Gazette
Oficial
$ 1453,24
-0,94%
Blue
$ 1435,00
-0,35%
MEP
$ 1447,99
-0,90%
CCL
$ 1488,04
-1,20%
Risk
512
-0,78%%

Casablanca

hace 24 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.

Juan Cruz

Es evidente que Casablanca, la película, no se hizo en Casablanca, la ciudad marroquí que ahí aparece como si fuera un enjambre de golfos y de militares que dilucidaban el futuro raro del mundo, en medio de una guerra que era también una nebulosa que ocurre en otro lugar y en la que morir y matar formaban parte del pan nuestro de aquellos.

Pero la vida de este filme de extraña belleza, y de gran capacidad de evocación, saltó a la fama por razones que tienen que ver tanto con su origen como con el significado que tuvo en seguida y que ahora mismo, si nos fijamos, puede volver a tener.

Casablanca nació para ser una parodia de lo que entonces, en 1942, resultaba el reflejo de una realidad horrible: la guerra verdadera, cruel, inolvidable, de los nazis contra el mundo libre que, en ese tiempo, significaban los aliados que luchaban contra Hitler.

Estuve en esa Casablanca de verdad. Muchas cosas se llaman allí como en la película, pero allí no pasó nada de eso. El cine le regaló a la historia ese nombre, pero la vida de la película jamás pisó Casablanca, que fue la parte de dentro de unos estudios de Hollywood. Pero la película es Casablanca, y su nombre sin adjetivos forma parte de la historia del mundo. Y también de nuestra historia de muchachos que con ese sonido empezamos a saber qué significaba, en francés, la palabra libertad.

En aquel entonces, en la realidad, Hitler iba ganando, Estados Unidos, y los aliados, luchaban en un campo de batalla que todavía no se había roto y que seguía siendo una utopía difícil para los aliados. La película que se disponía a poner en marcha el director, Michael Curtis, con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman como principales intérpretes, incluía de manera decisiva una historia de amor que garantizaban el actor y la actriz llamadas para ello.

Uno era un veterano, fumador, enamorado y triste, y ella era un símbolo de la belleza imperecedera del cine de todos los tiempos cuya manera de llorar parecía el espejo del mundo que en ese momento representaba su rostro. Pero la guerra estaba allí, no sólo como símbolo sino como realidad cruel, difícil de soslayar. Los hombres se mataban, quien mandaba matar era Hitler, ese nombre ya era la oscuridad del futuro.

La ficción entonces actuaba como en golpes de teatro, explicaba lo que ocurría para que el desenlace y el porvenir fueran un día parte de la realidad. Era una película, pero mientras ocurría su desarrollo y su montaje los que la estaban haciendo sabían que en otro lado del mundo el sonido terrible no era cine sino sangre.

Siempre he visto la película, y la he visto muchas veces, como la vio mi padre cuando se pudo verla en la España que ya la toleraba: como una historia de amor en la que también se exploraba lo que había ocurrido (pongamos que en Casablanca) cuando los hombres de Hitler luchaban, en la lejanía, contra los que no aceptaban la primacía nazi. Eran los malos y los buenos, mi padre me tapaba la cara cuando iban por delante los malos, pero yo no sabía nada de esas dicotomías, mi padre sí.

En aquel entonces el celuloide no era neutral: la película pasaba como la explicación de una historia de amor y la guerra se asomaba como una luz oscura en la lejanía. Pasó el tiempo y la esencia de la película se fue explicando en la España de Franco, hasta que el general murió y todo empezó a ser como fue: aquella fue una guerra de nazis contra contrincantes que no sólo buscaban la paz sino la destrucción de la aspiración nazi, que era quedarse con el mundo entero.

Hoy Casablanca, que no se hizo en Casablanca, que no tiene que ver con Casablanca, pero que siempre tendrá como símbolo a esta ciudad marroquí, resulta todavía una manera de viajar por aquella guerra y, naturalmente, por el amor aquel, Bogart, Bergman, que tenía como símbolo la guerra contra los nazis.

En la vida y en la película los malos y los buenos eran los contrincantes. 1942. La resistencia era una alianza llena de simbología internacional mientras que los nazis venían de un solo país, de un himno que daba escalofrío y de un jefe, Hitler, que era tan cruel como la estela que iba dejando.

En la supuesta Casablanca, que obedecía a aquel dictador de mano alzada como para abarcar el mundo, y que representaba al gobierno francés de Vichy, un militar nazi y el líder de la resistencia se enfrentaron en una guerra de himnos que ganó La Marsellesa. Ahora la he visto de nuevo: me subí del asiento y la volví a cantar como si fuera de noche en el mundo y ese grito musical me hiciera sentir, otra vez, como el muchacho que fui cuando descubrí lo que significaba esa victoria.

Ese fue el momento estelar del filme, la esencia de por qué a los que, en España, lo aplaudimos, nos pareció siempre lo mejor del cine que ya podíamos ver cuando aún no se explicaba entre nosotros, en España, cómo fue aquella guerra, por qué Franco la quiso y luego la puso en cuarentena, aunque nunca permitiera que Hitler fuera aquí considerado como la parte más cruel de los malos.

Ahora he visto por enésima vez la película. Ahí está el militar de Vichy, que defendía la Francia de Petain, y enfrente estaba el representante de los que luchaban contra Hitler. En el filme, y luego en la vida, La Marsellesa ganó la contienda. Ahora ese sigue siendo el himno que yo le escuché entonar al primer maestro que tuve y que se levantaba cada vez que en el aire sonaba esa melodía francesa que fue el aire del mundo entero.

La vida fue luego puesta en manos, sucesivamente, de un futuro que ahora mismo sigue pareciéndose al que defendió De Gaulle y al que quisieron luego los europeos y los norteamericanos que hicieron juntos una guerra que a muchos nos alcanzó como una nebulosa cuando éramos muy chicos.

Naturalmente aquella guerra no se explicaba en las escuelas, donde casi todo se terminaba contando como si fuera algo que nunca había ocurrido. Ahora ya se sabe todo, naturalmente, pero el cine nos lo sigue diciendo tal como manda el reglamento del celuloide.

De modo que estos días en que en España el cielo está nublado, Europa está rara, el mundo no está mejor que Europa, y en Estados Unidos manda un hombre que se parece a aquel militar que ordenaba la vida a su ritmo en Casablanca, yo sentí que esa película en la que aparecen Humphrey Bogart e Ingrid Bergman están otra vez simulando amor, o buscándolo, a la vez que tienen que esconderse de los que, de un modo u otro, en Casablanca o donde sea, los persiguen porque no son de los suyos o, simplemente, porque sí.

Ahora escuchamos y vemos a la vez la terrible ascensión del dolor de los que temen la guerra así como la burla de quienes la estimulan desde los despachos grandes que parecen pistas de baile en las cuales los que van ganan ríen con su corbata de pajarita. Gaza está ahí, rota, como Ucrania, el llanto está en los ojos de los que no quieren esta cárcel que a veces es la calle que se llama mundo.

Cuando vi ahora Casablanca sentí que aquella contienda es la contienda de ahora. Invito a verla, a contar a partir de ese filme de extraordinario recuerdo cuántas razones hay para sentir que, otra vez, estamos al borde del llanto que, cada uno a su modo, interpretaban Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.

Juan Cruz

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

Newsletter Clarín

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

Newsletter Clarín