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Si bien existen marcadas diferencias ideológicas entre el kirchnerismo y el actual Gobierno, a medida que pasa el tiempo se van poniendo en evidencia notables similitudes metodológicas entre ambos.
En efecto, tanto Néstor como Cristina se caracterizaron por su mesianismo y megalomanía. No solamente consideraban que estaban llevando a cabo gobiernos épicos y revolucionarios, sino que además construyeron un relato que impusieron con habilidad entre sus prosélitos y detestaban las críticas, sea cual fuera su origen. La libertad de expresión no era un valor a defender, cuando era ejercida por quienes tenían la “osadía” de no coincidir con ellos.
Al respecto, fueron varias las oportunidades en las que la gestión kirchnerista intentó controlar la información periodística, y hasta las redes. El último intento fue perpetrado en el año 2020, desde la Defensoría del Público, con el recordado NODIO (Observatorio de la Desinformación y la Violencia desde los Medios). Sin lugar a dudas, se buscaba fiscalizar la información y las opiniones que se vertían en las redes, con la excusa que no se debía permitir que la gente esté “des-informada” o mal informada.
El gobierno libertario llegó con un discurso opuesto, defendiendo a rajatabla las libertades individuales, y particularmente la libertad de expresión. Del mismo modo difundió la idea según la cual el Estado no es otra cosa que una suerte de “monstruo” que afecta el ejercicio de dichas libertades. Sin embargo, insólita y contradictoriamente, ahora el Gobierno propone crear una “Oficina de Respuesta Oficial de la República Argentina”, cuyo objetivo declarado es contrarrestar las “fake news” e impedir que la gente se informe inadecuadamente.
Mismos métodos y mismos objetivos. Cuando los gobiernos buscan controlar la expresión (información u opiniones), sea en forma previa a su difusión o estableciendo mecanismos institucionales para contrarrestar cada afirmación o información que considera falsa, comienzan a encenderse las luces del autoritarismo.
Ejemplos en el mundo y en la historia sobran: desde la Gestapo del régimen nazi, pasando por los embates de Perón y Evita contra la oposición y los medios, hasta los intentos de Néstor y Cristina por controlar y confrontar con ellos. La realidad es que los gobiernos no pueden hacer nada cuando de libertad de expresión se trata, porque ella no susceptible de ser reglamentada de ninguna manera, a riesgo de incurrir en excesos e intolerancia antidemocrática.
Si el intento del Gobierno es detectar informaciones u opiniones falsas para impedir que se publiquen, es censura previa; y si lo que se pretende es responder cada crítica o información que reputa inadecuada o falsa, es una forma de enfrentar a la sociedad, creando y agrandando grietas entre los habitantes. En esta materia rigen únicamente responsabilidades civiles o penales posteriores a la expresión.
Por otra parte, un Gobierno que pregona achicar al Estado, no puede alentar la creación de una estructura estatal desde la cual un funcionario, al mejor estilo Joseph Goebbels, salga a confrontar con los periodistas y con los ciudadanos, que no sólo pretendemos expresarnos sin censura previa, sino además con la tranquilidad de saber que, después de la expresión, no caerán, sobre nuestras espaldas el peso del poder político, con todo lo que ello significa.
Los gobiernos deben tener espaldas anchas para soportar todo tipo de críticas, y la templanza suficiente para no reaccionar con vehemencia frente a ellas. En este aspecto, el Gobierno actual y el régimen anterior, parecen coincidir en un alto nivel de intolerancia frente a la expresión, cuando ella no le es beneficiosa.
El filósofo alemán Thomas Mann, lo decía con toda claridad: es necesario prestar atención, porque el fascismo o el nazismo, pretenderán volver haciendo flamear las banderas de la libertad.
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