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China atraviesa una etapa de transformación económica profunda. Si bien sus tasas de crecimiento ya no son las de las dos décadas anteriores, el país ha consolidado un modelo basado en innovación tecnológica, sofisticación industrial, transición energética y seguridad estratégica de suministros. En ese contexto, la minería ocupa un lugar central dentro de su planificación de largo plazo.
Para dimensionar el fenómeno, basta un dato: China consume aproximadamente el 40% del cobre refinado del mundo, pese a contar con apenas alrededor del 4% de las reservas globales. Esa brecha estructural entre consumo y disponibilidad de recursos propios explica la lógica de su política internacional en materia de minerales. No se trata simplemente de expansión comercial, sino de asegurar abastecimiento estable, diversificado y previsible para sostener su entramado industrial.
China no solo es un gran consumidor: es el actor dominante en el procesamiento global de minerales críticos. Concentra alrededor del 70% del refinado mundial de minerales estratégicos, controla entre 60% y 70% del procesamiento de litio y cobalto, cerca del 40 % del cobre refinado, y prácticamente el 100% del procesamiento de grafito natural, insumo esencial para baterías. En la fabricación de componentes clave para baterías, su participación supera el 85% de la capacidad global, y en algunos segmentos, como los ánodos, alcanza el 95%.
Este liderazgo industrial convierte a los minerales críticos en una cuestión geoeconómica central. La transición energética —con la expansión de vehículos eléctricos, energías renovables y redes eléctricas inteligentes— está multiplicando la demanda de cobre, litio, níquel, cobalto y tierras raras. Proyecciones internacionales indican que la demanda de estos minerales podría duplicarse o incluso triplicarse hacia 2040.
En este escenario, Argentina ocupa un lugar estratégico. El país forma parte del denominado “triángulo del litio” y posee algunos de los salares más competitivos del mundo. A ello se suma un enorme potencial cuprífero aún en desarrollo, especialmente en provincias con fuerte tradición minera como San Juan.
Desde la mirada del empresariado chino, Argentina representa una combinación atractiva de recursos de alta calidad geológica y posibilidad de expansión productiva. Sin embargo, la decisión de inversión en minería es necesariamente de largo plazo —20 o 30 años— y exige previsibilidad macroeconómica, estabilidad jurídica, claridad tributaria, infraestructura adecuada y construcción sostenida de licencia social.
El mercado global de minerales críticos es altamente competitivo y concentrado: en 2024, los tres principales países productores concentraron cerca del 86% de la producción mundial de minerales como cobre, litio, níquel y tierras raras. En ese contexto, Argentina tiene una ventana histórica de oportunidad, pero también el desafío de consolidar condiciones estructurales que permitan captar inversiones sostenibles.
La relación bilateral entre Argentina y China en materia minera no debe pensarse únicamente en términos financieros. China aporta no solo capital, sino también tecnología de procesamiento, integración vertical industrial, experiencia en automatización y liderazgo en energías renovables. Es el mayor fabricante mundial de equipamiento solar, eólico y de sistemas de almacenamiento energético, lo cual abre oportunidades concretas para avanzar hacia una minería más eficiente y con menor huella de carbono.
Existe también interés en analizar procesos de mayor valor agregado, como la industrialización del litio. Sin embargo, ese salto requiere escala productiva, competitividad energética y estabilidad normativa. La integración en cadenas globales no se logra solo con recursos naturales, sino con planificación estratégica y políticas consistentes.
Aquí es donde la discusión deja de ser técnica y se vuelve política en el mejor sentido del término. Argentina debe decidir qué rol quiere ocupar en el nuevo mapa energético global. Puede limitarse a ser proveedor de recursos primarios o puede transformarse en un actor integrado en cadenas de valor, con transferencia tecnológica, desarrollo industrial y empleo calificado.
Haber vivido y trabajado en China durante más de una década me permitió observar de primera mano cómo el país planifica sus decisiones estratégicas con horizontes de largo plazo. Las inversiones no responden a coyunturas, sino a políticas industriales sostenidas, donde la seguridad de recursos críticos es una prioridad estructural.
Si Argentina logra ofrecer estabilidad, reglas claras y una visión país sostenida en el tiempo, puede convertirse en socio estratégico no solo financiero sino también industrial.
La minería, en este contexto, no es un debate sectorial: es una política de Estado vinculada al posicionamiento internacional de la Argentina. Los minerales críticos son hoy lo que el petróleo fue en el siglo XX: un factor de poder económico y geopolítico.
La oportunidad está abierta. El mundo demanda cobre para electrificar, litio para almacenar energía y tecnología para descarbonizar. Argentina tiene los recursos. China tiene la escala industrial y la capacidad tecnológica.
El desafío es construir una alianza inteligente, equilibrada y sostenible que permita transformar recursos naturales en desarrollo.
El futuro energético global se está redefiniendo ahora. Argentina no puede mirar desde afuera.
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