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Las nubes, se sabe, pueden clasificarse según su forma. En tal caso, el observador atento podrá discriminar entre aquellas que tienen forma de elefante, castillo, o cabeza de vaca, cuernos incluidos. No se han reportado avistajes de nubes con forma de ciervo, pero sí de distintos tipos de aves y personas, reales o ficticias.
La clasificación de las nubes no se puede separar mucho del descubrimiento de esa forma, y no es inusual que dos observadores, apostados codo a codo, discutan acaloradamente sobre el perfil identitario de una ellas (“¡Es un león!” “¡No, es una locomotora!”) mientras la casquivana, frente casi a sus narices, va alargándose y desgajándose mientras pierde a ojos vista toda posibilidad de nombre.
Es que la observación de las nubes tiene ese no sé qué de provisional, y cualquier observador avisado sabe de antemano que toda clasificación resulta efímera, cuando no subjetiva. Y esta condición resume a su vez la filosofía del observador y clasificador de nubes.
Se ha discutido mucho sobre los escenarios apropiados para la observación de nubes. Está la escuela montañista, que sostiene como dogma que la observación y clasificación debe realizarse en sitios elevados, incluso picos nevados, y que el resto son pamplinas. Dicen que observar las nubes desde arriba, bien arropados y a tiro de piedra de avalanchas, le otorga a la actividad la adrenalina necesaria para disparar en el ojo la habilidad de encontrar formas y parecidos. Puede ser.
Los bucólicos, por el contrario, hablan de la necesidad de deambular por prados y valles, hasta encontrar el claro en el que echarse y ver navegar las nubes por el cielo. Parece que así el ojo es incisivo en el mirar, y la creatividad se apresura a definir las formas que cambian con los vientos de la pradera.
Y está, claro, la escuela gótica, que desdeña observar las nubes que desbarata el sol, y salen solo de noche y envueltos en capas para descubrir y descifrar nubes oscuras. La mayoría de las veces fracasan, y no pocas veces se resfrían, pero a favor de ellos hay que decir que de vez en cuando también se enamoran de sus compañeros de correrías.
Pero a mí lo que me gusta es la pasión del mar y de la arena. En estos tiempos de verano, no hay actividad mejor que subir a un médano, buscar un lugar protegido del sol y de los vientos, y comenzar a señalar el cielo. Buscar el conejo, la piara de jabalíes, el infaltable loro, hasta encontrar, cómo no, el perfil de aquel que nos acompaña, y hacérselo saber entre susurros y risas sofocadas.
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