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Como cada 4 de febrero, se celebró el Día Internacional de la Fraternidad Humana con el fin de recordarnos que pertenecemos como hermanos a una sola familia, diversa en culturas, etnias y creencias, pero igual en dignidad. La fecha fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en honor al encuentro entre el Papa Francisco y el gran imán de la Universidad de Al-Azhar, Ahmad al-Tayyeb, que se llevó a cabo el 4 de febrero de 2019. En aquel histórico día, se firmó el Documento sobre la fraternidad humana, que plasma la propuesta de buscar y promover los valores comunes compartidos por todos.
Hoy, ante tantas nubes que ensombrecen la paz y no cesan de salpicar el planeta con la sangre de vidas inocentes, considero que este mensaje es más urgente que nunca. En un mundo globalizado, donde hay cada vez más voces que parecen sostener la preferencia de volver a la época de la “guerra fría” o a una partición entre “Occidente vs Oriente”, esta fecha nos alienta a pensar que la solución no es la construcción de más muros, sino de más puentes.
Las diferencias, sean políticas, ideológicas o teológicas, no pueden ser una excusa para alejarnos unos de otros, sino que deben acercarnos aún más al diálogo.
En un momento en el que el multilateralismo atraviesa su peor crisis, vale esclarecer que dialogar no significa renunciar a tu propia identidad o negar tus principios, sino que se trata de escuchar y buscar el encuentro con “el otro”. El disenso y la diferencia de opinión son el ADN de nuestra identidad, especialmente cuando hablamos de política entre las naciones en un mundo injusto y poco solidario.
No obstante, si iniciamos un diálogo mirando hacia las diferencias terminamos siempre atrapados en un laberinto, sin ningún avance. En cambio, si nos embarcamos en un intercambio a partir del reconocimiento de las discrepancias, pero con la mirada puesta en las similitudes podemos lograr que las aguas de múltiples ríos confluyan en el mismo mar.
Por ello, el Sagrado Corán, en el capítulo 3, versículo 65, hace hincapié en que es imprescindible que las religiones estén en armonía y recalca que, como musulmanes, es nuestra responsabilidad tender puentes con el fin de buscar los valores comunes que nos unan a todos, como judíos, cristianos, musulmanes o seguidores de cualquier credo. Esta pauta coránica nos invita a escuchar al “otro” en vez de ignorarlo, a dialogar en vez de discutir, a conocer en vez de prejuzgar.
Quiero aprovechar estas líneas para compartir también mi propio testimonio sobre la coherencia del Papa Francisco. En septiembre del año 2022 tuve el honor, como parte de un grupo que consistía en dos representantes judíos y dos musulmanes, de reunirme con él por primera vez en una audiencia privada.
Este primer encuentro, que duró casi 40 minutos, dejó una huella profunda en mi corazón: el encuentro vivo me permitió ver lo profesado en su texto convertido en una experiencia real donde sentí esa fraternidad humana de la que hablaba en su libro.
Un momento maravilloso de nuestra conversación fue cuando tuve la oportunidad de regalarle el Sagrado Corán y presentarle el capítulo 19, que es muy relevante para los católicos, ya que está dedicado en su totalidad a la Virgen María.
El Papa Francisco nos comentó que una vez, durante una visita a un país musulmán, se quedó asombrado cuando lo invitaron a una mezquita que se llamaba “María” (Mariam en árabe). Entonces, le comenté que la Virgen María tiene una gran importancia para los musulmanes, ya que se presenta para todos los creyentes como modelo de castidad y lealtad hacia Dios Todopoderoso.
Otro momento muy auspicioso de la audiencia fue cuando pude entregarle la carta personal que el Jalifa de la Comunidad Musulmana Ahmadía, Su Santidad Mirza Masroor Ahmad, le había escrito. El Papa valoró mucho este gesto y como respuesta también le dedicó un ejemplar de su libro Fratelli Tutti (Hermanos todos) con las siguientes palabras: “A Mirza Masroor Ahmad con afecto fraterno. Francisco”. Me siento honrado, así, de haber servido como puente de comunicación entre ambos líderes mundiales, que han respaldado sus prédicas con sus propios ejemplos de vida.
En conclusión, el Día de la fraternidad humana nos recuerda que la paz, que es nuestro anhelo común como especie humana, requiere de acciones concretas y expresiones visibles. No la alcanzamos con meras palabras y deseos. Sigamos el ejemplo del Papa Francisco y colmemos, primero, nuestros corazones y, luego, nuestras relaciones con espíritu de fraternidad.
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