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El 10 de enero de 2009 firmé en El País, el periódico de toda mi vida, la entrevista más importante que le hecho a un periodista, o por lo menos la que mejor explicaba, con palabras de otro, el oficio que en ese momento parecía que se estaba acabando.
Entrevisté a otros, en distintos lugares del mundo, para saber de este oficio y también para entender mejor el otro lado de mis pasiones, la edición literaria.
Aquel 10 de enero el entrevistado fue Ben Bradlee, el ya entonces legendario director de The Washington Post, el hombre que puso a los suyos a trabajar para que fuera sólida la información más comprometida de varias décadas: el caso Watergate.
En su despacho, que en ese momento era ya un cuchitril de lujo sin ventanas, él parecía un enviado local de un periódico viejo. Me recibió con la alegría que se le dispensa a un colega y todo lo que me dijo entonces, antes de la entrevista y cuando ya habíamos acabado con ella, tenía más que ver con el ámbito de su curiosidad que con lo que tuviera que contar él mismo.
Me contó Bradlee lo que él hacía entonces, que era recibir en aquel despacho a los muchachos que querían incorporarse a su periódico, el más famoso del mundo en ese momento, junto con el New York Times. Me mostró las fotografías que adornaban su cuarto chico, y el mismo posó como alguien que pasaba por allí.
Sin darle importante a su historia, expresando mucho más sentimiento por lo que otros iban haciendo en el diario que él había convertido en una celebridad mundial. Me contó, eso sí, sus encuentros con los estudiantes que estaban al borde de ser periodistas…
Los estudiantes iban a verle, él se los llevaba luego al bar de la esquina y allí almorzaba o tomaba café con ellos. Escribí entonces que eso que hacía de viejo Bradlee lo hizo también cuando el periódico estaba a sus órdenes y él mismo aun no había dado el golpe mayor de su historia.
Así que ahí, me dijo, aglutinó a jóvenes de todas las razas e impuso controles férreos para que la dudosa atribución de fuentes no fuera un lugar común al que los periodistas se agarran para simular sabiduría… Uno de sus grandes errores, me contó, fue cuando se coló una periodista desaprensiva “que ganó un Pulitzer con una historia que era mentira”.
En el curso de la entrevista le hice mil preguntas, a las que él respondía como un imán reciente, siendo un periodista para toda la vida. Le dije, por ejemplo, de su propia historia, cuando había enfermado de poliomielitis.
Respondía de lo propio, es decir, de su vida, igual que hablaba de su oficio, como si los hubiera tenido juntos. Así que me dijo: “Siempre he sido feliz, soy demasiado tonto para ser infeliz. No era el único que tenía polio; éramos 180 en la escuela y veinte la contrajimos. Era en 1936 y yo tenía 14 ó 15 años. Me llevaron en una ambulancia; iba con otro niño con los mismos síntomas; murió dos días después. Fue la primera persona que yo supe que había muerto. Mi padre me sacó de la ambulancia, me cogió en brazos y me subió tres pisos. Empezaba un drama”.
Él tenía, en ese momento, 87 años y muy buena salud, o eso me dijo. Había ganado varias guerras, y lo primero que hizo como periodista fue “de chico-para-todo en un periódico, en verano. Tenía 16 años, y si usted mira ahí, en ese panel, está el primer texto que escribí. ¡No lo lea, por favor!”. Nuestra entrevista fue como un viaje con él, al mundo, al propio periódico, a su pasión por la vida.
Claro, le pregunté por el oficio, este sobre el que ya nunca más se podrá pronunciar aquel hombre extraordinario. Le dije, después de que me explicara su pasión como si ésta fuera reciente: “Así que usted se siente optimista también por el periodismo y los periodistas”.
Era la época en que Internet empezaba a torcer el pasado para advertir acerca de un futuro que ahora nos está mordiendo los pies y las manos y el alma y todo.
Esta fue su respuesta acerca del futuro y de la calidad de su optimismo: “No le quepa duda. ¿Qué sentido tiene la vida si uno no es optimista? Siempre lo he sido, y siempre he creído en la habilidad del cambio. Si alguien me dijera que el martes por la noche el mundo entero se va a ir al garete, pensaría también que había que buscar una oportunidad para cambiar esto. Y el periodismo es un buen instrumento para cambiar las cosas”.
Bradlee era protagonista de un optimismo que no permitía derrota, pero que tampoco se miraba al espejo de la vanidad. Allí dentro de aquel cuchitril de lujo, en el que no había ni una fotografía suya, le pregunté por sus triunfos, y por supuesto por el mayor de todos, el que su periódico había alcanzado con el descubrimiento del escándalo del Watergate.
Me dijo entonces: “El mérito fue haber persuadido a Katharine Graham [la propietaria] de que el periódico debía ir hacia la excelencia, de que había que convertir The Washington Post en algo grande. The Washington Post era el tercer diario en importancia en Washington cuando llegué, en 1968… Ahora no les cuento a los jóvenes con los que me reúno las batallas que tuvimos que dar. ¡Ya ellos saben de qué va The Washington Post, y yo renuncio a adoctrinarlos! A veces me preguntan por el Watergate, y les cuento, sin quieren saber”.
Él murió en octubre de 2014. Ahora su historia es grande, y es una reliquia en la que nos miramos para saber de un oficio que ya es otro. Hace años, en octubre de 2022, entrevisté por teléfono, desde Madrid, a un sucesor preclaro del legendario Ben Bradlee, Martin Baron. Ya él estaba al frente de The Washington Post, el diario que ahora ha diezmado Jeff Bezos, multimillonario que ha decidió rebajar el rotativo hasta dejarlo en los huesos.
En aquella entrevista le pregunté a Baron por el futuro en una era que ya llevaba el nombre de Donald Trump, que luego sería amigo del multimillonario del Post.
Era 2022. Me dijo el extraordinario periodista que sigue explicando el oficio con ardor e inteligencia: “Hasta antes de él [Trump] yo tenía mucha fe en la democracia de Estados Unidos. Pero con él se desató mucho peligro y, aunque ya no esté en la presidencia, nuestra democracia todavía está en riesgo. Por eso me preocupa mucho el futuro de nuestro país”.
Le recordé en seguida a Bannon por la vigencia de una frase suya que fue un eslogan para la profesión periodística: “No estamos en guerra, estamos trabajando”. Me dijo: “Podría ser un eslogan, pero la verdad es que hay muchos periodistas que piensan que estamos en guerra con los autócratas y contra los que todavía cuestionan los resultados de las elecciones de 2020 en este país. Es verdad que se han puesto en peligro los principios que han regido a Estados Unidos: la diversidad de la población, la inclusión, la tolerancia, la libertad de prensa…, y por eso hay quien dice que estamos en guerra. Pero yo creo que nuestra responsabilidad es desenterrar los hechos, ponerlos en contexto y publicarlos para que el pueblo pueda juzgar lo que está pasando en su país. Eso es lo que nos corresponde”.
Ahora, cuando ya el tiempo Trump lo ha barrido todo y, por ejemplo, The Washington Post se ha quedado en lo que es el chasis moral de un viejo periódico que ya no tiene ni reseñas de libros ni crónica de deportes, y que además ha diezmado gravemente la densidad de su impresionante plantilla, lo que corresponde es volver a Ben Bradlee para agarrarnos a su último optimismo dirigido a los jóvenes a los que les decía en su vejez: “¡Ya ellos saben de qué va The Washington Post!” .
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