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"¿Sos de acá?"

hace 7 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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"¿Sos de acá?"

Las cosas existen cuando se nombran. Y solo cuando se nombran existen”, nos dice Antonio Manuel, lo cual aclara el hispano “quien nomina domina”, y explica que “El primer acto social o jurídico que se dedica a un recién nacido consiste en la asignación de un nombre para que pueda ser aceptado y reconocido por propios y extraños. En todos los lugares, confesiones y culturas. Así el nombre se convierte en su seña de identidad por excelencia”.

Y también el poder de expresiones como el “Sos de acá?” que, desde hace más de seis décadas, me dirige quien conoce mi nombre por primera vez, para dejarme como decía Edward Said “fuera de lugar” en mi propio país. Cancelación verbal de mi pertenencia argentina nativa, para cuyo sesgo de confirmación resulta irrelevante mi indisimulable acento porteño, haber nacido y crecido entre los barrios de Buenos Aires del Tango y la Semana Trágica, que el nombre “Hamurabi” naciera vecino a los de Ciro y de Darío y existiera antes de los árabes, para evitar que se dispare la 2da pregunta retórica (afirmación): “… pero vos o tus viejos son turcos, árabes, no?”.

Semejante imposibilidad de convertir el dato en conocimiento y la negación de la propia diversidad cultural y religiosa que exige este uso extranjerizador del término “árabe”, que sugiere de mínima “argentinización incompleta”, se debe a la invención narrativa de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, que fijó al credo como condición excluyente de pertenencia nacional, territorial y genética, por una parte y al cristianismo como único credo autóctono y definitorio de la identidad de los españoles.

Lo que convertía a los autóctonos propietarios musulmanes en extranjeros usurpadores seculares mediante la falsa sinonimia musulmán = árabe = no español. Legitimando así su guerra ofensiva (Conquista) contra el Reino de Granada, como defensiva (Re- Conquista). Hecho ya demostrado por José Maria Ridao en su “Republica Encantada”.

Por eso a pesar de que nuestros antepasados ibéricos fueran árabes independientemente de su credo por casi un milenio y de los arabismos que distinguen hasta hoy nuestro hablar y habitar, para la sensibilidad colectiva argentina e hispanoamericana, difícilmente “árabe” no funcione como sinónimo de “musulmán” y como natural de Arabia.

Eliminada así la diferencia entre, credo, lengua genealogía y geografía, el término se torna tan extranjerizante como des-argentinizante por “des-cristianizante”, restringiendo la Libertad Religiosa constitucional de los ciudadanos argentinos, en la medida en que los convierte en gentilicios mutuamente excluyentes.

Lo que torna el caso en ejemplo de “argentinidad en más” es que mi padre Faysal, descubriera los nombres de mis hermanos (Semiramis, Zenobia y Sumer) y el mío, buscando aprender castellano con resúmenes Lerú apenas arribado al país con 17 años en los 30. Ellos narraban la historia de su país que en el suyo el Colonialismo le ocultó. Por la “liberación” que sintió se prometió nombrar a sus hijos/as con los nombres que su nuevo país así le reveló.

Con su compañera Omaya, dieron todas las batallas judiciales para lograrlo. Como otros exiliados, voluntarios o no, supieron sacar fuerza de la desdicha a fin de transformar, en el decir de André Malraux, «el destino en conciencia» y el de servirse de esta para legarnos la oportunidad de contemplar la propia cultura a la luz de otras culturas, la propia lengua, a la luz de otras lenguas, y ser así algo menos ajenos a la riqueza de nuestro propio contenido.

Hamurabi Noufouri

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