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Un Diocleciano Trump 2.0

hace 8 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Un Diocleciano Trump 2.0

La comparación y analogía con el Imperio Romano ha sido uno de los mitos políticos por excelencia en la historia de Occidente y sus periferias (Hubeñak, Buenos Aires, 1997). La primera renovación imperial la ensayó Justiniano I en el siglo VI. Más tarde, bajo el concepto de restauración, fue el turno de Carlomagno y de Otón en la baja Edad Media.

Los símbolos de los césares se trasladaron a Rusia con la primera coronación de un zar en el siglo XVI, a la Francia Napoleónica a principios del siglo XIX y después a la guillermina Alemania del Kaiser a fines del decimonónico, perviviendo en la Italia Fascista en la centuria última. También el almirante estadounidense Alfred T. Mahan promovió en 1890 la idea del Caribe y el Pacífico Oriental como Mare Nostrum de Estados Unidos.

Sin embargo, toda asociación de un gobernante específico con un emperador en genérico es vaga e imprecisa: ¿Acaso se refiere a quien impone una Pax Romana al estilo de Augusto, o quizás a los tristemente célebres Nerón o Calígula, o tal vez al reformador y eficiente Claudio, sin olvidar al estoico autor de “Meditaciones”, Marco Aurelio?

Pero si digo se trató de una figura que respondió a la crisis epocal (del siglo III) mediante la reorganización centralizada y autocrática del poder (El Dominado y la Tetrarquía) desdeñando al Senado a favor del Ejército, sin admitir disidencias (última persecución cristiana entre el 303 y 311 DC), una estricta fijación de precios como política anti-inflacionaria (edicto de precios máximos del 301); la estabilización de fronteras por medio de golpes calculados a sociedades de su entorno inmediato (sármatas en el Danubio y alamanes en el Rin entre el 285 y 290), hostilizando primero y llegando acuerdos después para delinear áreas de influencia con rivales re-emergentes orientales (el pacto de 298 con el Irán Sasánida); entonces podemos decir que Diocleciano (284-305) parece reencarnarse en la Casa Blanca

Como a fines del siglo III, el mundo actual experimenta una doble transición: internacional y doméstica. Si el Sha de Persia le recordó desde 227 al Imperator que ya no estaba solo y por tanto no podía haber hegemonía, hacia principios del siglo XXI los BRICS en lo comercial, y a Organización de cooperación de Shangai en seguridad (y su exhibición de músculo), constituyen serios desafíos para el águila estadounidense e interrogantes para un mundo en tránsito.

No faltan los síntomas mórbidos a los que se refiere Gramsci cuando la ausencia de consenso deviene en inestabilidad. A partir de Diocleciano la respuesta del poder fue divinizar la autoridad (títulos de Señor y Dios) en desmedro de la representación, lo que se tradujo en un despotismo marcial.

Hoy en cambio se aprecia una completa prescindencia de cualquier factor regulador internacional, a la que se suma la proliferación de órdenes ejecutivas (225 solo en su primer año de segundo mandato) y acciones militares fuera del territorio nacional sin autorización del Capitolio en Washington, lo que el historiador Schlesinger descrbió como “Presidencia Imperial” (1973) en tiempos de Nixon.

Si en el bajo imperio la ficción de autoridad universal y unilateralismo con el entorno permeó correspondencia y protocolo palatino (Herrera Cajas, 1972) hoy la representación del poderío irriga redes sociales y elocuentes memes que suelen mostrar a antiguos aliados y socios como subordinados. De paso la saturación del espacio comunicacional amplifica el rango de lo impredecible.

Los aranceles –“la palabra más linda del diccionario” según Trump- ha operado como mecanismo para re-equilibrar los déficits comerciales de Estados Unidos, pero también de amenaza y castigo para forzar negociaciones en condiciones ventajosas, y así escorar el neo proteccionismo de la Casa Blanca.

Estas tendencias más la actuación del Servicio de Inmigración y Aduana en Minneapolis este año, plantea al menos la duda si acaso la democracia más antigua vigente no estará comenzando un proceso de hibridación que la transforme en otro tipo de régimen. La respuesta estará en las elecciones de medio término, el próximo noviembre. Mientras tanto seguirá el déja vu bajo-imperial.

Gilberto Aranda

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