Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.
¿Tiene futuro la democracia? Esta es la pregunta que muchos gobernantes, intelectuales, activistas políticos y ciudadanos del común se vienen haciendo desde hace años.
El crecimiento de la polarización política, entre habitantes de un mismo país y gobiernos de diferentes estados; la universalidad y rapidez de las comunicaciones que han entronizado el poder de la redes sociales; la confusión en torno a las verdades y mentiras sobre el mundo, agudizada por la maliciosa intervención de los poderes públicos en la formación de la opinión; y el aumento de las prácticas autoritarias en países formalmente democráticos son cuestiones que animan el debate.
En Europa, la virtual desaparición de la social democracia, apenas superviviente en la península Ibérica y el Reino Unido, y el crecimiento de las formaciones de extrema derecha, también registrado en algunos países de la América latina, avivan la preocupación por el retorno de lo que muchos definen como el fascismo del siglo XXI. La realidad es que el prestigio intelectual y las calidades morales de los dirigentes políticos de las exhaustas democracias cotizan a la baja, y son incapaces de entender, o al menos investigar, el significado y características de la nueva civilización en curso.
Como explica el pensador francés Edgar Morin, todavía lúcido a sus ciento tres años, a lo que nos enfrentamos en los países que conforman la llamada civilización occidental es a una crisis del pensamiento complejo, que rechaza la simplificación y la fragmentación del conocimiento. El oportunismo y la codicia de poder, de dinero, o de ambas cosas a la vez, impide a muchos dirigentes atenerse a lo que deben: conocer las necesidades y aspiraciones de la comunidad a la que sirven y buscar soluciones a sus demandas.
Esta reflexión, reiterada por los críticos de la deriva lamentable de la democracia liberal en muchos países, es demasiadas veces desoída por quienes ostentan el ejercicio del poder, cuya única ambición parece ser garantizar su continuidad en el mismo. Quizá por eso Felipe González, refundador del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) después de la muerte de Franco, ha hecho público su testimonio de desafección a la actual dirección del mismo.
Hace apenas diez días declaró en público que en las próximas elecciones generales no votará al PSOE, sino en blanco, si el candidato es de nuevo Pedro Sánchez.. Sus declaraciones en contra de la actual dirección del partido y sus criticas respecto a que este defiende su permanencia en el poder y no las políticas publicas necesarias para el país han motivado en la redes sociales un aluvión de insultos contra él de supuestos militantes o simpatizantes del partido, acusándole de derechista, y críticas descaradas del mediocre portavoz del PSOE en el congreso de los diputados. Pero , a juicio de muchos antiguos votantes socialistas hoy decepcionados, la única advertencia que en realidad merecería González por sus palabras es que debería haberlas dicho antes y no aguardar al desmoronamiento moral, electoral y hasta físico de Sánchez.
Este es de hecho el peor presidente que ha tenido la España democrática desde la Transición de la dictadura . Un oportunista de medio pelo y un mentiroso compulsivo, tan traidor a tantos de los suyos que terminó por traicionarse a si mismo incumpliendo una gran parte de las promesas electorales que hizo.
Su balance al frente del país no puede ser más deshonroso y lamentable. En cerca de ocho años de ejercicio del poder no ha hecho sino deteriorar al partido socialista, con una continuada perdida de poder que le ha llevado a someterse a las ambiciones de los enemigos del Estado. Y ha liquidado la tradición de su formación política a cambio de su aparente mantenimiento en el poder, más ficticio que otra cosa, porque como ya señalara el propio González , en realidad Sánchez no tiene poder ninguno.
Por lo mismo, se ve obligado a apoyar su permanencia cediendo a la ambiciones particulares de los independentistas catalanes y vascos hasta extremos inconcebibles. Felipe González, en las declaraciones que comentamos explicó que desde luego el no se aliaría, por ejemplo, con Vox, la formación de extrema derecha; pero muchos menos lo haría con Bildu.
