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El único ataque combinado directo entre Israel y EE.UU. contra Irán se produjo en junio del año pasado. Fue arrasador y sucedió en medio de unas negociaciones supuestamente positivas que sostenían enviados de la Casa Blanca y el régimen teocrático. Ahora se multiplican las señales de que puede suceder exactamente lo mismo, pero en una escala de destrucción superior, también con el trasfondo de un diálogo fluido.
Es una mala noticia para el régimen de los ayatollah sin duda, pero también lo es para China, un jugador cuya relevancia sería un factor, no el único pero nada menor, que explicaría la peligrosa dinámica que exhibe este escenario. Beijing es el cliente de energía más importante de Teherán. Entre 80% y el 90% de todas las exportaciones de petróleo iraní terminan en refinerías chinas, según las plataformas de inteligencia de mercado, Kpler y Vortexa.
Equivale a entre 13 y 15% de las importaciones totales de crudo por vía marítima de China. El otro proveedor, aparte de Rusia, era Venezuela, redondeaba un 3%. Si EE.UU. acaba controlando Irán, como lo hizo con la dictadura chavista, atragantará una vía energética crucial de la República Popular. Y si sucede en las próximas horas, como anuncian los peores pronósticos, ocurrirá en el umbral de la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en la capital china.
El portal Axios, bien informado sobre los movimientos estratégicos de EE.UU., advierte de un alistamiento ya total e inminente para la ofensiva militar. Lo mismo sostiene The New York Times citando fuentes gubernamentales. Hay ya una estructura formidable dispuesta en la región. Trump desplazó a la zona dos portaviones, entre ellos el mayor del mundo, que operó en el Caribe contra Venezuela, con decenas de aviones de combate, F35, F22 y F16 y destructores misilísticos de respaldo.
Ese despliegue no se hace solo para amenazar. El tamaño de la fuerza obedece a cumplir con el objetivo ofensivo, pero también para anular la potencia de reacción iraní que cuenta con un reconocido desarrollo de proyectiles y drones. Son condiciones de guerra.
“Esta operación militar en Irán será una campaña masiva extensa en el tiempo, más parecida a una guerra en toda regla que la operación puntual del mes pasado en Venezuela”, dice Axios, recordando el ataque que detuvo a Nicolás Maduro pero mantuvo intacta a la dictadura chavista. Como este escenario es muy diferente añade que “la guerra tendría un impacto drástico en toda la región y graves implicaciones para los tres años restantes de la presidencia de Trump”.
En el episodio anterior contra Irán del año pasado, el negociador todo terreno de Donald Trump, el empresario inmobiliario Steven Witkoff, se encaminaba a una ronda supuestamente definitiva el domingo 15 de junio en Mascate, Omán. Negociaba con el canciller Abbas Araghchi, un moderado que intentaba un pacto para contener la presión belicosa de los halcones que habían sufrido una humillante derrota en las elecciones de 2024. Pero Israel súbitamente inició un ataque total en la madrugada del 13 de junio, derribando ese encuentro.
El golpe sorprendió a los iraníes, confiados los altos mandos de que la reunión de alto nivel sobrevolaba cualquier emprendimiento militar. Muchos de ellos murieron en sus departamentos, y también científicos nucleares del régimen. Fue entonces cuando EE.UU. bombardeó los laboratorios atómicos subterráneos de la teocracia. En aquel momento se buscaba en la mesa de conversaciones que Irán cesara el enriquecimiento de Uranio, aceptara inspecciones más rigurosas y se deshiciera del material que ya había enriquecido al 60% muy cerca del 90% necesario para elaborar un artefacto explosivo.
Esta vez, en medio de las dudas sobre el efecto real de los bombardeos norteamericanos, el diálogo de estos días en Abu Dhabi primero y en Ginebra luego, apuntó a recrear el histórico acuerdo nuclear que impulsó en 2015 Barack Obama que congelaba el desarrollo iraní y entregaba el uranio a Rusia.
