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Las vacaciones y el sentido de la vida (parte II)

hace 14 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Las vacaciones y el sentido de la vida (parte II)

Esta semana, en esta contratapa, la escritora Paloma Fabrykant lanzó una pregunta que nos quedó rebotando en el pecho a todos los que alguna vez volvimos de vacaciones con el alma en huelga: ¿cuál es el sentido de la vida? Ella se retrataba ahí, encerrada en un cuarto, todavía bronceada y con la piel salada, escribiendo sobre ese eterno ciclo del hámster: trabajar todo el año para juntar tres monedas, quemarlas en quince días de veraneo y volver a subirse a la rueda. Paloma cerró su columna con una honestidad que desarma: no tiene la menor idea de cuál es la respuesta.

La periodista española Ana Morales arroja una luz necesaria en su libro Estado civil: cansada, donde propone una idea tan simple como radical: para ella, el sentido está en descansar como acto político. Se trata de jubilar a esa superwoman que muchas mujeres llevamos dentro, la que se cree obligada a poder con todo —el éxito laboral, la casa perfecta, la hiperconexión— y arrastra una centrifugadora mental que no se apaga ni siquiera cuando cerramos los ojos.

Morales explica que durante décadas aceptamos sumar roles para honrar a nuestras abuelas, que no tuvieron opción. Pero ese “podemos con todo”, quizá necesario en su momento, nos encontró sin educación emocional para poner límites. Así terminamos creyendo que el cansancio es una medalla de honor, una prueba de que somos importantes. Hasta que el cuerpo dice basta y el descanso deja de ser un lujo para convertirse en una cuestión de supervivencia.

La nueva rebeldía, dice Morales, no es producir más, sino recuperar la capacidad de frenar sin culpa.

Leyéndola, me detuve en una frase que me devolvió de un hondazo a la infancia: “Suficiente está bien. No hace falta que todo sea sobresaliente”.

Esa era la máxima de mi papá. Yo era una nena atravesada por una autoexigencia que me desbordaba y le pedía, casi como un favor, que me despertara bien temprano para repasar la lección del día. Todavía puedo sentir el aire frío de las seis de la mañana y la voz de Enrique Llamas de Madariaga saliendo de la radio encendida, ese murmullo que marcaba que el mundo ya había empezado a correr fuera de casa.

Mi papá venía entonces con la leche a despertarme y, al verme enredada en mis nervios por cumplir al máximo, me decía esa frase que hoy suena a manifiesto revolucionario: “Suficiente está bien, hija. No hace falta que traigas un sobresaliente”. Y después me pedía que durmiera un poquito más.

El sentido de la vida no está en la rueda que nunca se detiene, sino en recuperar la soberanía sobre nuestro tiempo. En darnos permiso para entender —como mi papá ya sabía hace casi cuarenta años— que a veces, simplemente, quedarse un rato más bajo las sábanas es el mayor triunfo de todos.

El libro que tardó diez años en cerrarse

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