Este es el partido heredero de la organización terrorista ETA, autora de más de 800 asesinatos, la gran mayoría durante la Transición democrática, y de los cuáles fueron víctimas connotados dirigentes del PDSOE . El jefe de Bildu lo fue también de ETA lo mismo que algunos de sus portavoces.Y recientemente al antiguo jefe de la banda, responsable de ordenar cientos de sus asesinatos y condenado a casi cuatrocientos años de cárcel se le ha concedido una situación privilegiada que le permite vivir en libertad durante la semana y dormir en prisión solo los fines de semana.
Estos son solo algunos ejemplos del deterioro democrático en el ejercicio del poder por parte de lo que ya se denomina el sanchismo. Otro muy evidente es su batalla contra los medios de comunicación que han denunciado las corrupciones de su propia familia, incluidos su esposa y u hermano, el cual será juzgado en las próximas semanas por tráfico de influencias. Pata no hablar de sus dos secretarios de organización del partido, ambos procesados y durante meses inquilinos de la cárcel acusados de diversos y graves delitos.
Pero la animadversión popular se ha agrandado aún más después del accidente del tren de alta velocidad en el que murieron 46 personas. Además del dolor perdurable por las victimas, ha puesto de relieve las deficiencias de gestión de las empresas públicas responsables de la circulación ferroviaria.
Este hecho se ha convertido en el símbolo de la situación real del gobierno de Sánchez. España tenía un importante prestigio internacional en la circulación ferroviaria que, por el momento, se ha venido abajo. Ahora, se ha puesto de relieve la desastrosa gestión del gobierno en el cuidado de las vías, la atención a los convoyes y la inversión necearía en el mejoramiento del servicio. Pero Sánchez y su ministro de Transportes, lejos de asumir responsabilidades han presumido públicamente de su gestión.
Como ya he dicho, Felipe González, fue el gran restaurador del socialismo democrático en España. En las primeras elecciones celebradas tras la dictadura hubo de hecho cuatro partidos de esa ideología que concurrieron a las elecciones: el PSOE histórico, liderado por antiguos exiliados del franquismo; el Partido Socialista Popular , cuyo dirigente era el profesor Tierno Galván; el de un antiguo líder falangista, Dionisio Ridruejo, reconvertido la democracia y líder de una pequeña formación de perfiles socialdemócratas; y por último el de Felipe González, heredero del partido histórico. González propuso y ganó, aunque con dificultades, el abandono oficial del marxismo. Y con el apoyo de lideres europeos como Olof Palme, en Suecia, Willy Brandt en Alemania, Mitterrand en Francia o Soares en Portugal, construyó un partido que es el que más tiempo ha gobernado el país en los últimos cincuenta años.
El declive empezó con el ejercicio de Rodríguez Zapatero, hoy acusado de su connivencia con la dictadura de Maduro en Venezuela. El derrumbe puede llegar, está llegando, de la mano de Sánchez, si persiste en su avaricia y se pliega a la de los demás.
En la campaña electoral que le condujo a la presidencia González adoptó como eslogan publicitario la promesa del Cambio .¿Qué es el Cambio?, le preguntó un periodista y él contestó: que España funcione.
En su reciente alocución contra Sánchez y en medio del creciente desprestigio de este entre sus colegas de la Unión Europea, el mismo Felioe repitió su misma demanda. “Que España funcione” – dijo. La verdad es que España funciona todavía bastante bien, pero no gracias al gobierno actual, sino a pesar de él. La sociedad civil no está polarizada pese a los intentos guerracivilistas que el poder protagoniza. Pero por desgracia es cierto que Sánchez se ha vendido a los enemigos del Estado para garantizar su permanencia y satisfacer su egocentrismo.
Los sucedido con los trenes, el desastre de la política de vivienda y la desafección al sistema por parte de los jóvenes, sobre todo los de la clase media, son signos y amenazas de un futuro difícil. Puede ser letal para el PSOE si no es capaz de reorganizarse y prescindir de los dirigentes que le están llevando al fracaso.w
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín