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Argentina y el antimarxismo (de Groucho)

hace 5 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Argentina y el antimarxismo (de Groucho)

En los 1990’s cuando era diplomático en la Embajada Argentina en Washington y tenía que explicar la posición de Argentina respecto de diferentes acuerdos internacionales de comercio y otros, usualmente arrancaba diciendo que nuestra postura era anti-marxista, lo cual inmediatamente generaba la atención de la audiencia.

Pero enseguida aclaraba que no me refería a Karl, sino a Groucho, quien había dicho que nunca sería miembro de un club que tuviera gente como él entre sus miembros; Argentina, por el contrario, quería estar en todos los “clubes internacionales” posibles para hacer oír nuestra voz.

Las recientes negociaciones de Argentina con EEUU y del Mercosur con la Unión Europea me hicieron acordar de esto, pero sobre todo de las conversaciones con Guido Di Tella (como Embajador en EEUU y luego como Ministro de Relaciones Exteriores), sobre la posible negociación de un tratado de libre comercio (TLC) con EEUU y su compatibilidad o no con el Mercosur.

Acá voy a comentar brevemente sobre dos temas: a) los aspectos legales y operacionales de tener esos dos acuerdos simultáneamente; y b) los aspectos económicos de la relación entre política comercial y la del tipo de cambio.

En lo legal/operacional, la conclusión en aquel momento fue que si Argentina negociaba un TLC con EEUU eso podía implicar debilitar o aún desarmar el Mercosur por las obligaciones de abordar negociaciones comerciales conjuntamente (Art 7 del Tratado de Asunción).

Pero también había otras consideraciones, como que, si se avanzaba con el TLC, se iban a necesitar “reglas de origen” estrictas y luego reforzar los controles fronterizos para asegurar que se cumplan. Recordemos que en un TLC cada país miembro puede mantener sus propios aranceles externos para productos de terceros países, pero el Mercosur (y la Unión Europea) son “uniones aduaneras,” donde todos los países miembros tienen aranceles externos iguales frente a terceros países.

Desde entonces hubo otros desarrollos, como la Decisión 32/00 del Consejo del Mercado Común (de junio de 2000), y las discusiones sobre el pedido de Uruguay de hacer un acuerdo comercial separado con China. Uruguay argumentó que dicha decisión no era obligatoria porque no había sido ratificada por los congresos. Y el gobierno argentino parece estar tomando una posición similar.

Pero el problema operacional continúa: ¿qué pasa si China exporta a Uruguay, o EEUU a la Argentina, con aranceles por debajo del arancel común externo, y esos bienes luego son reexportados al resto de los países de Mercosur?

¿Y si Brasil que tiene restricciones comerciales en EEUU, vende productos a Argentina dentro del Mercosur que luego podrían entrar a EEUU como de Argentina? Ahí es donde aparecen las “reglas de origen” (que en el acuerdo con EEUU están previstas en el Artículo 6.3), lo cual genera importantes costos administrativos y burocráticos en el comercio internacional.

Por supuesto, además de los aspectos legales y operacionales, están las implicaciones geopolíticas generales, incluyendo su posible impacto en relación con el Acuerdo de Mercosur con la Unión Europea. No hay espacio acá para discutir todos estos temas. Lo único que deseo, como simpatizante de la visión anti-marxista (de Groucho), que haya gente pensando en detalle sobre estos temas.

Paso al segundo tema que mencioné: la política comercial y la política de tipo de cambio, que la teoría y la práctica económica dicen que tienen que ser consideradas conjuntamente. El Gobierno está proponiendo libre comercio de bienes y servicios, mientras que mantiene comercio controlado de dólares. Mi director de tesis del doctorado de economía en Johns Hopkins, Bela Balassa, fue un fuerte crítico del proteccionismo (su trabajo “The Structure of Protection in Developing Countries” de 1971 fue uno de los estudios pioneros sobre el tema).

Luego en dos trabajos (“The Process of Industrial Development and Alternative Development Strategies” de 1980 y “Development Strategies in Semi-Industrial Economies,“ 1982) proponía pasar de la “industrialización con sustitución de importaciones” a la “orientación al exterior.” Para eso se necesitaba bajar los niveles de protección, pero a la vez tener un tipo de cambio competitivo para facilitar la transición de los sectores afectados por el nuevo régimen comercial.

Comparaba las crisis del enfoque de Argentina, Chile y Uruguay de los 1970s (apertura comercial con tipo de cambio apreciado) con el éxito de Corea del Sur y Taiwan (que combinaron exitosamente la liberalización comercial con tipos de cambio competitivos). Parecería que el gobierno no se da cuenta de la contradicción conceptual entre proponer la libertad de comercio mientras que controla el tipo de cambio.

Más importante es no entender la teoría del comercio en sus aspectos más modernos que incluyen desde temas como las economías de escala (que requieren competitividad en los amplios mercados mundiales) hasta la presencia de factores de la producción (semi) fijos (que no pueden ser reconvertidos de una producción hacia otra sin grandes costos de transición).

Esto es especialmente relevante para los trabajadores, quienes son seres humanos y no simplemente “factores de la producción,” que pueden ser “reconvertidos” fácilmente (o en absoluto) de una actividad a otra. Baste ver los costos humanos en salud en los EEUU en las comunidades afectadas por el shock de las exportaciones de China.

En resumen, uno quiere ver a la Argentina participando activamente en el mundo. Y sería importante que se analizaran de manera integral los aspectos legales, operacionales, económicos y geopolíticos, considerando el impacto sistémico sobre los habitantes de nuestro país.

Eugenio Díaz Bonilla

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