Recordemos que Trump, en un extraordinario fallido diplomático, lo desactivó en su primera presidencia, por presión de Arabia Saudita e Israel con el argumento de que Irán debía también deshacerse de sus sistemas misilísticos, rubro que no fue incluido en los acuerdos de Viena de 2015. Con los mismos negociadores, Witkoff y Araghchi, la cuestión de los misiles se ha convertido ahora en el principal desencuentro entre las partes que se suma a la demanda de que Irán se abandone sus brazos armados en la región, Hamas en Gaza, Hezbollah en Líbano, y los Huties en Yemen.
El gobierno iraní del presidente Masoud Pezeshkian ha dado señales de que está dispuesto a un acuerdo nuclear de profundidad, pero no a esos dos últimos puntos resistidos por los halcones. El régimen no es unitario y tanto el presidente como Araghchi, ---por cierto, el negociador en 2015 con Obama---, es solo una parte, la más abierta de ese aparato. Hace pocas horas la Guardia Revolucionaria, el ejército paralelo al regular, y que es a la vez uno de los vértices del poder empresario iraní, cerró parte del estrecho de Ormuz para “maniobras militares” con fuego real, además de ejercicios militares con Rusia en el Océano Índico y en el mar de Omán. Una respuesta a las demandas norteamericanas y un límite a los negociadores.
Ese estrecho es un talón de Aquiles de la economía global, considerado la arteria energética más importante del mundo. Por ahí pasa el 20% del consumo mundial de petróleo y condensados, y el 20% del comercio mundial de GNL (gas licuado). Trump se ha aferrado inicialmente a las negociaciones porque la guerra podría disparar los precios del petróleo con un efecto ruinoso doméstico en un año electoral en el que marcha con dudosas posibilidades en las elecciones legislativas de noviembre.
Pero hay cambios en la región. Tanto Israel, como las potencias árabes aliadas con EE.UU. y asociadas con las empresas de Trump, sostienen que conviene avanzar sobre Irán. Hasta hace poco el premier israelí Benjamín Netanyahu planteaba que “las revoluciones son mejores desde adentro”, en la idea de evitar un ataque y fomentar un alzamiento popular que derrumbe la dictadura como pareció que ocurriría en enero pasado. Las potencias árabes, entretanto, abandonaron su renuencia inicial y el último día de enero, el príncipe Khaldi bin Saldam, el ministro de Defensa saudita, avisó a Washington que si un ataque no sucede se fortalecería el régimen.
La debilidad manifiesta de Irán explica ese giro. Teherán confronta una economía en crisis e inflacionaria, la devaluación abismal de la moneda local (solo en diciembre pasado el rial perdió 20% de su valor, y casi 50% en el último año) y un repudio mayoritario de la población a la máquina represiva de los ayatollahs que mató al menos a 6 mil personas en las protestas de enero. Se suma la fragilidad del líder supremo, Ali Khamenei, de 86 años, viviendo oculto y aparentemente enfermo. También por todo esto Trump envió su segundo portaviones, persuadido de que tiene las cartas ganadoras.
Tanto Israel como los sauditas demandan no solo la cuestión nuclear que es relativa debido a que el país persa está lejos de contar con un sistema de ataque atómico, pero les importa especialmente desactivar su capacidad misilística y las milicias proiraníes.
Hay un dato adicional para observar. El régimen continua respaldando a Hamas que esta tomando control de Gaza nuevamente. Es un desafío al acuerdo de paz que detuvo esa guerra y que alimenta el extremismo israelí arriesgando intereses objetivos de la corporación Trump asociada a los capitalistas árabes de Arabia Saudita, Qatar y Emiratos.
La paz es clave para avanzar en un negocio multimillonario. No es casual que esta negociación la lleve adelante no el canciller Marco Rubio, sino Witkoff y el yerno de Trump, Jared Kushner, también un empresario inmobiliario. Si todo tiene que ver con todo, aquí hay un ejemplo. Y muy peligroso.
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