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Desafíos de la IA: por qué debemos ser mejores

hace 8 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Desafíos de la IA: por qué debemos ser mejores

El 10 de enero de 2026, en Nueva Delhi, durante el India AI Summit 2026, ante cámaras y delegaciones oficiales, Sam Altman (OpenAI) y Dario Amodei (Anthropic), dos de los arquitectos de la inteligencia artificial más avanzada del planeta, evitaron darse la mano. Lideran máquinas que aprenden como adultos, procesan como supercomputadoras y proyectan el futuro… pero, frente al mundo, se comportaron como niños.

La escena es tan simbólica como inquietante. Prometen transformar la economía global, redefinir la guerra y alterar el sentido mismo del trabajo humano, pero no pueden resolver un gesto básico de civilidad. Desarrollamos inteligencias capaces de procesar millones de datos por segundo mientras exhibimos incapacidades muy humanas para gestionar rivalidades, ego y poder.

Cada gran salto tecnológico reflejó lo que éramos en ese momento. La ametralladora no inventó la violencia política: la aceleró. Nos permitió matar más rápido, más lejos y con mayor eficiencia, sin obligarnos a preguntarnos demasiado por qué la guerra seguía siendo un instrumento aceptable de la política. El ferrocarril, el automóvil y la aviación surgieron del deseo de movilidad eficiente más que sustentable. El entretenimiento digital global prioriza la instantaneidad y masividad más profundidad o calidad.

Las tecnologías amplifican lo que somos. No nos corrigen; nos potencian. La IA se está desarrollando con las mismas limitaciones humanas que moldearon innovaciones anteriores: competencia, ambición, poder, rentabilidad, prestigio. No nace en un vacío moral. Nace de nosotros.

Pero a diferencia de la ametralladora o del motor, la IA aprende, optimiza, adapta y hasta decide. No cuestiona nuestros fines; los ejecuta con una eficiencia que puede escapar a nuestra comprensión. La carrera actual por desarrollar modelos más potentes no está impulsada por una deliberación filosófica global, sino por la lógica de la competencia. Empresas y Estados saben que quien logre ventaja primero podrá definir estándares, mercados y reglas. La escena de Altman y Amodei refleja que incluso en la frontera del conocimiento, seguimos siendo profundamente humanos: envidia, desconfianza, competencia, poder.

El problema no es que la IA sea intrínsecamente peligrosa. El problema es que está siendo alimentada por una materia prima imperfecta: nosotros. ¿Qué ocurre cuando entidades capaces de optimizar objetivos lo hacen a partir de metas diseñadas por seres humanos con contradicciones, sesgos y conflictos no resueltos? El desafío no es frenar el progreso ni caer en alarmismos apocalípticos. Tampoco es delegar la responsabilidad en ingenieros o reguladores. Tal vez el verdadero desafío no sea tecnológico, sino moral. El problema no empieza en el código, sino en el carácter.

Si la IA amplifica lo que somos, entonces la calidad ética, política y cultural de nuestras sociedades se convierte en variable estratégica. La humanidad sobrevivió a sus propias creaciones más destructivas. Pero hoy no estamos diseñando solo herramientas más potentes; estamos construyendo sistemas capaces de aprender y optimizar sin descanso.

Cuando la IA pueda superar nuestras capacidades de control y mejora, el problema no será que las máquinas se rebelen. Será que habrán heredado, magnificadas, nuestras imperfecciones. Crear entidades potencialmente cercanas a la singularidad con una materia prima tan limitada como la humana no es solo un experimento científico. Es una apuesta civilizatoria.w

Mariano Turzi

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