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Imágenes sensibles y violencia naturalizada

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Pablo Vaca

Sábado a la noche. 14 de febrero, San Valentín. Alberto Ávalos hace delivery a bordo de su Honda GLH 150, acompañado por su hijastra. Necesita la changa, porque su sueldo como auxiliar primero del Servicio Penitenciario Federal ($1.066.435,57 en bruto) no alcanza. El semáforo lo frena en Gaspar Campos y Ruta 197, en José C. Paz. Y cuatro asaltantes en dos motos lo rodean.

Al principio Ávalos accede a entregar sus pocas cosas, pero al final grita que es agente y desenfunda su arma. Se escuchan al menos tres disparos. Ávalos queda herido de muerte y se transforma en el quinto miembro de una fuerza de seguridad muerto por un robo en lo que va de 2026. Sus asesinos escapan.

Una semana antes. Batán, a media hora de Mar del Plata. Amanece el domingo 8 y la salida del boliche Momentos, sobre la Colectora Centenario, paralela a la Ruta 88, mano a Necochea, es escenario de varias discusiones y una pelea a las piñas entre varias chicas. Lucas Larroque, de 30 años, intenta separarlas. Una trompada desde atrás lo noquea. Se golpea la nuca contra el piso. Nunca recobrará la conciencia.

El mismo que le había pegado, un chico de 18 años, toma varios metros de carrera y lo patea en la cabeza con la pierna izquierda. Larroque muere al rato. El asesino queda detenido.

Unos días más atrás, a las 7.30 de la mañana del viernes 30 de enero. Acceso Sudeste, bajada Bernal, partido de Quilmes. Dos ladrones se meten en la autopista y le apuntan a un hombre que pasa en moto, que se aviva de la maniobra y escapa. Detrás, aparece un Ford K negro conducido por una oficial de la Policía de la Ciudad. Atropella a uno de los delincuentes.

Lo hace volar por el aire, dando vueltas como en una película. Hasta pierde una zapatilla por el golpe. Queda tendido en el suelo, al costado del asfalto, en estado crítico.

Las cámaras de seguridad municipales toman la escena, repetida luego decenas de veces por los canales de noticias, portales periodísticos y redes sociales.

Otra, de otro palo. En la marcha del miércoles pasado contra la Reforma Laboral. Detrás de una improvisada barricada, una persona con casco, antiparras y un filtro para respirar arma bombas Molotov. Toma cuatro botellas de vino tinto, con un embudo las rellena de algo que parece nafta o kerosén y les inserta un papel a modo de mecha. Sus compañeros, mientras, tiran piedras a la policía.

Finalmente, de a una las prenden y las tiran. La última explota sobre el asfalto y produce una llamarada. Las otras no. La policía corre al grupito con un chorro de agua a presión. Días después, todos terminan detenidos.

La secuencia se ve casi en cadena: la captan con todo detalle las cámaras de los canales de noticias, que la repiten una y otra vez a lo largo de la tarde.

Son ejemplos, apenas. Hoy todo -prácticamente todo- queda grabado en un video. Cine de súper acción, pero real.

Y nosotros miramos. Vemos muchas veces golpes, tiros, asaltos, muertes. Tantas que nos empiezan a pasar de largo. Ese dolor que conmovía empieza a normalizarse. Se naturaliza la violencia, crece una capa aislante. “Imágenes sensibles” que insensibilizan.

Tal vez sea la nueva posteridad. Que por algo, aunque sea tu propia muerte, quedes grabado para siempre.

Pablo Vaca

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