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La espuma de una ola

hace 14 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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La espuma de una ola

Seguro vieron la obra La gran ola. Un muro de agua que se arquea como una criatura furiosa delante del monte Fuji, una especie de deidad que asiste incólume al probable naufragio de pequeñas embarcaciones.

Hace casi 200 años que esa maravilla se imprime -en las últimas décadas hasta en llaveros-.

Su autor, el artista japonés Katsushika Hokusai, logró fijar allí, de una manera singularísima, un instante en el que la naturaleza parece decidir destinos humanos.

Es que el autor representó ese caos en un cuadrito plano en el que todo lo transforma. La espuma de esta ola es una garra filosa.

Realizada hacia 1831, La gran ola pertenece a la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji y se inscribe en el marco del universo del ukiyo-e o “mundo flotante”.

Asai Ryōi, escritor, definió a ese “mundo flotante” con unas líneas que, a budistas y no, despabilan: “Viviendo solo el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor y las hojas de arce, cantando, bebiendo sake y divirtiéndose simplemente flotando, indiferente a la perspectiva de pobreza inminente, optimista y despreocupado, como una calabaza arrastrada por la corriente”.

La gran ola se enmarca de la era de Edo (1603–1868), un período de estabilidad política bajo el shogunato (gobierno de tipo feudal) Tokugawa. Japón vivía un aislamiento móvil: las ciudades crecían, la cultura visual se expandía y las estampas circulaban cada vez más. Y el uso de azul de Prusia, un pigmento importado, muestra que parte de aquel mundo conocía parte de otros.

Así que Hokusai transformó al paisaje en una fuerza simbólica sin recurrir a ningún atisbo de naturalismo, a diferencia de la gran mayoría de los pintores románticos pioneros en Europa. Va otro ejemplo: el Fuji, eterno, sagrado para las tradiciones en Japón, es en su obra un triángulo en apariencia frágil.

Para Vincent Van Gogh, las estampas japonesas como ésta enseñaban a “mirar la naturaleza con ojos nuevos, más simples y más profundos” y Monet celebró “la claridad sin sombras y la valentía del encuadre”. Debussy eligió La gran ola para la portada de La Mer, convencido de que contenía “el movimiento mismo del océano”.

El arte siempre refresca. Hoy, en tiempos de crisis climática, La gran ola se puede leer como advertencia y como espejo: la pequeña humanidad frente a fuerzas mayores a las que puede dañar sin tregua pero no dominar del todo.

Como sea, el historiador del arte Ernst Gombrich resumió el impacto de La gran ola con una idea clave: “Pocas imágenes han logrado unir lo popular y lo universal con tanta precisión”.

La obra tiene la capacidad de unir Oriente y Occidente, pasado y presente y contemplación y vértigo.

Por eso, como todo clásico, La gran ola de Hokusai no se agota. Vuelve una y otra vez, distinta ante cada mirada, igual que en el mar, con la espuma como una garra filosa.

Judith Savloff

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