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El arte de asociarse con un hegemón depredador no declinante

hace 5 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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El arte de asociarse con un hegemón depredador no declinante

El acuerdo con Estados Unidos sería un error si, como sostienen algunos, hubiéramos concedido demasiado a una hegemonía declinante. El paralelismo más sugerente es el tratado Roca-Runciman de mayo de 1933: ante el proteccionismo británico, Argentina aseguró una cuota de 390.000 toneladas de carne a cambio de concesiones que el nacionalismo juzgó coloniales y la alejaron de Estados Unidos, el hegemón ascendente.

Aunque concluir que Argentina se ataba entonces a una potencia declinante sería anacrónico—Estados Unidos estaba en plena depresión y Gran Bretaña aún gobernaba el mayor imperio de ultramar, cerca de un cuarto del planeta y de su población—aquel acuerdo, como este, fue marcadamente asimétrico: obligaba a vender carne de frigoríficos británicos, pagar con ello deuda contraída en Londres y otorgar trato preferencial a otros productos. En menos de una década, el Reino Unido declinaría definitivamente, revelando el error.

Aunque China hoy duplica la producción y el comercio manufacturero de Estados Unidos, la economía norteamericana de entreguerras triplicaba a la británica e igualaba su productividad per cápita. Pekín, en cambio, incluso según las mediciones más favorables, apenas equipara el producto de su rival pese a tener una población cuatro veces mayor. Esto se debe a que hoy el 65% de la economía mundial se concentra en los servicios, mientras que las manufacturas—ámbito en el que el gigante asiático sobresale—representan apenas una quinta parte. En términos per cápita, la ventaja de Estados Unidos en riqueza triplica la que el Reino Unido jamás tuvo sobre otra potencia.

Pero la economía no basta. La transición entre el Reino Unido y Estados Unidos sólo se selló tras dos guerras mundiales que impidieron que Londres boicoteara a Washington. El ascenso de Pekín, en contraste, desató dinámicas geopolíticas que amenazan su ascenso. Militarmente, China permanece contenida por portaviones y bases estadounidenses en la primera cadena de islas frente a su costa, sostenidas por estrechas alianzas con Seúl, Taipéi y Tokio. Hoy Estados Unidos no enfrenta un desafío militar comparable al que Alemania representó para Gran Bretaña. Su gasto en defensa cuadruplica el de China y, protegido por el océano, incluso podría replegarse y dejar que los vecinos—de Japón a la India, y quizá Rusia a largo plazo—asuman su contención.

Estados Unidos está, así, posicionado para desempeñar en el Asia del siglo XXI un papel similar al que ejerció en la Europa del XX: el de árbitro estratégico. Su declive hegemónico, por lo tanto, es una ilusión.

La historia suele burlarse de nuestras predicciones. La cadena de contingencias que reveló el declive final de Gran Bretaña (y de la Argentina) está repleta de ironías. Por ejemplo, tras el hundimiento del Graf Spee en diciembre de 1939, el canciller José María Cantilo propuso al embajador británico Sir Esmond Ovey romper relaciones con Berlín, pero Londres juzgó que la neutralidad argentina favorecía que la cuota negociada por Roca (h) eludiera a los submarinos alemanes, y la propuesta fue descartada. Así, aquellas relaciones cárnicas tuvieron consecuencias gravísimas para la Argentina, pero por razones mucho más imprevisibles de lo que supone la historiografía revisionista.

Pero aún con el velo de la historia, hacer política exterior requiere anticipar algunas cosas. Por ejemplo, aunque China obtuvo este año una tregua momentánea gracias a su control de las tierras raras, es razonable esperar que Washington vuelva a la ofensiva—independientemente de Trump, pues en esto hay un consenso bipartidario. Esta ofensiva será tanto contra China como contra quienes no acompañen en la estrategia de desacople.

Para países como la Argentina, que por su situación geográfica son especialmente sensibles y vulnerables a las sanciones norteamericanas—y menos a las chinas—esto convierte al alineamiento activo en la única estrategia ganadora.

Sin dudas, el acuerdo Milei-Trump fue asimétrico. Washington es—y será hasta que haya consolidado nuevamente su primacía—en palabras de mi colega Stephen Walt, un “hegemón depredador”. Como en pactos recientes con Guatemala, Ecuador y El Salvador, se le exigieron a la Argentina concesiones unilaterales en acceso a mercados, reducción de trabas burocráticas, propiedad intelectual y exclusión de China en áreas sensibles. Pero una crítica honesta a estas concesiones requiere consistencia lógica y realismo sobre las alternativas.

En las Américas, las alternativas son más costosas. Dejando de lado el caso de Maduro, Sheinbaum y Petro muestran que las concesiones negadas al inicio se producen najo presión. Mientras Lula—como von der Leyen—abrió la partida bajo aranceles del 50 %, Milei—como Takaichi y Starmer—optó por aceptar la asimetría desde el comienzo antes que añadir los costos de la confrontación.

En el plano doméstico, el tratado cuenta con apoyo y aporta un ancla comercial y geoestratégica que se suma a la monetaria, cambiaria y fiscal. Pero la diplomacia de las relaciones cárnicas deberá procesarse internamente y anticipa conflicto—pues toca intereses que ya le han costado dos cancilleres al gobierno. Conviene recordar que la polarización en torno al infame escándalo de las carnes ensangrentó el Congreso en una tragedia que, esperemos, no se repita ni siquiera como farsa.

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