General del Trabajo (CGT), a un contexto en el cual conviven la esperanza de futuro de un importante sector social con la desazón por lo que sucede de otro.
La radiografía del mercado laboral de la Argentina resulta elocuente. Entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 se registró un descenso de 290.000 puestos dentro del Sistema de Riesgos del Trabajo (SRT). Específicamente en el sector privado asalariado la pérdida acumulada supera los 180 mil empleos desde el inicio de la gestión libertaria. En el mismo lapso se contabiliza el cierre de 21.000 empresas empleadoras privadas. Dos de los sectores más afectados son sido la construcción (91.000 puestos) y la industria (44.000 puestos).
El Gobierno vino capeando políticamente bien esa destrucción con la narrativa de que sería un tránsito inevitable hasta el amanecer y la consolidación de un modelo nuevo. Pero el cierre de FATE se convirtió en un revulsivo que abre dudas sobre las verdaderas capacidades libertarias para administrar un proceso complejo que recién estaría comenzando.
Al oficialismo lo suele atrapar con demasiada facilidad la desmesura en situaciones apremiantes. Milei hizo correr rumores sobre una presunta desestabilización que habría intentado el titular de Techint, Paolo Rocca, después de la debacle electoral de septiembre en Buenos Aires. Fue cuando la siderúrgica perdió una licitación para la construcción de un gasoducto de Vaca Muerta. La semana pasada el apuntado fue Javier Madanes Quintanilla, titular de FATE y de ALUAR, empresa clave y única en el país proveedora de aluminio. Denunciaron que el cierre anunciado estuvo en connivencia con el paro de la CGT y la voluntad de arruinar la aprobación en Diputados de la reforma laboral.
Hasta se activaron los trollscenter. El Gordo Dan (Daniel Parisini), amigo íntimo de Milei y hombre de las Fuerzas del Cielo de Santiago Caputo, vinculó a aquel empresario con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Fue denostado además por ser “multimillonario”. Una involuntaria coincidencia, seguramente, con el Sindicato Unico de Trabajadores del Neumático Argentino (SUTNA), conducido por el trotskista Alejandro Crespo, del Partido Obrero, que desplegó idéntica argumentación.
El caso de FATE, al margen de estar inscripto en un marco laboral de crisis, tiene desde hace años su propia historia. Vino surfeando serios problemas desde el 2001 y perdió con el paso del tiempo competitividad tecnológica. Redujo personal y turnos productivos. En ese proceso nunca contó con la colaboración de los delegados gremiales que apostaron por ideología a cara o cruz. El resultado está a la vista. Esos dirigentes jamás habrán escuchado la prédica que en su adultez avanzada acostumbró a realizar el ex presidente de Uruguay y ex miembro de la guerrilla de Tupamaros, José Mujica, sobre el valor de las empresas. “Son motores de riqueza. No hay que ayudar a destruirlas. Son donde el pueblo trabaja”, aconsejaba.
El relato bravucón del Gobierno colisiona ahora con esta realidad. Cuando tuvo su fricción con Techint, el Presidente declaró que una empresa que no puede ser competitiva debe ir a la quiebra. Federico Sturzenegger, el ministro de Desregulación, terció días pasados con un tuit en medio de la polémica con la industria textil, afectada por las importaciones. Sostuvo que no se puede esperar a nivelar la cancha. Que la competencia es ahora mismo. Y aquel que no pueda debe desaparecer. Frente a semejante monserga ¿Por qué razón el Gobierno reaccionó como lo hizo cuando FATE anunció el cierre? Se trata solo de las reglas de juego que estimula.
El dictado de la conciliación obligatoria sonó a simple amortiguador político antes que a cualquier intención de rastrear una solución de fondo. FATE ha decidido cerrar e indemnizar a todos sus trabajadores. Simple y doloroso. No se advierte ninguna instancia intermedia. Sería solo para atravesar el mal trago: en el pensamiento libertario cuaja que aquella empresa deje de existir.
La misma lógica, según tal visión, encajaría para muchas de las que integran la Unión Industrial Argentina (UIA). La organización sintió de tal modo el remezón que se vio forzado a emitir una declaración alertando sobre el cierre de FATE. Sus principales dirigentes estuvieron hace poco más de una semana con Luis Caputo para plantearle algunas necesidades crediticias e impositivas. El ministro de Economía no recogió ninguna. Les sugirió esperar la sanción de la reforma laboral. Y se quejó por la falta de apoyo público a la reglamentación.
