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Durante eras geológicas la Argentina se abrazó al sueño totalitario de Cuba. Como si ese monarca armado, Fidel, hubiera sido el Santo de la Espada. Es que fue beatificado. Era un fusilador serial y un encerrador de todo aquel que se atreviese a mover la lengua sin alabarlo.
¿Por qué? Esa seducción de la represión absoluta de la libertad explica profundamente la decadencia argentina. No es la única causa de la degradación económica y sociopolítica, pero es una muy relevante.
El Peronismo de la juventud violenta de los ‘70 tomó a Cuba como una utopía perfecta. Y el kirchnerismo se radicalizó hacia esa insularidad ideológica y, al fin y al cabo, siniestra.
Pero ahora Cuba se ahoga en la oscuridad. Agoniza en la inanición. Se desintegra en la basura que nadie recoge. Llora ya sin lágrimas en los hospitales sin medicinas ni nada. Vaga en la cotidianidad como una nave desguazada tras naufragar. Es el desenlace. La colisión con su destino totalitario. Desde el cielo ni una sola luz la ilumina. Mares alucinógenos de propaganda se tragan a sí mismos.
El mundo intelectual asistía a la misa permanente de la Revolución y sus dioses: Fidel, Camilo Cienfuegos y el Che, ungidos en los altares de intelectuales y de academias. Millones de hermanos y de hermanas, adoratrices de una inmensa farsa, extendieron como si fuera gratuita la opresión ominosa, la prohibición brutal de toda disidencia, las mazmorras atestadas de tantos herejes de las deidades intocables. El templo exportador de terror perdió sus aureolas. Exportaron terror, credulidad y feligresías aunadas por la desinformación; no vieron el apartheid entre la burocracia gobernante y todo el resto. Fueron sordos ante el clamor prohibido pero audible de los perseguidos; fueron mudos embobados oyendo a los músicos rentados para ornamentar el horror con unicornios que no existen, como no existía la libertad en la isla.
Ya sin petróleo. En la curva final del sufrimiento, se deshilacha la dictadura tras su eternidad en el poder. Aún la eternidad se termina un día. Y en Cuba se termina.
Es un dominó cuyas fichas mayores —Venezuela, Cuba y Nicaragua— empiezan a tambalear. Venezuela, en esa compleja transición donde el régimen encuentra una circunstancia inédita que lo bloquea: no puede reprimir. Y sin represión, la sociedad empieza a renacer de las catacumbas obligadas que Maduro construyó en base a tanques, cárceles y balazos. Y Nicaragua, también defendida en especial por kirchneristas enriquecidos y visceralmente imperativos.
El despotismo tuvo aliados en la Argentina, desde luego. Y hay que pensar —aunque sea un trago amargo, porque anida en el ADN originario de la lógica política argentina— en las razones que volvieron a un relevante vector del peronismo, en un movimiento tan amante de lo más oscuro de la humanidad.
Y por derecha, otro vector del peronismo viró hacia un nacionalismo xenófobo y retrógrado.
Hay reflejos autoritarios transversales que sobreviven. Ahora, por ejemplo, se ha estatizado el control sobre lo verdadero y lo falso. Lo niegan, pero lo presentaron como un proyecto oficial. Dicen que es sólo una cuenta de X. Pero si es así, es una cuenta tutelada por el poder político.
La polémica es inherente a la acción comunicativa, y las refutaciones fundadas enriquecen el debate público. Estatizar el control es el menos libertario de los proyectos posibles. Por innata condición militante la policía moral que se autodesigna ahora inorgánica, detecta la conveniencia o la inconveniencia para el oficialismo de turno de las investigaciones en marcha.
El Ministerio de la Verdad que pensó George Orwell en 1984 era, en rigor de verdad, el Ministerio de la Mentira. Su lema era “la ignorancia es la fuerza”. La controversia es siempre necesaria.
Nada puede detener la circulación de información y nadie llora por ser contradicho.
Esos reflejos despóticos son sedimentos, parásitos del pasado que se adhieren a la actualidad.
“Aprendimos a quererte desde la histórica altura cuando el sol de tu bravura le puso cerco a la muerte”. El Che era venerado, totemizado. Un cubano migrado desde su patria a la Argentina llegó a una de las facultades que hasta hoy mantienen gigantografías del Che Guevara y se preguntaba asombrado: “No entiendo cómo pueden homenajear así a un matador delirante. A uno de los hacedores del infierno cubano”.
Hubo un adoctrinamiento permanente. No una revolución permanente como pretende el trotskismo, sino lo contrario. Una inmovilidad frezada en el cinismo.
El "chavista gramático" Noam Chomsky, tótem del bolivarianismo semiótico, recibía asesoramiento financiero y dinero de Jeffrey Epstein. Crítico para la tribuna progre del Capital, bajo cuerda se asociaba al capitalismo erótico de un depredador. El cinismo ilustrado. Chomsky fue un lingüista prestigioso, pero viró su expertise hacia un inauténtico y sistemático panegírico de regímenes autoritarios. Fue cercano y apólogo del chavismo.
El amor al tutor, al padre mesiánico, a la matriarca corrompida como Cristina Fernández, a la boca acalladora de los fusiles, el fervoroso silencio ante la crueldad hacia las burkas persas que sufrieron la masacre masiva de los Ayatolas… Asesinaron a decenas de miles de los iraníes oprimidos.
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