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Margarita y los pétalos del desamor

hace 14 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Margarita y los pétalos del desamor

Margarita creía en el amor. Cómo no. Aunque pasaba la vida deshojándose. Calibrando desde los pétalos de sus propios sentidos cuánto cariño le profesaban. A cada amante le seguía una traición, un engaño. “Un pedacito de verdad” era lo único que ella anhelaba... Una vez le oyó decir a su tía Juana, ya mayor: “Si volviera a nacer jamás lloraría por un tipo”. La oyó, pero no escuchó. Porque entre oír y escuchar hay diferencia.

Ella quería encontrar un hombre que la amase bien. Hasta que llegó Rubén, escritor. Y con él el otoño olió distinto. La visitaba cada jueves. Doscientos gramos de queso, pan y un crisantemo. Rubén no podía mentir.

Ella lo miró a los ojos y confió. Además estaban las palabras. El era hábil con ellas. No especialmente locuaz pero mientras “hacían el amor” - así decía Margarita – la llevaba lejos... Le enseñaba Tulum, hablaba de Rembrandt y Cézanne, de los poetas malditos, de los amaneceres de Berlín y el cielo de Maracaibo. Del cacao de Santo Domingo y el sabor a menta de Marrakech donde no había estado. ¿Y qué? Si lo que importa para un escritor no es que sea real sino verosímil.

Con él, Margarita recuperó la fe en los hombres, en las alfombras mágicas. En ella.

Se encontraban en barrancas de Belgrano donde él cazaba magnolias para regalarle. Parecía un héroe bajándolas del árbol. En el cine le besaba los dedos con devoción uno por uno mientras ella le rezaba en lo oscuro: “Vos no Rubén, por favor. Vos no me falles”. Después conversaban de la película andando hasta la estación, donde él se despedía con un beso al aire en la escalera mecánica.

El miedo la mordió cuando Rubén comenzó a ausentarse cada fin de semana. En las noches era imposible comunicarse.

Ahí, los pétalos se volvieron tentáculos. La duda, virus. Y los crisantemos marchitos no le servían de oráculo.

La última vez fue fatal. Se quedaron charlando en la plaza y se despidieron en la estación, donde él arrojó el beso saltarín de siempre mientras desaparecía.

Al rato, subida al 44, recibió su llamado. Pero él no estaba. Oyó el tintineo de monedas en el bolsillo donde el teléfono de Rubén se activó sin querer, marcándole ¡justo! a ella. Y se la llevó de viaje como solía hacer pero en vez de alfombra, en pantalón. Con él cruzó avenidas, subió escaleras y esta vez el destino no fueron las dunas de un desierto sino su departamento (ese que ella nunca había pisado, que estaban siempre “remodelando”).

Lo escuchó dejar las llevas, sacarse la chaqueta, los zapatos... saludar a una mujer. Cuando compartió la intimidad entre ambos vio sus pétalos rodar por el pasillo del colectivo hasta quedar deshojada completa. “Me quiere nada”, sentenció mientras al otro lado él aún mentía, contando lo que (no) había hecho esa tarde.

“Un pedacito de verdad”, reclamó llorándose a sí misma... Y recordó a su tía sabia. A la que no había escuchado.

María Laura Gargarella

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