“Toto” acostumbra a ser de los que más fustigan a las empresas que –ironiza-- se han acostumbrado a “cazar en el zoológico”. Sin asumir riesgos. Ocurre que el Gobierno, en esta época de la reconversión del modelo, puede estar en una competencia contra reloj. Habrá que observar con qué velocidad logra enmendar el empleo que se viene destruyendo. Para evitar que cierto malhumor social se profundice y no se diluyan las expectativas que lo sostienen.
La caída del trabajo registrado en dos años resultó compensada en parte por el florecimiento de los monotributistas: unos 112.000. Estimaciones oficiales indican que por cada 10 trabajos registrados perdidos se generaron 7 bajo modalidades independientes o informales. Atenuante que sirve para mantener en niveles de estándares tradicionales el índice de desempleo. Parece claro que Milei tendría su gran desafío dentro del propio zoológico.
Habría dos señales para ser consideradas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) mechó sus elogios al rumbo libertario con una advertencia sobre la necesidad de cuidar el impacto de la apertura económica. La consultora Empiria, del ex ministro macrista Hernán Lacunza, marca que el 0,5% de crecimiento de diciembre del 2025 representa un empuje pequeño para 2026. También apunta que la actividad industrial del igual período resultó 15% más baja que a principios del 2023.
Un proceso similar desarrollado durante los 90 bajo la presidencia de Carlos Menem desembocó en el 18,4% de desocupación al final de su primer mandato. Aun así, consiguió la reelección con la mitad de los sufragios. En esa coyuntura también de apertura de las importaciones no existía el fenómeno de China de hoy.
Todo ese horizonte lo observa ahora el Gobierno con cierta lejanía. Disfruta de una vigorización política como no tuvo nunca desde que llegó al poder. Quedó reflejado en tres aspectos. El modo en que terminó sancionando en Diputados la ley de reforma laboral. La desorientación opositora cuya expresión más patética la expresa el kirchnerismo. Exhibe una imposibilidad genética para pensar sobre el futuro. La comprobación de que las pulseadas callejeras de los sindicatos o las organizaciones sociales surten ahora, cada vez, menos efecto.
Los libertarios han aprendido a disimular sus errores (el artículo 44 sobre licencias médicas que terminaron por erradicar de la ley) inyectando a su tarea fuerte dosis de pragmatismo. Las alusiones a “la casta” han quedado circunscriptas para el relato. Y a veces. Nadie vacila, mucho menos Diego Santilli, el ministro del Interior, para sentarse a negociar lo que sea con aquella.
La sesión en Diputados resultó una demostración fehaciente. El oficialismo logró el quórum por el aporte de los tucumanos peronistas del gobernador Osvaldo Jaldo. Fernando D’Andreis, la mano derecha de Mauricio Macri, recién se sentó en su banca cuando el objetivo había sido consumado. El ajedrez de los apoyos provinciales a la propuesta libertaria fue admirable. Catamarca, de Raúl Jalil, se prestó para el quórum aunque votó en contra. Martín Llaryora, de Córdoba, colaboró con la ausencia de tres diputados. Salta, de Gustavo Sáenz, parceló sus sufragios con alguna exhibición fantástica. Pablo Outes tuvo durísimas críticas contra la reforma laboral y la marcha del Gobierno. Pero brindó su voto positivo.
El procedimiento libertario sobre una ley de tanta trascendencia remontó a épocas pasadas cuando el kirchnerismo hacía y deshacía. El trámite resultó vertiginoso en el Senado. Se repitió en Diputados donde fue limitado el tiempo y la cantidad de expositores. Los libertarios, en ese terreno, estuvieron casi ausentes. Necesitaban de cualquier manera la sanción para permitir el dictamen del Senado y habilitar una semana después su sanción definitiva.
La estrategia acelerada apunta a que Milei pueda mostrar ese trofeo que supone histórico cuando inaugure el primer día de marzo las sesiones ordinarias del Congreso. El líder libertario asoma como el gran ganador de esta movida que lo encontró celebrando en Washington junto a Donald Trump. El Presidente se siente protagonista del cambio del orden mundial.
Puede ser. No convendría que tal deslumbramiento lo haga caer en el mismo error del politólogo Francis Fukuyama. Luego de la caída del Muro de Berlín, en 1989, pontificó el fin de la historia.
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