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Aunque las obras de Boleslaw Senderewicz aparecieron en distintos libros y muestras en las últimas décadas, lo cierto es que una retrospectiva se remontaba a más de tres décadas atrás en la Fotogalería del Teatro San Martín, cuando contó con la curaduría de Sara Facio.
Y justamente allí, donde ahora el sector lleva el nombre de la gran artista y fotógrafa argentina, reapareció hace algunos meses una exposición de Senderowicz con el título de “Soñarse moderno” que también puede apreciarse ahora con la curaduría de Mercedes Claus y Diego Guerra.
Los retratos y las imágenes exhibidas allí llevan el sello de una técnica que se definió como innovadora en la fotografía de moda y publicidad a partir de los años 50. Sorprendió con aquella técnica y con la puesta en escena de la moda en escenarios no convencionales: paisajes urbanos y sitios industriales.
Senderowicz nació en Lodz (Polonia) en 1922, pero puede considerarse un artista argentino en todo sentido. Llegó al país con apenas tres años, con una familia que era parte de la inmensa inmigración de su época.
Con su interés por todas las artes y los viajes, encontró en la fotografía –en los retratos de personalidades del espectáculo y en las nuevas tendencias publicitarias- su camino de expresión.
Había estudiado en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano y trabajó en el Teatro del Pueblo, cuna de tantos actores (y directores) que su impulsor Leónidas Barletta convirtió en un bastión de resistencia política y cultural. Allí, Senderowicz fotografiaba funciones y ensayos y también estableció su primer laboratorio. Durante su adolescencia, Senderowicz decoraba vidrieras y diseñaba carteles publicitarios en su barrio. Se compró su primera cámara, una Kodak, a los 15 años y fue autodidacta.
Antes de volcarse totalmente a la fotografía profesional pasó por distintos oficios: bancario en el Holandés Unido, empleado en la Siam Di Tella y propietario de un negocio de venta de radios y tocadiscos en Almagro. Pero en 1945 fundó el Foto Club Buenos Aires, del cual sería uno de sus referentes.
Sus producciones se popularizaron desde la décadas del 50 en nuestras principales editoriales de revistas: Senderowicz había creado su propio concepto de fotografía de moda. Se destacaban allí sus colaboraciones con la revista Claudia y la Maison del modisto Jacques Dorian –el que trajo al país el diseño pret-a-porter- por ejemplo. Senderowiz desarrolló campañas publicitarias para varias de las principales agencias como Gowland y Yuste abarcando marcas como Hellmann’s, L’Oreal, Coca Cola, Ford o La Serenísima.
También en la misma época fue parte del grupo “La Carpeta de los Diez” que incluía a referentes del arte de la fotografía con Annemarie Heinrich, Anatole Sandeman y Juan Di Sandro. El grupo, que realizó una memorable puesta en el Opera en 1959, impulsaba “la experimentación modernista en el interior de un ambiente conservador”.
“Hacia finales de la década de 1960, el estudio Senderowicz se convirtió en pionero de la fotografía publicitaria argentina y realizó famosas campañas para diversas marcas. En su estudio, instaló el primer laboratorio de color de la ciudad. Al mismo tiempo, su interés por explorar las posibilidades estéticas de la fotografía se materializó en sus actividades en el Foto Club Buenos Aires, y su participación en La Carpeta de los Diez, con quienes expuso colectivamente en el Teatro Ópera en 1959”, se recuerda hoy en la exhibición.
Retrató a quienes serían “futuras estrellas” como Susana Giménez, Isabel Sarli o Claudia Lapacó, y figuras ya consagradas de su tiempo, como Amelia Bence, Rodolfo Ranni o Juan Carlos Castagnino.
Paula Senderowicz, artista visual y nieta del fotógrafo, realizó un rescate de su archivo y editó el libro “Boleslaw” con ensayos de Diego Guerra. “Encontré más de 100 mil negativos ordenados, numerados”, contó. Allí surgió su ambicioso proyecto de catalogación, digitalización, investigación histórica y puesta en valor de la obra.
Paula escribió en La Nación que “tenía una mirada especial hacia las modelos. Solía decir: ´Son pequeñas actrices que viven con admirable sinceridad breves instantes de muchas vidas diferentes’. Yo las veía posar sus vestidos de alta costura con gracia y profesionalismo. Boleslaw solía pasar un largo rato a solas observando, en penumbras, el espacio de la sala de tomas, que contaba con recursos innovadores: entre las lámparas estaban las luces de tungsteno con retardo, los flashes electrónicos con generador, los paraguas de tela refractaria. Antes de pasar a la acción, delineaba la estrategia, los procedimientos para construir la imagen. Después convocaba al equipo para preparar el escenario; juntos ubicaban la persona o el objeto a fotografiar; él desplazaba la cámara de galería para encontrar la perspectiva y el encuadre precisos, así componía sobre el vidrio despulido. Ya se tratara de productos comunes –como un tubo de dentífrico– o de las producciones de moda más sofisticadas, Boleslaw dirigía la puesta de luces con minuciosidad; subyacía la preocupación por cumplir con la necesidad del cliente y los plazos acordados para la entrega”.
Boleslaw Senderowicz, a quienes sus colegas y amigos apodaban “Sender”, murió en 1994.
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