Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.
Una mujer agitaba un multicolor abanico en torno a Juan Grabois, protagonista de la marcha, eterno confrontador de la policía para montar su espectáculo siempre desmadrado.
La abanicaban la nuca recordando la reciente circunstancia en la que un servil esclavizado secaba la inmensa testuz del acaudalado jefe de todos los negocios, ese capo de la oscura inmensidad de pozos negros que rodean al fútbol.
Compuso Grabois, y quien lo refrescaba con ese aventador policromático, una escena ornamental de la furia delirante.
Heraldos disfrazados de periodistas con casacas amarillas con la palabra «prensa» estampada. Una loca manera de pretender blindarse y esconderse.
A los periodistas reales no les conviene identificarse con esos llamadores de los violentos que, tal como ocurre desde hace tiempo, nos toman como los enemigos del pueblo.
Al día siguiente de la marcha, Grabois en el Congreso fue terriblemente amenazador: "Nosotros víctimas de ustedes no vamos a ser sus víctimas, vamos a ser su peor pesadilla y sus enemigos hasta que los saquemos del país".
El jefe del Movimiento de Trabajadores Excluidos admonizaba con expulsar a un gobierno elegido democráticamente.
A Grabois le fue muy bien bajo otras administraciones que le abrieron las puertas del negocio de la movilización rentable de los humillados y de los ofendidos, muchísimas veces humillados y ofendidos por sus supuestos defensores.
Fueron bombas Molotov provenientes del pasado, de la guerra civil española, de la invasión de la Unión Soviética a Finlandia; en esas dos conflagraciones se popularizaron.
Viacheslav Mólotov era el canciller de la URSS cuando Moscú, Stalin, decidió bombardear Helsinki. El ministro declaró entonces que no caían bombas sobre la capital finlandesa, sino suministros de comida.
Los finlandeses llamaban entonces con sarcasmo a esas bombas las "cestas de comida de Mólotov".
La ironía sigue en parte vigente. Se arrojan cócteles Molotov como si fueran los panes y los peces, y son bombas, fuego y destrucción.
Llegaron las bombas Molotov al Congreso esta semana desde los sísmicos años ’70 en la Argentina, desde todas las revueltas de antaño, desde el fondo mismo de la locura, de la ferocidad de lo que ya ocurrió y sigue a otra escala ocurriendo.
La iracundia armada de una minoría, poco más de un centenar de trastornados, con hondas que lanzaban tornillos, rompiendo las veredas de todos, armando esos cócteles combustibles para atacar y proponer un proyecto nihilista, un fogonazo de llamas que la mayoría refuta y condena.
El otrora querubín amancebado en las beatíficas manos del Papa argentino proponía la nada como proyecto.
Y los incendiarios de la plaza, una apreciable minoría, avanzaba contra todos y, así ínfimos pero tan agresivos, exaltaban la evidencia de su profundísima locura.
Gritan al vacío esperando que el eco les devuelva una verdad que el tiempo ya desmintió a costa de sangre derramada.
Agitan banderas que ya no tienen viento que las flamee, petrificadas en el fondo del abismo.
No sería novedad que servicios de inteligencia inorgánicos estuvieran ensuciándolo todo pagándole a los dementes para lanzar sus llamaradas a los cuatro vientos.
Tampoco sería insólito, al contrario, que las mafias de los barras bravas del fútbol estuvieran involucradas en ese foquismo.
Es que el foquismo era la idea, arcaica pero aún dañina, de que un foco pequeño de violencia se propaga hasta hacerlo extenso y dominante.
Pero los delirantes más agresivos también hacen historia, o más bien, también destruyen la historia en su racionalidad necesaria.
La enajenación recobró para la memoria la incursión de Grabois y los suyos en un campo entrerriano para organizar una huerta que tomaron por la fuerza, insertando plantines al revés.
Manifiestan así que el foquismo, que es una de las formulaciones del terrorismo de baja intensidad cuantitativa, sigue estando en la raíz psiquiátrica y perversa de los enajenados que quieren poder, sin votos, porque no los tienen, rompiéndolo todo.
Ahora el tiempo ha cambiado. Aquella sociedad en buena medida repudiaba la represión a los vándalos.
La baja de la edad de imputabilidad para los criminales menores es una prueba. Los parlamentarios votan sintonizando un latido social.
Como zombies con sus cócteles incendiarios en las manos, circulan buscando el naufragio de todos.
El fuego que pretenden encender solo ilumina la soledad de su propio anacronismo.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín