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La ciudad que era un jardín

hace 14 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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La ciudad que era un jardín

La casa de nuestros antiguos vecinos se vendió hace unos meses, después de atravesar, ya vacía, el tiempo de la pandemia y la crisis económica que paralizó las ventas. La compró finalmente un matrimonio joven, con hijos chiquitos; la casa aún está ahí, pero ya no podemos verla. Era un chalecito de los llamados “californianos”, típico de los años ’50 del siglo XX, que formó parte del plan de viviendas sociales promovido desde el Banco Hipotecario. No hay foto de época de Castelar que no los incluya, como parte fundamental de nuestro paisaje suburbano.

Ahora la casa se esconde tras un muro compacto y alto, color de arena, con dos puertas de chapa: una para la entrada de coches, otra para la de personas. Sobre el muro, hacia el frente y hacia los costados, se tienden los hilos de un cerco eléctrico perimetral. No se trata por cierto de un caso aislado.

En realidad, cada vez que se adquiere una propiedad para reformarla, o se construye una edificación nueva sobre las ruinas de una anterior, estas son casi siempre las primeras medidas que los compradores toman, junto con la instalación de una alarma y, si da el exigido presupuesto, de cámaras de seguridad también. No podríamos decir que se trate de paranoicos, o de adictos a los noticieros sensacionalistas y a las series policiales. El recurso a esos onerosos procedimientos que seguramente preferirían no adoptar, está convalidado por experiencias reales.

Casi todos los vecinos tenemos una para contar. Durante el mes de abril de 2025, mi propia casa sufrió dos intentos nocturnos de asalto (el segundo por un grupo comando de cuatro personas, según registraron las cámaras), ambos fueron frustrados por la oportuna activación de la alarma. En la misma manzana, los vecinos de la vuelta, que no contaban con una, fueron amenazados, torturados y tomados como rehenes por los exitosos asaltantes que desvalijaron su casa; en otro chalet, a cuadra y media, los dueños, ausentes en ese momento, se salvaron de la crueldad domiciliaria; no así sus bienes. Era una de las pocas casas del vecindario aún sin alarma ni cerco. Hoy la rodea un enrejado que rematan púas. Quizá no alcance, pero no todos pueden pagar el abono mensual que un buen sistema de alarmas requiere.

Todavía hago mi caminata diaria (preventivamente sin cartera y sin celular) por las calles de mi ciudad, que antes, en mi infancia, era un jardín. O una serie de jardines diversos, uno al lado del otro, coloridos y perfumados desde la primavera hasta el otoño, siempre visibles tras los cercos bajos (verjas o tapiales) apenas decorativos, sin pretensiones protectoras.

Hoy empieza a imponerse un paisaje de fortalezas. Enormes casas rectangulares, de diseño minimalista, a menudo pintadas de gris oscuro, se ocultan detrás de muros que solo dejan ver los techos. Algunas se parecen a cárceles de alta seguridad. O a castillos sin el encanto de las torretas medievales, a los que solo les falta el foso con los cocodrilos.

María Rosa Lojo

Escritora e investigadora argentina, autora, entre otros libros, de Los ‘gallegos’ en el imaginario argentino y Todos éramos hijos.

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