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Al mediodía, salíamos del departamento de la avenida Colón y después de cruzar la plaza enfilábamos hacia la Bristol. Atravesábamos la rambla, bajábamos las escaleras y formábamos una fila sobre los listones de madera para buscar un lugar libre en la arena. Cuando alguna de nosotras lo divisaba levantaba la mano, como si hubiera descubierto América. Una se adelantaba para extender la lona, señal de que el lugar nos pertenecía. Después procedíamos a clavar la sombrilla. El pozo nunca era lo suficientemente profundo –una de nosotras, la densa, movía la cabeza para un lado y para el otro- e insistía que caváramos un poco más. Se la va a llevar el viento, decía.
Según escribió Juan José Sebreli en Mar del Plata y el ocio represivo, la primera oleada de turistas llegó en tren desde Buenos Aires en 1886. La locomotora tenía dos banderas argentinas en el frente y el tren estaba compuesto por un coche de primera y otro de segunda, un furgón de encomiendas y otro de cola. Paul Groussac, por su parte, dejó la primera descripción literaria de la ciudad balnearia: “Desde luego sorprende la extensión y actividad de esta población, relativamente reciente. En un cerrar de ojos, están ocupados los diez o quince carruajes que volverán repletos de la estación hacia la playa por la ancha avenida central. A ambos lados se levantan espaciosos edificios: casas particulares de piedra y ladrillo, hoteles, fábricas, talleres. Muy pocos árboles todavía, pero una pequeña quinta, rodeada de álamos y eucaliptus, con duraznos y otros frutales prósperos, demuestran bastante que a la naturaleza no se le debe imputar lo proveniente de la desidia criolla”.
Pero eso pasó en otro siglo. Ahora Mar del Plata era La Feliz y los edificios tapaban la playa. Conseguimos un departamento barato porque la propiedad estaba en sucesión y los herederos no se ponían de acuerdo para arreglarla-. La densa, que siempre le encontraba la quinta pata al gato, se quejó porque no tenía vista al mar. Por las mañanas, una de nosotras bajaba a la fiambrería para comprar jamón y queso y armábamos sándwiches, que iban envueltos en la heladerita. Así íbamos tirando, entre zambullidas en el mar y partidas de burako hasta que llegaba la hora de los churros. Ese era el momento en que evaluábamos el bronceado, esa especie de tatuado ritual que oficializaba que nos habíamos ido de vacaciones y certificaba nuestra condición de “veraneantes” para envidia de las que se morían de calor en la ciudad.
Cuando el sol se ocultaba juntábamos las lonas y volvíamos al departamento. Ahí limpiábamos la sombrilla, hacíamos turno para el baño y emperifolladas salíamos hacia el puerto a devorar cornalitos en Chichilo. Y si se nos terminaba el dinero no importaba porque, como decían Juan y Juan qué lindo que es estar en Mar del Plata, en alpargatas, en alpargatas/ felices y bailando en una pata/ en Mar del Plata soy feliz.
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