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Repúblicas sin reyes, democracias sin multimillonarios

hace 5 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Repúblicas sin reyes, democracias sin multimillonarios

La apertura de los “archivos de Epstein” resulta importante, sí, por los reconocidos nombres que nombra, y los horrorosos hechos que cuenta, pero, sobre todo, por la situación estructural que revela. Esto es el capitalismo. Capitalismo no en los márgenes oscuros y tenebrosos de un país capturado por bandas de narcos, sino capitalismo vigoroso, situado en el corazón mismo del sistema. ¿Y qué es lo que ocurre allí?

Ocurre que los más ricos de entre los ricos concentran más y más la riqueza, a través de actos delictivos que la ley ampara, a plena luz del día, como si el derecho, para ellos, no existiera. Y mientras tanto, se divierten con toda clase de perversiones -no de las que están protegidas por la Constitución, como acciones privadas; sino de las que expresan crímenes, condenados por el derecho en todo el planeta.

El siempre lúcido Senador por Vermont, Bernie Sanders lo dijo de manera clara: “lo que debería alarmarnos de los archivos de Epstein no son tanto los detalles, horribles y criminales, sino el sentido creciente de que los miembros de una pequeña elite actúan por encima de la ley.”

Esta sensación horrífica, de estar atrapados en un callejón sin escape, encontró su punto culminante en las acciones del ICE, el brazo armado de la política (anti)inmigratoria de Trump. Resulta difícil de imaginar cómo es que se puede hacer algo peor, o llegar aún más lejos, en materia de violación de derechos: el ICE representa una directa afrenta a las libertades civiles más elementales; al sagrado derecho del debido proceso; a la certeza compartida de que ciertos límites no deben atravesarse nunca (¡Inglaterra aprobó la Carta Magna en 1215, buscando hacer pública dicha certeza!).

Otra vez, el capitalismo desatado, actuando sin máscaras, y ahora, con la cara cubierta. Mientras, la mitad del Congreso permanece en silencio; y el Poder Judicial cooptado, inactivo o muerto de miedo. Simplemente increíble, para quienes militamos la fe y la confianza en el derecho. Este escenario de espanto -de violación de derechos con total descaro- se completó días atrás, cuando supimos que Jeff Bezos, el multimillonario que se enriqueció con Amazon, dueño del otrora prestigioso diario The Washington Post, despedía a un tercio del personal del periódico, en una acción que, más que una reestructura, parecía una purga: el capitalismo mostrando, una vez más, su rabiosa intolerancia hacia las disidencias.

No es mi intención aquí, de todos modos, hacer una diatriba anticapitalista, a través de la acumulación de tétricos ejemplos -ejemplos que, en todo caso, innegablemente dan cuenta de aquello en lo que ha devenido el sistema, en nuestro tiempo.

Lo que me interesa es tomar aquellas ilustraciones de base para marcar, por ahora, sólo un punto básico, que retomo del mejor filósofo político liberal (o socialista liberal) de este último siglo, que es John Rawls. Rawls, que justificó cada uno de los apartados de su Teoría de la Justicia con un cuidado extremo (lo que convirtió a su teoría en una tan atacada como difícil de refutar), se ocupó de insistir en la fortaleza del vínculo existente entre desigualdades económicas y desigualdades políticas.

En particular, en un libro menos conocido, Justicia como Equidad, él defendió una “democracia de propietarios” cuya propuesta central consistía en la “dispersión de la propiedad de la riqueza y el capital, de modo de tal impedir que una pequeña porción de la sociedad se quedara con el control de la economía y así, indirectamente, con el de la vida política”.

De este modo, Rawls (también un crítico de los sistemas socialistas y burocráticos tradicionales) objetaba al tipo de capitalismo que prevalece en nuestro tiempo -el que exhibe sus extremos patológicos en los ejemplos que viéramos.

En sus términos: en la actualidad, las instituciones básicas están definidas por “un nivel tan alto de desigualdades económicas y sociales, que aquellos con mayores riquezas quedan normalmente a cargo de la vida pública, y se ocupan de promover leyes y políticas sociales destinadas a favorecer sus propios intereses”.

Rawls aclara, enseguida, que su “democracia de propietarios,” con la “dispersión de riquezas” que exige, no está en condiciones de ser satisfecha por el capitalismo a la norteamericana, que favorece la “concentración” del poder, pero tampoco por la socialdemocracia europea. Y es que (a diferencia de lo que ocurre con la socialdemocracia) la “democracia de propietarios” no se propone “asistir” a los más pobres, ni “redistribuir” parte de la riqueza “al final de cada período”: lo que procura es impedir la acumulación de esa riqueza.

En cambio, la socialdemocracia “permite que una pequeña clase de personas tenga el cuasi-monopolio de los medios de producción”.

Durante décadas, nos han querido vender la idea de que la creación de riqueza necesita de capitalistas que puedan enriquecerse ilimitadamente. Sino -agregan, amenazantes- ellos no tienen incentivos, y no invierten. No era verdad.

La creación de riqueza (ie., en las socialdemocracias europeas) no tiene como condición la posibilidad de obtener ganancias sin techo. Mucho peor: las ganancias económicas extremas son generadoras de desigualdades políticas y, a partir de allí, de leyes sesgadas y derechos violados. Así como las viejas repúblicas nacieron terminando con el Rey, las democracias deben renacer terminado, de una vez, con los multimillonarios.

Roberto Gargarella

Roberto Gargarella es profesor de Derecho Constitucional (UBA-UTDT). Investigador del CONICET/Univ. Pompeu Fabra (España)

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