La apertura comercial con Europa reordena el mapa productivo local: impulsa a los sectores exportadores y de recursos naturales, pero expone a la industria orientada al mercado interno a una competencia para la que no todos están preparados.
Ingresó a Diputados el tratado completo del Mercosur con la UE, pese a que sigue frenado en Europa.
El Gobierno elevó a la Cámara de Diputados la traducción del acuerdo comercial completo entre el Mercosur y la Unión Europea, pese a que el Parlamento Europeo decidió frenarlo y judicializarlo. La iniciativa busca destrabar una relación comercial históricamente trabada y establecer, de manera transitoria, una zona de libre comercio entre ambos bloques, mientras se completa el acuerdo de asociación definitivo.
Desde la óptica oficial, el entendimiento representa un salto en la inserción internacional de la Argentina: acceso preferencial a uno de los mercados más grandes y sofisticados del mundo, reducción progresiva de aranceles, reglas comunes para inversiones, servicios y compras públicas, y una señal política clara de alineamiento con las economías occidentales. En términos macroeconómicos, el Gobierno lo presenta como una herramienta para potenciar exportaciones, atraer inversión extranjera directa, abaratar insumos productivos y mejorar la competitividad sistémica.
Sin embargo, como ocurre con todo acuerdo comercial profundo, los impactos distan de ser homogéneos. La apertura genera ganadores evidentes, especialmente en sectores exportadores y actividades vinculadas a recursos naturales, pero también perdedores potenciales en ramas industriales orientadas al mercado interno, con menor escala, productividad o capacidad de reconversión. En ese equilibrio inestable se juega buena parte del debate económico y político que se abre a partir de la ratificación parlamentaria.
A esto se suma una novedad clave: el carácter interino y bilateralmente aplicable del acuerdo. El texto habilita su implementación entre las partes que lo ratifiquen, aun cuando otros socios del Mercosur demoren su aprobación. Este punto introduce una lógica de “velocidades diferentes” dentro del bloque, con implicancias directas para la estrategia productiva argentina y su relación con Brasil y el resto de los socios regionales.
Bajo este marco, el acuerdo Mercosur-UE reordena incentivos, redefine ganadores y perdedores y plantea un interrogante central: qué sectores están en condiciones de aprovechar la apertura y cuáles quedan expuestos a una competencia externa para la que no todos están preparados.
Quiénes: carne vacuna y aviar, arroz, maíz, pesca, frutas, miel, cítricos, biodiesel, economías regionales.
Impacto político-económico: fortalecimiento del interior productivo y del lobby exportador alineado con el acuerdo.
Quiénes: energía, minería, agroindustria, construcción industrial, tecnología aplicada.
Quiénes: metalmecánica liviana, electrónica básica, bienes de consumo industrial.
Agroindustria industrializada: gana por exportación, pero compite con alimentos europeos premium.
Economía del conocimiento: alto potencial, condicionado por política impositiva y tipo de cambio.
Construcción e infraestructura: más inversión, pero mayor competencia en licitaciones.
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