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Armas atómicas: jugando con fuego

hace 4 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Armas atómicas: jugando con fuego

Esperemos que no ocurra. Ni ahora ni nunca. Pero si algunos líderes mundiales persisten con sus amenazas e imposiciones, la posibilidad de que estalle un conflicto a gran escala se torna viable. Así se infiere del informe publicado por los científicos que, desde 1947, actualizan el Reloj del Juicio Final creado por colegas de Einstein y Oppenheimer.

Se trata de un documento fiable, no distópico ni fatalista. Pues a la desconfianza y las tensiones recientes causadas por la administración Trump al intervenir en Venezuela y pretender el dominio de Groenlandia se les sumó una circunstancia extremadamente peligrosa.

El 5 de febrero quedó sin efecto el último tratado bilateral que limitaba las fuerzas nucleares de Rusia y Estados Unidos (EEUU). El llamado Nuevo START. Y desde esa fecha, por primera vez en décadas, la humanidad transita una etapa en la que no hay restricciones para desarrollar armas atómicas. Una situación que se agrava aún más por el inmovilismo de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad.

Cabe señalar que el primer acuerdo global destinado a frenar la expansión de armas nucleares se firmó en 1968. Se denominó Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y fue suscrito por cerca de doscientos países. El TNP dispuso que las cinco potencias con poderío nuclear -EEUU, Rusia (por entonces URSS), Reino Unido, Francia y China- debían negociar el desarme y no podían transferir este tipo de armas a otros países.

Además, sentó las bases legales para los convenios posteriores, el uso pacífico de la energía nuclear y la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Sin embargo, su importancia ha disminuido con el paso del tiempo ya que no fija plazos, cantidad de armamento permitido ni sanciones por incumplimientos.

Al TNP le siguieron el SALT I, de 1972, y el INF, de 1987. El SALT I limitó los lanzadores de misiles intercontinentales, estuvo en vigor cinco años, pero no fue renovado debido a las disputas que generó la invasión de la ex-URSS a Afganistán. El INF, que permitió la eliminación de cientos de misiles de corto y mediano alcance, finalizó en 2019 por acusaciones de incumplimientos mutuos entre EEUU y Rusia.

En 1991 se suscribió el START I, el primer acuerdo bilateral que redujo el número de ojivas atómicas. Y en 2002, George W. Bush y Vladimir Putin acordaron en Moscú el SORT, un tratado que dispuso la disminución de los arsenales nucleares hasta que fue reemplazado, en 2011, por el Nuevo START que acaba de vencer sin que haya un sustituto a la vista.

Conviene destacar que este tratado establecía límites máximos de ojivas y sistemas de lanzamiento operativos. Además, contemplaba mecanismos de verificación, un intercambio regular de datos y el funcionamiento de una comisión binacional.

En septiembre pasado, Vladimir Putin (73), quien -según EEUU- no ha permitido inspecciones en sus bases militares, propuso públicamente seguir respetando el Nuevo START hasta 2027. Pero Donald Trump (79), guiado por la rivalidad estratégica con China, declaró hace poco que prefiere negociar un acuerdo que incluya a las otras potencias atómicas. China, por su parte y según un portavoz de Xi Jinping (72), continúa sosteniendo que su fuerza nuclear no rebasa el nivel mínimo requerido por la seguridad nacional.

De hecho, las estimaciones confiables revelan que Rusia posee unas 5.400 ojivas nucleares, EEUU 5.100, China 600, Francia 290, Reino Unido 225, India 180 y Pakistán 179. En tanto que Israel y Corea del Norte tendrían más de 50, no declaradas oficialmente. Es decir, las suficientes para cumplir el fatídico principio de la destrucción mutua asegurada: si me atacas, me aseguraré de que ninguno de ustedes sobreviva.

Sea como fuere, este vacío causado por el vencimiento del Nuevo Start en un contexto geopolítico inestable y complejo, provocó que reconocidos expertos de la Federación de Científicos Estadounidenses y la OIEA, como el premio Nobel de la Paz Mohamed El-Baradei, alertaran a la opinión pública mundial sobre tres aspectos centrales.

Primero, que las estructuras y negociaciones que mantenían bajo control la amenaza de la proliferación nuclear están colapsando o debilitándose. Segundo, que las grandes potencias nucleares —EEUU, Rusia y China— no solo no se están desarmando, sino que están modernizando y expandiendo sus arsenales, con armas más letales y misiles hipersónicos. Rusia, por ejemplo, anunció las pruebas finales de un misil crucero con propulsión nuclear capaz de recorrer 14.000 kilómetros.

Tercero, que esta expansión erosiona las normas internacionales y puede incentivar a que otros países consideren la obtención de armas nucleares. Lo que aumenta la eventualidad de fallas técnicos, errores de cálculo o incidentes involuntarios.

En relación con esto, vale recordar la conducta que tuvo el coronel Stanislav Petrov, a quien retraté en una novela y una obra de teatro, al evitar una guerra nuclear en el llamado incidente del equinoccio de otoño ocurrido cuatro décadas atrás.

Esperemos que ningún vaticinio catastrófico se concrete. Aunque una condición para evitarlo consiste en que la mayoría de los gobiernos reconstruyan la credibilidad de las instituciones multilaterales, la resolución pacífica de disputas y la primacía del derecho internacional. Tres pilares que las autoridades argentinas, de manera incomprensible, desestiman. En una postura que acentúa el riesgo de que el mundo, al decir de T. S. Eliot, nos vuelva a enseñar el miedo en un puñado de polvo.

Eduardo Sguiglia

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