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El 6 de febrero de 2024, desde Israel, Milei ordenó retirar el proyecto de Ley Omnibus que en esos días se debatía en la Cámara de Diputados. "Para sacar una ley mala, prefiero que no salga", dijo, contundente. Y amplió en la red X: "La casta se puso en contra del cambio que los argentinos votaron en las urnas". Recordó que su proyecto había sido elegido por el 56% de los argentinos, y arremetió: "No estamos dispuestos a negociarlo con quienes destruyeron al país".
Eran los tiempos de la casta, de Milei intransigente y de las ratas que poblaban el Congreso. No había espacio para negociar y el escenario era el de nosotros contra ellos, en el que ellos incluía a legisladores del PRO, radicales y peronistas no kirchneristas, es decir a todos aquellos que no fueran oficialistas obedientes.
En esos primeros meses de gestión se entendía -a partir de los dichos del presidente- que negociar significaba retroceder, renunciar a las convicciones, perder. Y el cambio debía ser absoluto. O no ser.
Pasaron exactamente dos años para advertir -con cierto alivio-, que aquella intransigencia da señales de haber quedado razonablemente atrás.
El escenario es diferente, es cierto, y lo ocurrido desde la madrugada del último jueves es un ejemplo de que el Gobierno juega solo, y sobre todo, de que cuando tropieza, se hace sus propias zancadillas.
La aprobación de la reforma laboral en el Senado en la madrugada del jueves se festejó con un "Histórico" escrito en X por Milei. La cantidad de votos, 42 a favor y 30 en contra, marcaba una mayoría impensable hace 24 meses. Pero, además, se había logrado lo más difícil, un consenso mayoritario entre los argentinos de que un cambio era necesario.
Lo había anticipado una encuesta publicada por Clarín en diciembre de 2025. El 43% apoyaba totalmente la reforma laboral -cuyos detalles eran aún desconocidos-. Al desgranar el resultado se advertía que el 51% de los varones, y el 51% de los menores de 30 años, se manifestaba a favor de la ley.
Lo que debió ser un tránsito fluido hacia Diputados se complicó otra vez por un "error", según confesó Patricia Bullrich. El episodio puso al Gobierno -por motivos distintos, se reitera- en la encrucijada de dar marcha atrás, de escuchar las advertencias de los aliados, de lucir una flexibilidad imprescindible.
La velocidad de la decisión de quitar el artículo 44 y dejar sin modificaciones las licencias por enfermedad evidencia un funcionamiento mental casi opuesto al de dos años atrás, y dejó expuesto a Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación, que había dicho orgulloso: "Si te lastimaste jugando al fútbol, tomaste una acción activa y el empleador no tiene nada que ver que te discapacitaste por un tiempo, es el 50% del sueldo". (La enunciación radial, en una entrevista en Mitre, agravó la inconsistencia del artículo, planteando como un motivo de orgullo la posibilidad de que un trabajador cobrara la mitad de sueldo).
El inoportunismo del ministro, convertido en combustible para los opositores a la nueva ley, aceleró las críticas sobre el artículo 44 que se habían insinuado durante el debate en el Senado, y ofreció un argumento cierto a la CGT para convocar a un paro general. La corrección desde el Gobierno llegó rápido en un intento de evitar el naufragio de la ley en Diputados.
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