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Yo bien, y con ganas de darle una vuelta de tuerca a un debate crucial: ahora que parece haber llegado la época de las vacas gordas, ¿cuál es el rumbo tecnológico que debe seguir la ganadería argentina? ¿Cuál es el “modelo” más conveniente, desde el punto de vista económico y ambiental? Porque no se puede prescindir del análisis del impacto ambiental de distintos sistemas de producción. No solo la cuestión del metano (que debe tomarse en serio) sino de todo el proceso.
En este punto, conviene traer al ruedo un principio básico: el primer principio ambiental es procurar la máxima productividad del ecosistema. Esto significa optimizar la relación “insumo/producto” en sentido amplio: obtener la mayor cantidad de producto en relación a los medios utilizados. Esto muchas veces se presta a confusión. Por ejemplo, una ganadería de base pastoril puede aparentar ahorro de recursos. “El pasto es lo más barato”.
Lo fue. Hasta que el salto de productividad de la nueva agricultura derivó en la necesidad de una nueva visión. El modelo de rotación agrícola-ganadera que dominó en estas pampas desde la conquista territorial, entre 1860 y 1910, que tan bien retrató James Scobie en su “Revolución en las Pampas”, recibió un jaque con la llegada de los nuevos híbridos de maíz, la fertilizacíón, el control de malezas, coronados luego por la siembra directa y la biotecnología.
Frente a este aluvión tecnológico, que aquí bautizamos como la “Segunda Revolución de las Pampas”, la ganadería tradicional de base pastoril sufrió el costo de oportunidad del uso agrícola en las “tierras de pan llevar”. Había pasado en el corn belt de los Estados Unidos. Siempre recordaré un cuadro que vi colgado en la Asociación de Criadores de Hereford en Kansas City, donde mostraba la evolución de la ganadería norteamericana. Un enorme rodeo de vacas criollas cruzaba un cañadón en las Montañas Rocosas, donde había un puñado de toros Hereford. Al pasar del otro lado, las vacas ya eran pelaje pampa. El rodeo seguía caminando y al final entraba a un gigantesco corral, donde se los terminaba con granos.
Acá iba a suceder lo mismo. A principios de los '90, todavía usábamos híbridos de maíz de cuatro líneas. El rendimiento nacional era de 35 quintales. Pululaban el sorgo de Alepo y el gramón. No se fertilizaba y la genética seguía un “modelo defensivo”, como decían Francisco Firpo y Eduardo Leguizamón, que desde Nidera veían el “gap” con la agricultura posible.
Llegaron los híbridos simples. Con otro potencial de rendimiento. Los herbicidas pre emergentes. Luego la limpieza del Alepo y gramón con la soja RR y en directa. Los maíces Bt. El “grassland farming” (rotación de agricultura con ganadería) entró en crisis por costo de oportunidad. Las tierras se valorizaron y lo que parecía barato pasó a ser costo. Tanto en invernada como en tambo: “viene un gringo con un Zanello y te siembra de soja el lote que necesitaban las lecheras”, rezongaba un avezado asesor en lechería.
Y…sí. La ganadería pampeana cedió 10 millones de hectáreas a la nueva agricultura. Sin embargo, se logró mantener el stock vacuno, o al menos la producción de leche y carne. Con menos hectáreas, con menos vacas lecheras, casi las mismas de carne. Habilitamos nuevas zonas de cría. Y apareció el confinamiento, parcial o total, tanto en el tambo como en el engorde. De la invernada tradicional, a un fuerte proceso de “feedlotización”, inexorable aunque resistido por muchos. Hoy, la mayor parte del ganado que llega a faena pasó por algún período de encierre, o durante la recría o en la terminación.
No es cuestión de calificar si esto es bueno o malo. Sobre gustos no hay nada escrito. Tomemos lo que realmente importa. ¿Es esto eficiente desde el punto de vista económico? Y qué sucede con lo ambiental?
Desde el punto de vista económico, la realidad es la única verdad. Sobre todo ahora, con la relación de precios entre granos y carne. Pero también si imputamos el costo del arrendamiento, que antes se disimulaba porque se consideraba necesaria la fase pastoril en la rotación convencional. Quedaron atrás algunos conceptos muy en boga hace cuarenta o cincuenta años, como el “engorde compensatorio”. Era la restricción invernal, con alta carga de animales, esperando un rebote en primavera. Hoy nadie habla de esto. El criterio es que no se puede sacrificar el ritmo de engorde, porque conlleva costo e impacto ambiental. Novillos rumiando, emitiendo CO2 y metano, con bajísima productividad.
Cuando a principios de los '90 irrumpió con fuerza el engorde a corral, muchos especialistas lo consideraron una moda pasajera. Pero aquí estamos. La cría se abre paso con las razas sintéticas (Braford, Brangus, Brahman) en el Norte, con pasturas templado-cálidas y subtropicales. Un salto tremendo, tanto en cría como en recría. Y terminación con granos en donde sea. Eficiencia económica y ambiental. En la era de la Vaca Muerta, hay que pensar en la Vaca Gorda.
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